Antonio de Orbarán y su legado artístico en Tijarafe: historia, arte y conservación del retablo mayor de Nuestra Señora de Candelaria
Apuntes biográficos
Durante el segundo tercio del siglo XVII, la retablística canaria alcanzó uno de sus momentos de mayor esplendor, especialmente en La Palma. En este contexto destacó Antonio de Orbarán, arquitecto, escultor y dorador, considerado una figura fundamental de la primera generación de escultores barrocos asentados en Canarias. Llegó a La Palma en 1625, donde desarrolló gran parte de su actividad hasta aproximadamente 1660.
En 1628 aparece documentado en Tijarafe, donde probablemente ejecutó el retablo mayor de Nuestra Señora de Candelaria. Fue uno de los artistas más completos del siglo XVII y se definió en su testamento como «maestro mayor de todas las facultades que abarcan las Bellas Artes».
Su origen sigue siendo discutido. Se ha planteado un posible origen mexicano, debido a que sus padres figuraban como vecinos de Puebla de los Ángeles, aunque también se ha considerado su nacimiento en La Palma. La hipótesis vasca es especialmente relevante: en 1651 otorgó poderes para investigar su legitimidad y la de sus antepasados en Guipúzcoa. Su padre, Martín de Orbarán, era entallador de Vergara, por lo que posiblemente Antonio se formó con él.
En 1625 se casó con Ana de Aguilar en El Salvador de Santa Cruz de La Palma. Entre 1625 y 1635 realizó numerosos trabajos en la Isla, entre ellos el sobredorado del retablo mayor del convento franciscano, el tabernáculo de la ermita de Nuestra Señora de la Encarnación y trabajos en la mencionada parroquia matriz capitalina. También intervino en Mazo, Garafía y Puntagorda. Entre sus obras desaparecidas destacaba el antiguo retablo mayor de El Salvador, considerado en su época «famoso en toda Canarias».
Mantuvo una estrecha relación con Martín de Andújar, discípulo de Martínez Montañés y compañero de Alonso Cano. Orbarán también trabajó en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz de Garafía y realizó retablos para la ermita de San Sebastián. En 1661 se trasladó definitivamente a Tenerife y murió en La Orotava en 1671.
El retablo mayor de Tijarafe
La actual iglesia de Nuestra Señora de Candelaria se configura principalmente en el siglo XVIII sobre una primitiva ermita del siglo XVI, probablemente de hacia 1530. Fue remodelada en 1548 y posteriormente ampliada, destacando las obras de 1614, cuando se alargó la nave y se construyó el presbiterio. En 1686 se levantó una nueva espadaña y se realizaron otras reformas.
En 1705, el Visitador José Tovar calificó el templo de forma muy favorable y definió su retablo como «el mejor retablo que hay en todos los lugares de la Isla». El templo fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento, mediante el Decreto 77/1996, y había sido erigido como noveno beneficio de La Palma en 1660.
El retablo, situado en la capilla mayor, es el único gran retablo de Antonio de Orbarán conservado en Canarias y uno de los pocos del Archipiélago estructurados en cinco calles. Su originalidad reside en que el Apostolado ocupa las entrecalles, haciendo que visualmente parezca tener once calles. Trujillo definió esta organización como una «solución mixta esculto-pictórica», que combina arquitectura, pintura y escultura.
La documentación parroquial registra en 1628 la compra de madera y clavos y el pago de 3.000 reales por la hechura del retablo con todos los bultos que tiene. En 1633 se pagaron unos 50 ducados al dorador y se compraron nuevos materiales; todavía en 1637 consta otro pago por el dorado. Estos datos sitúan la ejecución del retablo en torno a finales de la década de 1620 y comienzos de la siguiente.
Pinturas y esculturas
El retablo está formado por tres cuerpos y combina pinturas al óleo sobre tela con esculturas. Los lienzos representan escenas de la vida de Cristo y de la Virgen, con influencias de la escuela flamenca. Entre ellas destacan la Visitación, Adoración de los Pastores, Adoración de los Reyes, Pentecostés, Ascensión, Presentación en el Templo, Resurrección y Asunción. El ático presenta un Calvario formado por Cristo crucificado, la Magdalena, la Dolorosa y San Juan Evangelista. En la predela aparecen diez pequeños lienzos de santos.
El conjunto escultórico está presidido por la talla flamenca de Nuestra Señora de Candelaria, de 102 cm, realizada en madera dorada y policromada. La acompañan los doce Apóstoles, seis en cada cuerpo, realizados como altorrelieves de unos 90 cm, con dorados y estofados. Las figuras, frontales, serenas y solemnes, presentan cierto carácter arcaizante. Destaca especialmente San Pedro.
La Virgen de Candelaria
La venerada imagen titular ya se encontraba en el altar mayor en 1567. Con la instalación del nuevo retablo, en el primer tercio del siglo XVII, pasó a ocupar la hornacina central, donde continúa actualmente. En 1705, José Tovar ordenó trasladarla a Santa Cruz de La Palma para restaurar su dorado y estofado.
La talla es de procedencia flamenca, vinculada a la escuela brabanzona de comienzos del siglo XVI. La Virgen sostiene al Niño y una larga vela, símbolo de su advocación. El Niño porta una pera, relacionada con la Encarnación, y un pájaro, símbolo del alma que busca refugio en Cristo.
Según la tradición, la imagen llegó a La Palma en el siglo XVI con destino a Puntagorda, pero fue escondida en la Cueva de la Virgen, en el barranco de Pino Araujo, durante los ataques piráticos. Al intentar trasladarla, su enorme peso hizo imposible moverla y se interpretó que deseaba permanecer en Tijarafe. El lugar se convirtió desde entonces en espacio de peregrinación.
Su festividad se celebra especialmente el 8 de septiembre, con misa, procesión y numerosos actos populares. El 2 de febrero se celebra también su onomástica con la procesión de las candelas. Entre las tradiciones más singulares de sus fiestas estivales destaca la Danza del Diablo, que simboliza el triunfo de la Virgen sobre Satanás.
En la madrugada de la víspera, durante la tradicional verbena, el Maligno danza entre la multitud rodeado de fuego y fuegos artificiales, hasta convertirse en una bola incandescente cuya cabeza finalmente explota. Antiguamente, el Diablo realizaba «la venia», tres genuflexiones ante la Patrona, frente a las puertas cerradas del templo, y al día siguiente, aún chamuscado, acompañaba a la Virgen durante su procesión. Esta costumbre, documentada en la tradición festiva de Tijarafe, ya no forma parte de las celebraciones actuales.
Otros elementos y restauración
El retablo posee 24 columnas corintias, doce por cuerpo, además de pilastras en el ático y dos grandes volutas laterales. El sagrario de plata es posterior y está fechado en 1798; en la sacristía se conserva otro sagrario de madera que posiblemente fue el original, decorado con motivos de inspiración americana relacionados con la cantuta, la «flor de los Incas».
A comienzos de los años 1990, el retablo presentaba un grave deterioro: suciedad acumulada, pérdida de dorados y policromía, clavos oxidados, ataques de xilófagos, repintes, roturas y daños tanto en las esculturas como en los lienzos y la estructura.
En 1990, el Taller Insular de Restauración del Cabildo de La Palma elaboró un proyecto de recuperación integral. Se realizaron trabajos de consolidación, limpieza, eliminación de barnices, desinfección y desinsectación, reintegración de soportes y policromías y protección final. La intervención permitió recuperar buena parte de la riqueza original del conjunto.
Tras la profunda restauración desarrollada entre 1992 y 1997, el retablo mayor recibió en julio de 2019 una nueva intervención de mantenimiento y limpieza. Esta actuación permitió poner a punto la obra y garantizar su adecuada conservación.
Bien de Interés Cultural
La iglesia fue declarada Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento mediante el Decreto 77/1996, de 30 de abril. El propio decreto destaca el retablo principal por su extraordinario valor artístico, su estructura de cinco calles y la original disposición del Apostolado en las entrecalles, que le proporciona apariencia de once.
Esta pieza única constituye así una obra excepcional de la retablística canaria del siglo XVII y el testimonio más importante conservado de Antonio de Orbarán en Canarias, al reunir en una misma pieza arquitectura, pintura, escultura y dorado.