Olor a ellas

24 de julio de 2026 13:31 h (Hora canaria)

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Hay delantales que se tienen para siempre; son esos que ostentan nuestras abuelas con olor a ellas. Permanecen en su torso hasta cuando reposan la siesta sentadas a la faz de la tarde.

Ese lazo culinario que desatan y cuelgan hasta mañana, las envuelven en sus únicos sabores.

Y es que ellas son así; sólo saben ser abuelas, madres, compañeras.

Lejos de que tengan que ser ellas quienes cocinen y pongan la mesa ya que es tarea de todos, no las quitemos de su mundo, de esos andares cotidianos en los que sustentan sus habilidades y sienten que aún acunan con las nanas de sus manos.

Esos delantales tienen algo muy profundo en sus bolsillos. En ellos cabe todo: el grito del dolor, la alegría que se desata, detalles bordados por sus manos, escuela de tardes y reuniones aprendiendo a bordar la dote que aún conservan; los prefieren a los que se compran ya hechos, porque en ellas todo se elabora. También guardan refranes escudriñados, retazos de una oralidad que nos enseñan, vivencias, lágrimas que brotaron quizás revolviendo unas natillas, añadiendo azafranes o encendiendo fogones; seguro que a veces recordando los sabores preferidos de quienes no están entre ellas.

Mucho recuerdo a mis abuelas y ¡Tanto recuerdo a mí madre! Y sigo poniéndome el delantal, ese que yo no bordo, pero compro pensándolas. Para mí es un consejo simbólico, una forma de preservarnos, de evitar que nos manchemos la ropa, una manera de guardar en ellos recetas de antaño que se vuelven sabores de ahora, refranes que yo creía que inventaban porque iban muy acordes con ellas:

- Quien a buen árbol se arrima...

- No dejes para mañana ...

- A mal tiempo...

- De tal palo...

Vida y memoria que seguimos guardando en nuestros bolsillos y en esos delantales que se quitan, que se ponen, que se cuelgan y nunca pierden el olor a ellas.