Evocación de Bejeque y Arnoldo Santos, cruzando las cumbres de La Palma

Quisiera hacer un mínimo relato sobre Manuel González Plata, el poeta de esencias populares que cobraba vida en el diálogo de la Nave y el Castillo, en la Bajada. Compartimos algunos ratos con Inés su mujer y con él, ellos eran fraternidad en estado puro. Habíamos estado juntos en la Fiesta de Arte de Los Llanos de Aridane el 1 de julio de 1988, cuando nos tocó ser mantenedor y desarrollar el tema Las leyendas de La Palma. En aquella velada también estaba presente otro amigo ya desaparecido, el cronista de lo popular, Domingo Acosta Pérez, y el entusiasta Luis Ortega con su grupo de teatro Candilejas, gente joven que hurgaba en el teatro contemporáneo, desde Edward Albee a otros iconoclastas.

“Isla somos / de basalto y fuego / de barranco y ecos / de retama y nieve…”. Su voz pasó a formaciones corales y él era como el modesto bejeque, una planta especial, sufrida, austera y canaria, como solía decir. Una planta que crece donde puede. Y, efectivamente, así era él, especial, humilde, muy insular, de volcán y maresía, de malpaís y de espuma. Pasamos algunos ratos en su casa de campo con su mujer Inés, otra persona entrañable.

Había sido tesorero municipal en la capital palmera, y colaboró muchas veces en Diario de Avisos y como tertuliano en Radio Popular. Cuando Manuel dejó su labor en la Bajada tomó su papel una mujer, lo cual fue un gesto encomiable.

Manuel, hombre entrañable, merece algún tipo de reconocimiento por parte de las instituciones -Cabildo o ayuntamiento- para que su nombre no se diluya en el olvido. Porque hay muy pocas menciones sobre él en internet, merece que su figura se perpetúe con algún gesto de las autoridades culturales.

También hablaré de Arnoldo Santos, el botánico de Mazo, profesor e investigador, con sus caminatas en busca de plantas en riesgo de extinción. Como si retornara a los orígenes, disfruta los amaneceres en los caseríos. Al salir de la casa familiar deja atrás tuneras e higueras cuyos frutos tantas veces puso al sol en el tendal. Hay nuevas arquitecturas que agreden el entorno, viviendas que desdibujan la iglesia donde lo bautizaron pero cruza escobones, bejeques, cerrajas y gacias; en las lomadas sobreviven mansiones que levantaron tratantes de esclavos y casas sencillas, muchas tapiadas porque los viejitos ya murieron y huertas vacías, donde ya no se convoca una gallofa.

Intentaba fijarse en las vueltas del camino porque siempre surgía una sorpresa en forma de arbusto, un ave que no recordaba. En las alturas el aire se vuelve transparente, se olvida de los conflictos y escucha los mirlos, los canarios de monte, los capirotes. Atraviesa las viñas y las bodegas, las cuevas y los roques colonizados por el pinar.

En la carretera vio las casas de los peones camineros y el fayal-brezal de su niñez, los densos castaños y los pastizales, el ganado en relvas y los perros aullando ante la primera claridad. Pasaron cuervos, algún cernícalo y algún gavilán, y por los repechos de granzón contempló huellas, signos dibujados en las lajas, huesos en las cuevas sepulcrales. Había cráteres vencidos y arenales, también la toba roja del volcán, y, al fondo, la parte más ancestral de la isla con sus laderas excavadas a lo largo de dos millones de años en honduras que guardaban tesoros descubiertos por caminantes osados: Webb y Berthelot, Burchard, Bolle, Elías Santos-Abreu, Sventenius... Paisaje vegetal modelado por los alisios; cresterías bravas, sobre la laurisilva pinos ennegrecidos por los incendios, que han podido rebrotar.

Sueña el peregrinaje de nuestros abuelos cuando caminaban de Tinizara a Garafía, de Franceses a Las Indias durante días a través de bodegas, aljibes y abrevaderos, los helechos gigantes de los cabocos, el canto de las grajas, las palomas rabiches y los pinzones azules, los cercados del tabaco y los molinos de agua, los caminos reales donde los aparecidos asustaban al vecindario la noche en que morían allá en Cabaiguán. Los senderos eran el trasiego y la vida es una caminata. A Arnoldo no le sería difícil imaginarse a James Cunningham, naturalista-médico inglés, remontando en 1697 el barranco de Las Nieves para recolectar la extraña flora en la escala de su viaje de Inglaterra a China.

Tras las casas de Mirca la yerba fresca oxigena su sangre, la neblina asciende a ráfagas y en los claros observa viñátigos y acebiños, barbusanos y mocanes, la hojarasca. La savia de los frutales se prepara para el verano y el paisaje cambia según se mueve la bruma y crece el aliento de humedad. Por desgracia hay vallados, talas y excavaciones, mordidas al paraíso. Los amagantes, que ya han perdido sus pétalos rosados, van siendo cada vez más abundantes junto a codesos de penetrante aroma o los humildes corazoncillos, donde liban las abejas. Entre las nubes hay abismos profundos como el miedo, que sirven de marco a la Cumbre Nueva.

Continúa desde las planicies próximas a los Andenes dejándose llevar por un instinto, casi caprino, de buscar los pasos más difíciles, las pocetas de agua del aguacero. Al dejar la vereda, barrancos imponentes surgen bajo el dique. Se despeja el día y, luchando contra el vértigo, colgados en el vacío ve alguna sabina misteriosa, unos pocos cedros con ramas muertas tras haber escapado al hacha o a la voracidad de los muflones. Reconoce una fuente casi escondida y las moradas de los pastores, observa la lenta filtración del agua desde la piedra de volcán, algún refugio de los cabreros permanece junto a rosales silvestres y troncos repletos de hongos.

Subiendo y bajando veredas contempla pinos descomunales, árboles sagrados con sus barbas de líquenes verdosos. Los últimos rayos del sol le invitan a adentrarse en la oscuridad bajo la mirada de Sirio, Las Pléyades, Orión y al sur Escorpión. Dormirá en una casa rural de Puntagorda y se consuela pensando que los fines de semana siempre habrá un avión o un barco para volver al camino de las cresterías, atravesar la calima, reencontrar el espíritu de los muertos que revolotean en los nacientes, en las barranqueras, en las higueras y los pinos viejos, en las cuevas con huesos de los antiguos, en los petroglifos de los auritas. Los japoneses practican el sintoísmo, que básicamente es eso: la admiración sobre las esencias de la naturaleza, el recuerdo de quienes estuvieron antes.