Tu jardín está escuchando (V)
Desde finales de julio hay un aparato pequeño colgado de un árbol en mi casa, en el Lomo de los Caballos. No hace otra cosa que escuchar: día y noche, sin pausa. Y me ha enseñado en estos dos meses y medio más sobre este sitio que años de mirar con el telescopio.
El balance provisional, después de revisar la lista con calma: más de veinte especies en un terreno corriente, de las cuales yo había visto con mis propios ojos bastante menos de la mitad.
El principio es sencillo. Dos micrófonos graban el entorno, y una red neuronal desarrollada por la Universidad de Cornell y la Universidad Técnica de Chemnitz identifica las voces automáticamente: más de 6.000 especies en todo el mundo, además de algunos anfibios e insectos. Cada detección queda registrada con su hora y su probabilidad en un panel que puedes abrir desde el teléfono. Es un poco como una cámara de fototrampeo, pero para oídos: llegas a casa y miras quién ha pasado mientras no estabas.
Si el digiscoping de la semana pasada era ver y fotografiar, esto es lo mismo por el otro oído: oír y grabar. Y tiene una ventaja que ningún telescopio te da —no se cansa, no se distrae y no se va a dormir. Yo puedo dedicarle a un pájaro unos minutos buenos al amanecer, los que él me conceda. El aparato le dedica veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año, y nunca mira para otro lado.
Lo asombroso no es la tecnología. Lo asombroso es lo poco que sabemos de nuestro propio entorno. La mayoría de los pájaros de tu jardín no los has visto nunca. Algunos cantan solo al amanecer o de noche, otros pasan dos semanas al año en migración, otros están simplemente demasiado alto para que nadie repare en ellos. Y están ahí igual.
Te pongo un ejemplo que me persigue desde hace dos años. La curruca capirotada canta aquí todos los días. La oigo en casa, la oía cada mañana durante unas vacaciones en San Andrés, la oye cualquiera que pase por un jardín con algo de matorral: un canto largo, aflautado, que no se parece en nada al parloteo áspero de su prima la cabecinegra, con la que se confunde de vista pero nunca de oído. Es de las voces más constantes de esta isla. Y verla bien, de verdad, no la había visto nunca: canta desde dentro de la mata, se mueve, se calla en cuanto te acercas.
La única foto decente que tengo de ella la hice sin querer. Estaba con el telescopio apuntando a un cernícalo posado en la punta de un pino. El cernícalo se marchó, yo di un golpe torpe al aparato, el encuadre se descolocó —y al mirar la pantalla del móvil ahí estaba ella, entre las acículas, mirándome. Dos años de intentos resueltos por un codazo.
Cuento esto porque explica bastante bien de qué va todo esto. Con el telescopio dependes de la suerte y de la paciencia. Con el oído no: esa curruca está en la lista de la estación día tras día, desde el primer día, sin que yo tenga que hacer nada. Ver es difícil. Oír es fácil. Y las dos cosas juntas te dan un retrato del sitio que ninguna de las dos da por separado.
Y ahora la parte honesta de esta historia, que es la que más me interesa contar.
He escrito «más de veinte» y no la cifra que da el aparato, que es bastante más alta. La diferencia son los errores, y conviene explicarlos en vez de esconderlos. Durante semanas tuve un jilguero en la lista. No hay jilgueros aquí: era el canario, que canta parecido y al que el sistema no acaba de reconocer. Con las subespecies canarias pasa lo mismo —nuestro pinzón, nuestro herrerillo y nuestro mirlo suenan distinto de sus parientes continentales, y el modelo aprendió sobre todo con los continentales.
También hay detecciones que no puedo ni confirmar ni descartar. Hace unos días apareció por primera vez un pardillo común. Según SEO/BirdLife es una especie perfectamente posible en Canarias, así que no tengo motivo para tacharla —pero yo no lo he visto, y hasta que lo vea se queda en el terreno de lo probable, no en el de lo comprobado.
Por eso cada detección viene con una puntuación de fiabilidad, y por eso una lista hay que revisarla en lugar de creérsela entera. Un aparato no sustituye a quien conoce el sitio. Lo que hace es darle a esa persona mucho más material del que podría reunir sola —y también, de vez en cuando, la ocasión de corregirlo.
Hay otro detalle que me gusta especialmente. Con el móvil llevo dos inviernos anotando voces por la zona, y hay especies de aquellos meses que todavía no aparecen en la lista de la estación —sencillamente porque aún no han vuelto. Es decir: la lista no está incompleta por error. Está incompleta porque estamos en octubre y algunas todavía están de camino. Las especies más interesantes de mi lista son, ahora mismo, las que no están en ella.
Y con eso llego a lo que de verdad me importa. Solo quien sabe qué especies viven en su entorno puede protegerlas y favorecerlas. No se puede dejar un seto en pie por una especie de cuya presencia no se tiene ni idea. No se puede juzgar si un tratamiento fitosanitario está haciendo daño si no existe un estado anterior con el que comparar. Y no se puede afirmar que una finca es buena para las aves si nunca se ha comprobado.
Para propietarios y para quien alquila alojamiento, esto tiene una cara muy práctica. Quien dispone de un listado de especies de su terreno a lo largo de un año tiene algo que ningún folleto sustituye: una prueba. Sabe si merece la pena conservar aquella higuera vieja. Puede decirle a un huésped inglés qué especies son esperables aquí en noviembre —y demostrarlo. Y, sobre todo, se da cuenta cuando algo desaparece.
Y de ahí al siguiente paso hay muy poco trecho. Una lista comprobada deja de ser un dato interno y pasa a ser una oferta: un punto de observación con horario, un precio por persona, un desayuno de la casa. Lo dije en el artículo sobre el cernícalo y lo repito aquí porque es el fondo de todo esto —quien deja sitio a la naturaleza no está renunciando a un ingreso, está creando otro. La diferencia entre las dos cosas es, sencillamente, saber lo que uno tiene.
Si quieres ver cómo funciona una estación antes de pensar siquiera en instalar una, puedes consultar en directo los datos de la que tengo en el Lomo de los Caballos en este enlace. Las ubicaciones que aparecen son aproximadas, nunca exactas.
Una estación te dice algo sobre un jardín. Cincuenta estaciones nos dirían algo sobre una isla.
De eso va la semana que viene.
Ulrich G. Roth vive en La Palma y lleva décadas dedicado al turismo de la isla. Con 100 Árboles y Digiscoping.World se ocupa del turismo de naturaleza, de la fotografía de aves a través del telescopio y del registro acústico de especies en la isla. Esta serie se publica cada domingo.
Esta es la quinta entrega de 'La Palma, isla de pájaros', una serie que publicamos cada domingo para descubrir las aves que viven con nosotros y aprender a mirar —y ahora también a escuchar— la isla de otra manera. Puedes recuperar aquí las entregas anteriores.