Una ‘fake news’ de 1936: la falsa muerte de Blas Pérez González

0

Blas Pérez González.

Su muerte tenía fecha. Su cadáver, tres heridas de bala. Su familia figuraba en las esquelas y se había anunciado una misa por su alma. En octubre de 1936, varios periódicos canarios daban por asesinado en Barcelona al jurista palmero Blas Pérez González. Había incluso quienes afirmaban haber reconocido su cuerpo entre los muertos del cementerio de Montjuic. Pero Blas Pérez seguía vivo.

Hoy ese episodio nos recuerda a lo que llamamos fake news: una información falsa, revestida de detalles convincentes y repetida hasta adquirir apariencia de certeza. Para que ocurriera no hicieron falta redes sociales. Bastaron un supuesto testimonio, varios periódicos y el clima de miedo y propaganda de los primeros meses de la Guerra Civil. La comparación no resuelve quién originó la falsedad ni si hubo intención de engañar. Sí invita a reconocer mecanismos que siguen resultándonos familiares: creer a quien dice haberlo visto, confundir la repetición con la comprobación y aceptar con facilidad aquello que confirma nuestras convicciones.

Blas Pérez era entonces una figura conocida en Canarias, aunque todavía quedaba lejos su nombramiento como ministro de la Gobernación de Franco. Nacido en Santa Cruz de La Palma en 1898, había desarrollado su carrera como jurista y militar y ocupaba una cátedra de Derecho Civil en la Universidad de Barcelona. Sus vínculos familiares con La Palma y Tenerife daban a las noticias sobre su suerte una dimensión cercana. No se trataba de uno de tantos nombres que llegaban desde la Península entre los partes de guerra, sino de un paisano con familiares y conocidos en las islas.

Para entender el episodio hay que situarlo en la transformación de la prensa durante la guerra. En La Palma, el régimen republicano se mantuvo hasta el 25 de julio de 1936. Tras la ocupación de la isla, las autoridades militares y la Falange controlaron los medios y las imprentas. El bando que declaraba el estado de guerra en Canarias imponía la censura previa de hojas y periódicos. En agosto se constituyó un Gabinete de Prensa y Propaganda de la Comandancia Militar presidido por Luis Cobiella Zaera. El control afectaba tanto a lo que podía publicarse como a las vías por las que llegaban las noticias.

De los cinco periódicos que se editaban al comenzar la sublevación, solo sobrevivieron Diario de Avisos de La Palma y el católico Acción Social. Espartaco y El Mundo dejaron de salir después del 18 de julio; el republicano El Tiempo cesó el 1 de agosto. Las dos cabeceras supervivientes pasaron, desde octubre, a publicarse tres veces por semana y en días alternos, por orden militar y debido a la escasez de papel. La desaparición de las voces de izquierda y republicanas dejó un panorama en el que el contraste de versiones encontraba muy poco espacio.

La radio se convirtió en una fuente principal de información para los periódicos. Las noticias de distintas emisoras eran facilitadas por el gabinete militar y pronto se concentraron a través de la estación insular E.A.8.A.K., bajo las órdenes de la Comandancia. Partes de guerra, discursos y crónicas desplazaron buena parte de la información local. Las páginas exaltaban las actuaciones de los sublevados y denunciaban la violencia del adversario, mientras silenciaban la represión que se desarrollaba en la propia isla. La prensa actuaba como un instrumento de movilización y de legitimación del nuevo poder.

En ese marco, las dificultades de comunicación con Barcelona favorecían la circulación de noticias difíciles de comprobar. El temor por quienes permanecían en territorio republicano podía hacer verosímil un anuncio de muerte. A ello se sumaba un criterio de selección política: el supuesto asesinato de un jurista conservador encajaba en la imagen del enemigo que difundían los periódicos. La censura permitía controlar el discurso publicado, pero no garantizaba su veracidad. Una información útil para la propaganda podía circular y obtener amplia acogida sin contar con pruebas suficientes.

La noticia de la muerte de Blas Pérez circuló por varias islas. Diario de Las Palmas la publicó el 20 de octubre de 1936, en primera página. Al día siguiente apareció en la portada de La Prensa, de Santa Cruz de Tenerife, bajo el título «La muerte de un ilustre paisano» y el rótulo «Otra víctima». El diario afirmaba que el catedrático había sido asesinado en Barcelona y atribuía la información a personas llegadas a Tenerife desde Cataluña. Situaba el supuesto crimen aproximadamente veinte días antes. La procedencia de la noticia parecía conferirle cercanía con los hechos, pero los informantes no quedaban identificados. La Prensa ofrecía una explicación del asesinato vinculada a la intervención de Pérez González en las causas militares instruidas tras los sucesos de octubre de 1934. Según el periódico, algunos de los encausados, liberados posteriormente, habrían ido a buscarlo y lo habrían llevado a Montjuic para ejecutarlo. El relato presentaba así su muerte como una represalia. Esa interpretación encajaba en el discurso del diario sobre la violencia revolucionaria y permitía incorporar al jurista a la relación de víctimas con las que se denunciaba al enemigo.

El relato llegaba hasta el cementerio. Unos amigos y paisanos habrían acudido a Montjuic y reconocido su cuerpo entre los cadáveres. La noticia precisaba que, pese a la sangre que cubría su rostro, sus facciones seguían siendo reconocibles. Añadía incluso que presentaba tres heridas de bala: una en la región parietal, otra en el pómulo izquierdo y otra en la barba. El lector recibía una descripción casi forense, pero no podía conocer la identidad de quienes afirmaban haberlo visto. La acumulación de detalles ocupaba el lugar de una prueba que nadie estaba en condiciones de examinar. El mismo texto introducía un dato que merece atención: los familiares, residentes en Tenerife y La Palma, habían realizado gestiones para obtener noticias más detalladas. La muerte se comunicaba públicamente como un hecho consumado mientras seguían abiertas las averiguaciones sobre su suerte. La prensa expresaba sus condolencias y elogiaba al fallecido sin que esas gestiones hubieran proporcionado, al menos en lo publicado, una confirmación verificable.

En La Palma, la información llegó a adquirir la solemnidad de las esquelas. Acción Social publicó una el 22 de octubre, en su tercera página. Bajo una cruz, se pedía una oración por Blas Pérez González y se afirmaba que había muerto asesinado en Barcelona el 27 de septiembre. Se anunciaba una misa para el sábado 24, a las ocho de la mañana, en la parroquia matriz del Salvador. La esquela publicada por Diario de Avisos el día 23 repetía la fecha del supuesto asesinato y la convocatoria religiosa. Su relación de familiares incluía a la esposa, Otilia Martín Bencomo, y a los cuatro hijos del matrimonio. Estos anuncios daban a la noticia una presencia distinta de la de una información ordinaria. La cruz, la petición de oraciones y los nombres de la familia incorporaban el supuesto fallecimiento a las formas públicas del duelo. Para los lectores, la esquela podía parecer una confirmación especialmente convincente, precisamente porque se asociaba a las personas más cercanas al presunto difunto.

Esquela de Blas Pérez González publicada en Diario de Avisos el 22 de octubre de 1936.  HEMEROTECA DIARIO DE AVISOS

El 24 de octubre, Acción Social dedicó un espacio destacado de su primera página a la noticia. El titular no dejaba lugar a dudas: «Nuestro ilustre paisano Don Blas Pérez González ha sido asesinado por los marxistas en Barcelona». En el cuerpo del artículo aparecían algunas expresiones de cautela, como «parece que», pero esa reserva no alcanzaba al encabezamiento ni a las condolencias finales. El periódico volvía a explicar la supuesta ejecución como una venganza por su actuación en 1934. También reproducía, esta vez en forma de testimonio, el relato del reconocimiento en Montjuic. Una persona aseguraba haber acudido con amigos y paisanos al cementerio y, después de remover varios cadáveres, encontrado el del catedrático. Describía los tres disparos en los mismos lugares señalados por La Prensa. La coincidencia indica que ambos periódicos difundieron una misma versión del episodio, aunque no permite determinar si uno la tomó del otro o si recurrieron a una fuente común. Acción Social añadía que los familiares habían telegrafiado al extranjero para comprobar las declaraciones y asegurarse de la desgracia.

Diario de Avisos fue más allá de la comunicación del fallecimiento. El 26 de octubre publicó en primera página una extensa semblanza titulada «Blas Pérez González». El texto recorría sus méritos profesionales y personales, destacaba su formación jurídica y lo presentaba como un valor de España. Llegaba a calificarlo de «hombre perfecto». El homenaje convertía la pérdida del paisano en una pérdida para el país y se cerraba con condolencias a sus familiares. La semblanza utilizaba el lenguaje de la confrontación política y daba por terminado un recorrido vital que, en realidad, continuaba. Hablaba de sus hijos como huérfanos y evocaba el supuesto asesinato con una escena de violencia. El periódico no se limitaba a transmitir una noticia: construía la memoria de un muerto, atribuía significado a su desaparición y explicaba lo que La Palma y España habrían perdido con ella. Esa amplitud del homenaje hace especialmente visible la distancia entre la realidad y el relato publicado.

Blas Pérez sí había atravesado situaciones de peligro en Barcelona. Las reconstrucciones posteriores coinciden en su detención, su supervivencia y su salida hacia Francia, aunque difieren en fechas y circunstancias. Manuel Ferrer Muñoz, en un estudio publicado en 1993, atribuyó su salvación a un antiguo discípulo vinculado al republicanismo de izquierda. Salvador González Vázquez, en su biografía de 2006, recogió las gestiones de amigos y autoridades republicanas para ayudarlo. Esas vicisitudes permiten entender el temor por su vida, pero no confirman ninguna de las escenas de su muerte descritas en los periódicos. Una investigación de Joan Esculies publicada en La Vanguardia en 2021 aportó otra versión a partir de una entrevista de 1989 con Josep Maria Xicota. Según ese testimonio, su hermano Miquel rescató al jurista del centro de detención de Sant Elies simulando que lo trasladaba a comisaría. Esculies situó el episodio en agosto de 1936 y cuestionó la cronología de septiembre repetida en otras biografías. Para la historia de la falsa noticia, el hecho decisivo es que sobrevivió y pudo incorporarse en 1937 a la zona controlada por los sublevados. Su posterior carrera política desmentiría de manera incontrovertible las necrologías de octubre.

La falsa muerte de Blas Pérez se inscribe, por tanto, en las condiciones de desinformación propias de la guerra. El aislamiento, el miedo y la dependencia de fuentes difíciles de contrastar favorecían los errores; la propaganda podía aprovecharlos o producir falsedades deliberadas. El episodio tampoco fue el único anuncio de muerte equivocado de la prensa palmera: el 17 de noviembre de 1936, Acción Social publicaría un titular que daba por fusilados a García Lorca, Rafael Alberti y Alejandro Casona. La muerte real del primero aparecía mezclada con las falsas muertes de los otros dos. Ese ejemplo muestra hasta qué punto podían confundirse hechos ciertos e informaciones falsas.

¿Pudo ser intencionada la noticia sobre Blas Pérez? El supuesto reconocimiento del cadáver obliga a plantearlo. La descripción de tres heridas localizadas y la afirmación de que sus facciones se conservaban no eran una vaga conjetura sobre un desaparecido: se presentaban como el resultado de haberlo visto. Cabe la posibilidad de una confusión de identidad, pero también la de un testimonio inventado o alterado durante su transmisión. No conocemos al informante ni podemos determinar dónde se introdujo la falsedad. La precisión del relato explica su capacidad para convencer, sin demostrar por sí sola que hubiera una fabricación deliberada.

También debemos distinguir el origen de la información del uso que hicieron de ella los periódicos. Quien la puso en circulación pudo actuar con una intención distinta de la de quienes la publicaron. Lo comprobable es su aprovechamiento propagandístico: el supuesto asesinato se atribuyó al enemigo, se explicó como una venganza política y se acompañó de expresiones de condena. Presentaba una víctima próxima a los lectores canarios y daba un rostro conocido a la violencia denunciada. Ese efecto no exige suponer que las redacciones supieran que el jurista seguía vivo. Podían creer la noticia y, al mismo tiempo, utilizarla para reforzar su discurso sobre la guerra.

La concentración de las noticias localizadas en periódicos de Canarias plantea otra pregunta. Los vínculos personales de Blas Pérez ayudan a explicar el interés: era palmero, su esposa tinerfeña y tenía familiares y amigos en ambas islas. La mención de viajeros llegados desde Cataluña apunta a una posible transmisión personal hacia el archipiélago. Una información recibida por ese conducto pudo extenderse entre allegados y periódicos sin alcanzar una difusión comparable fuera de Canarias. Son explicaciones plausibles, aunque no permiten afirmar que jamás se publicara en otro lugar ni reconstruir con certeza el recorrido de la noticia.

Tampoco la coincidencia entre cabeceras constituye una suma de comprobaciones independientes. El relato de las heridas difundido por La Prensa y Acción Social sugiere la circulación de una misma versión. Su repetición podía producir la impresión de que varios periódicos confirmaban el fallecimiento, cuando quizá dependían de un único testimonio. Las esquelas y las condolencias añadían nuevas señales de credibilidad a esa cadena. La noticia parecía ganar consistencia con cada publicación, aunque el fundamento original siguiera sin verificarse.

Vista desde el presente, esta cadena de publicaciones permite entender por qué una noticia falsa puede resultar tan persuasiva. Los detalles despiertan confianza; la cercanía de la víctima provoca emoción; la coincidencia entre medios parece confirmar lo ocurrido. Sin embargo, varias publicaciones pueden estar repitiendo un mismo error. El episodio de 1936 permite observar ese mecanismo en sus pasos concretos, desde el supuesto testigo hasta la esquela, sin atribuir a todos los participantes una intención que desconocemos.

Blas Pérez González tuvo una muerte con fecha, un cadáver descrito y un homenaje público. La guerra dificultaba la comprobación y la orientación de la prensa favorecía la acogida de un relato que culpaba al adversario. Mientras se anunciaban oraciones por su alma y se lamentaba el porvenir de sus hijos, él seguía vivo. Esa distancia entre las páginas impresas y la realidad es lo que hace memorable esta noticia falsa: los periódicos habían dado por terminada una vida que todavía tenía mucho recorrido. 

J. J. Rodríguez-Lewis 

Etiquetas
stats