Las escobas del progreso
Respeto la condición
del trabajo del obrero
y descubro mi sombrero
ante cualquier profesión.
Si se tercia la ocasión
no voy a disimular
que prefiero censurar
cuando la labor molesta
y su desempeño presta
vías para mejorar.
Jócamo, 12.VII.2026
Nota: No vamos a cuestionar las ventajas que suponen para el usuario o trabajador la innovación o mejoras de las herramientas de trabajo. Sólo nos faltaba renunciar a la mayor comodidad de la guadaña o desbrozadora mecánica para volver a doblar la cintura y defender el uso de la hoz y la podona. O querer recuperar el hacha y el machete frente a la eficaz motosierra o serrucho eléctrico. Queda para el recuerdo la penosa imagen de nuestras abuelas arrodilladas, fregando con jabón y cepillo los rústicos entablonados del suelo o limpiando con un estropajo los primeros pisos de mosaico, antes de la genial invención de la popular fregona.
Tampoco se cuestiona el avance tecnológico y las virtudes sanitarias de la aspiradora frente a las primitivas escobas de brezo o de palmera, por no citar a los modernos robots que se pasean solos por la casa, aliviando el trabajo a los mayores a la par que despiertan recelo en las mascotas o confunden con juguetes los niños.
Menos aún queremos tener problemas con los sindicatos, que no están las cosas para bromas, pero permítaseme el atrevimiento de protestar en tono menor por la escandalera que antes de salir el sol, montan las cuadrillas de jardineros y barrenderos equipados como marcianos soplando la basura en las calles y las hojas y flores en los parques y jardines.
Qué remedio, aceptamos el progreso con resignación franciscana, entendida como resistencia activa frente al problema. Añoramos los tiempos en los que se barrían las calles y aceras con las caricias del roce de una simple hoja de palmera canaria a modo de escoba e invitamos a los tecnólogos a que inventen un silenciador para las “escobas sopladoras”. Estoy convencido que las actuales superan en decibelios las normas municipales y enervan a los ciudadanos.