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“Defiendo el pastoreo pero hay que respetar el medio ambiente y las propiedades privadas”

El arqueólogo Jorge Pais, jefe insular de Patrimonio Histórico, lamenta los destrozos que provocan las cabras en algunos parajes de La Palma.

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En la imagen, los destrozos ocasionados por las cabras en El Hoyo-Peña del Diablo.

En la imagen, los destrozos ocasionados por las cabras en El Hoyo-Peña del Diablo. JORGE PAIS

“Las cabras son enormemente dañinas cuando días tras día, y durante 365 días, recorren el mismo lugar. Esquilman la vegetación, desmoronan los muros de los cercados y secan algunos frutales”, asegura el arqueólogo Jorge Pais, jefe insular de Patrimonio Histórico, director del Museo Arqueológico Benahoarita y Premio José Pérez Vidal. “Siempre hemos sido defensores del pastoreo, y lo seguimos siendo, si bien es preciso que se lleve a cabo con cuidado y con respeto por el medio ambiente y las propiedades privadas”, afirma, y recuerda que “hasta hace unos 40 años, los rebaños circulaban por los caminos y veredas, y aprovechaban los pastos de laderas y rastrojos tras la siega. Tras el abandono de los campos, las cabras, al menos en El Paso, se hicieron dueñas del territorio, llegando al punto de que algunos cabreros, muy pocos, llegaban a soltar las cabras por la tarde-noche y las recogían por la mañana”. “Exactamente igual que se está haciendo en estos momentos en El Hoyo-Peña del Diablo”, subraya. 

Pais detalla que El Hoyo-Peña del Diablo, ubicado en el barranco de Torrres, en El Paso, “fue un auténtico vergel hasta finales de la década de los 90 del siglo pasado. Hasta esas fechas, sus cercados se sembraban de cereales (trigo y cebada), leguminosas (chícharos, architas) y prosperaban toda clase de frutales, incluyendo unas viñas de las que, en la actualidad, no se conservan ni los troncos”. “Su aspecto actual es desolador y deprimente puesto que, a los efectos de la larga sequía que hemos padecido en los últimos seis años, hemos de añadir los destrozos causados por un sobrepastoreo sin ningún tipo de vigilancia ni control. Las cabras llevan más de treinta años asolando esta zona con consecuencias nefastas”, enfatiza. “En El Hoyo este rastro de destrucción es terrible, especialmente a partir de la primavera, cuando los animales no encuentran que comer y se buscan la vida con lo que pueden, especialmente las hojas y los gajos más bajos de las higueras. Eso sí, el rabo de gato (la gramínea pennisetum cetaceum) ni lo huelen. Paradójicamente, la devastación se aprecia con toda su crudeza y nitidez donde se ha arrancado el rabo de gato; donde éste permanece, su tamaño y frondosidad impiden apreciar los desastres”, relata.

Las cabras destruyen las paredes y dañan los frutales.

Las cabras destruyen las paredes y dañan los frutales. JORGE PAIS

Lamenta que “de las antiguas viñas, mi familia recogía hasta dos pipas de vino, y ya no queda ni rastro; del pajero, que hace cuarenta años tenía su cubierta a dos aguas de teja árabe y un caballete de tea, solo quedan las cuatro paredes, puesto que las tejas y el caballete alguien se los llevó y los muros cada vez son más pequeñas porque las cabras se suben encima”. “Las paredes de los cercados están derruidas por muchos puntos y las constantes pisadas de las cabras han ido socavando y desmoronando las vetas de tierra. Las lluvias, cada vez menos frecuentes, aceleran los procesos erosivos al desaparecer la cubierta vegetal que fija el terreno”, explica.

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