Un hogar para los menores migrantes sin familia cuando cumplen los 18: ''Gracias a esta oportunidad sigo adelante''
El olor a café recién hecho da la bienvenida al hogar de Pape Bara y Boudou El Hadji. Un bizcochón espera sobre la mesa del salón mientras los dos chicos guían un pequeño recorrido por la que es su casa temporal desde octubre. Para muchos menores migrantes que viven en Canarias sin su familia, cumplir los 18 años es dar un paso hacia el abismo. Frente a la incertidumbre total sobre el futuro, los pisos para extutelados son un pequeño puente hacia la vida adulta, y dan cobijo a decenas de jóvenes que tienen lejos a sus referentes familiares. “Antes era difícil, pero gracias a esta oportunidad sigo adelante”, dice Pape, un joven senegalés.
El hogar San Fernando, gestionado por la entidad Nuevo Futuro y localizado en un edificio de Santa Cruz de Tenerife, tiene capacidad para once personas. En él viven chicos y chicas que tratan de integrarse no solo en el mercado laboral, sino también en la comunidad canaria, que ya sienten también suya. Este es uno de los dos recursos abiertos por el Gobierno de Canarias en Tenerife recientemente para que “los jóvenes puedan culminar sus proyectos”.
“Son niños que están en el sistema, pero que no tienen los mismos derechos para poder formarse. Por eso estos pisos son necesarios. Es como cuando los niños que viven con sus padres tienen un proceso hasta la emancipación”, resume la coordinadora del proyecto, Arautápala Álvarez, o Ara, como le dicen los chicos.
Pape llegó a El Hierro a los 16 años en un cayuco en el que viajaban 230 personas. Se marchó de su casa de noche y sin que sus padres lo supieran. Pasó ocho días en el mar, y en el camino vio morir a “muchas personas” y “perder la cabeza” a muchas otras. Las víctimas de esta travesía, cuenta Pape, eran migrantes de “países que no tienen mar”, y que se tiraron al agua sin saber nadar porque “perdieron su cabeza”, dice mientras baja la mirada.
La comida y el combustible se terminaron antes de pisar tierra firme. “En el cayuco había tres alumnos de español que pudieron llamar a Salvamento y vino a recogernos, porque si no…”, recuerda el senegalés sin poder acabar la frase. Boudou lo escucha en silencio sentado junto a él en un pequeño sofá rojo. Este joven mauritano también llegó a las islas con 16 años, aunque en su caso desembarcó en La Gomera después de un viaje de dos días al que sobrevivieron todos.
Estudiaba Enfermería en Mauritania, pero no pudo terminar por falta de dinero. “Mis padres no podían pagar todos mis estudios y decidí venir aquí”, explica. Por el momento, ha tenido que aplazar su deseo de estudiar para poder ganar algo de dinero. Cada día se despierta a las cuatro de la mañana para desplazarse hasta el sur de la isla, donde ejerce de camarero en un hotel. A la misma hora, Pape sale hacia los invernaderos en los que trabaja como peón agrícola, aunque su sueño cuando decidió emprender el viaje a España era ser futbolista, como los jugadores del Real Madrid a los que admira. Boudou le rebate: “Yo soy del Villarreal”.
Arautápala Álvarez insiste a los jóvenes en que prioricen trabajar en algo que les permita emanciparse y, sobre todo, ajustarse a los tiempos. Para poder dar respuesta a la realidad de Canarias, que hasta hace pocos meses atendía en sus recursos a más de 5.000 menores no acompañados, el tiempo en el que los extutelados pueden estar en los pisos de emancipación oscila entre los seis y los nueve meses.
En este periodo, se les intenta ofrecer todas las herramientas para que la vida adulta no sea tan compleja: hacer la declaración de la renta, hacer la compra, buscar vivienda, ahorrar y, sobre todo, perfeccionar el idioma. “Ya después podrán buscar la manera de cumplir sus sueños. Aquí siempre van a poder estudiar”, dice Álvarez.
Al mismo tiempo, los jóvenes lidian con la presión de enviar dinero cuanto antes a sus familias. “¿Cómo vas a ayudar si todavía tienes que ayudarte a ti mismo?”, les pregunta la coordinadora del proyecto de emancipación de Nuevo Futuro. Álvarez cuenta que algunos extutelados en sus países de origen trabajaban desde muy pequeños, por lo que “sin faltar al respeto a sus padres y conciliando ambas culturas”, procuran que los jóvenes entiendan “que aquí es distinto”. “Que no puedes trabajar sin papeles ni formación y que podrán ayudar a sus familias cuando ellos se estabilicen aquí”, apostilla la educadora.
Antes de llegar al sistema de extutelados, uno de los retos que aún sortea la administración pasa por cumplir con la obligación de documentar a todos los menores antes de que cumplan la mayoría de edad. “Hay niños que llegan más pequeñitos y hay más tiempo, y otros que llegan con 17 años y, aunque se haga todo lo posible, es más complicado”, apunta Álvarez.
No todos los menores que cumplen la mayoría de edad pasan a pisos de emancipación. Algunos se reúnen con familiares, otros encuentran salidas por sus propios medios y otros, en el peor de los casos, se quedan en la calle.
Evitar los guetos
“Un piso de extutelados busca la integración laboral y la búsqueda de vivienda, aparte de otras herramientas que necesites para ser independiente”, resume Alfonso Roque, director de Nuevo Futuro en Tenerife. Cuando un joven entra en este sistema, se prepara un proyecto educativo individualizado que se ajuste a sus fortalezas, a sus propósitos, y a la capacidad real del mercado laboral.
El informe Personas menores no acompañadas y jóvenes extuteladas, de 16 a 23 años, con autorización de residencia en vigor, del Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI), reveló que el 69% de los jóvenes migrantes extutelados de 18 a 23 años y con una autorización de residencia en España a 31 de diciembre de 2025 formaba parte del mercado laboral. Según explica Roque, en la actualidad, la mayor dificultad para alcanzar la integración no es encontrar un empleo, sino una solución habitacional para poder salir del recurso.
Nuevo Futuro apuesta también por ofrecer acompañamiento a los jóvenes. “Entendemos que traen dificultades sociales, psicológicas e interculturales añadidas que no tienen otros jóvenes que cumplen la mayoría de edad, y creemos que el acompañamiento también permite a la sociedad canaria comprender sus necesidades”, explica el director.
“Si nosotros trabajamos desde el primer minuto en una política favorecedora del conocimiento mutuo, ese joven migrante no va a necesitar una búsqueda de sus iguales para sentirse afianzado en la sociedad, ni se crearán guetos, sino que va a poder conectar”, apunta.
Un bautismo de buceo, ir a ver la nieve al Teide o cocinar tortilla de papas son algunas de las actividades que recuerdan Pape y Boudou y que han podido hacer en su tiempo libre. “Somos buenos amigos y colaboramos entre nosotros. Cuando él necesita ayuda, me llama a mí, y cuando yo la necesito, lo llamo a él. Somos como una familia”, dice el senegalés. “Me siento muy cómodo, también gracias a esta señora”, dice Pape señalando a Ara. Ella se echa a reír: “No me llames señora, si somos familia de convivencia”.