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Atapuercostop

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Desconozco los pormenores exactos que condujeron a las muy bajas calificaciones de un considerable número de examinandos en la prueba de PAU de Lengua Vasca y Literatura celebrada a comienzos de junio en la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea. Lo que sé del asunto es el resultado de ir picoteando de aquí para allá en la información ofrecida por varios canales, desde la prensa convencional a los medios alternativos, principalmente las redes. De ahí que no fundamente este pequeño apunte que comparto contigo en el análisis de lo sucedido (¡no soy como tantos tertulianos radiofónicos que hablan sobre aquello de lo que no tienen ni idea!), sino en las agitadoras reacciones de ciertos individuos a lo ocurrido y en cómo su actitud o lo que pretenden trasladar con ella se refleja (o se pudiera llegar a reflejar) en nuestros lares educativos y culturales. 

Por analogía con la asociación conceptual que existe entre la sierra de Atapuerca y la Prehistoria, y en determinados contextos las voces “Prehistoria” y “Paleolítico” con términos que poseen una connotación negativa como “desfasado”, “anticuado”, “retrógrado”, “ignorante”, “bruto”, “intolerante”, “autoritario”, “machista”, etc., he incorporado a mi léxico la palabra “atapuerco”, que me sirve en este caso para agrupar a los tipos que han conseguido captar mi atención gracias a sus altisonantes comentarios.

No voy a reproducir sus exabruptos. Algunos son delirantes. Me centraré en los que me empujaron a componer esto que ahora te ofrezco y que, grosso modo, venían a decir —omito expresiones groseras— que estudiar euskera era una pérdida de tiempo, que no servía para nada esa lengua, que los jóvenes deben aprender contenidos «de provecho», que en España se ha de enseñar lo mismo en todos los lugares, que… 

Este desprecio por la cultura, la historia, la estética, la identidad… (¿qué es un idioma si no?) me movilizó. Pensé en Canarias. Es cierto que no tenemos una lengua propia de la que se deba examinar el alumnado de nuestra tierra en las pruebas de acceso a la universidad, pero sí una sólida modalidad lingüística propia; y una muy sólida literatura propia; y, por no alargar la enumeración, una solidísima cultura propia que, por igual, sin distinciones, nos compete proteger y difundir.

Los atapuercos lo mismo valen para negar el pan y la sal a una de las lenguas del país que dicen defender como para minimizar y desacreditar —y de paso destruir, tanto por acción como por omisión— la importancia del patrimonio histórico, poético y artístico de los canarios, que también lo es, de algún modo, de esa nación que anida en sus —digámoslo ya— falsos ánimos protectores. De ahí que, en aras de velar por lo que es nuestro, por lo que nos pertenece, por lo que nos ha sido entregado para su custodia y acrecentamiento, sea indispensable que realicemos cuanto esté en nuestras manos —como dijo aquel: «El que pueda hacer, que haga»— para que estos cavernícolas, liberados de cualquier sujeción democrática, amparados en una suerte de impunidad, arrasen con su ignorancia, su desfachatez y su desprecio por la cultura lo que se ha forjado durante siglos en nuestro pueblo desde la creatividad, el cariño, la solidaridad, la fraternidad, la brillantez intelectual...

Por eso, porque se avecinan tiempos convulsos, porque se vislumbran sombras afines a las que hace justo nueve décadas trajeron consigo la Guerra Civil, porque somos conscientes (o deberíamos serlo) de que es horroroso lo que se perdería por culpa de la indolencia colectiva, convendría consolidar desde los ámbitos del sistema educativo de Canarias un afianzamiento mayor y mejor de todo cuanto sería objeto de ataques desmedidos por parte de los atapuercos. Lo canario no puede ser un complemento, una vía posible entre otras, una opción, una empresa sujeta al ánimo particular por su abordaje en los tramos de un calendario escolar donde la frialdad de los currículos y las programaciones antes cimenta en sus pacientes —alumnado y profesorado— la sensación de desconexión e irrealidad que de orden y precisión. La ley —un “artefacto” creado por la voluntad de los hombres— ha de buscar el acomodo adecuado para que estas manifestaciones arraigadas en lo que somos como pueblo —estas materias troncales de nuestra realidad, por seguir la terminología educativa— tengan el peso que les corresponde.

Canarias debe mostrarse en las aulas con holgura. No de un modo coyuntural ni ocasional. Canarias no es una circunstancia. No es un hecho, ni una fecha. No es un anexo curricular. No es un «de paso, pues…». Canarias sabe ser universal porque es universal. No entendamos el mundo para comprender Canarias. Al revés: entender Canarias nos ayuda a comprender el mundo. Hay que invertir la perspectiva. Hay que cambiar el punto de vista para que los atapuercos, al mismo tiempo, se viren y vuelvan a la oscuridad de sus cuevas, de donde no deberían nunca salir.