La autonomía no admite modo avión cuando el servicio público se queda sin cobertura
Siete meses esperando una solución que siempre parece estar en otra parte.
Hay problemas que empiezan con una pantalla y terminan convirtiéndose en una barrera.
El mío empezó el 28 de enero de 2026, cuando compré un iPhone 17 Air.
Hasta entonces utilizaba ten+móvil con absoluta normalidad para viajar en las guaguas de TITSA y en el tranvía de Tenerife. Era cómodo, rápido y, sobre todo, me permitía algo que para muchos puede parecer insignificante: viajar sin depender de nadie.
Pero desde entonces la aplicación dejó de funcionar correctamente en mi teléfono.
Y hoy, siete meses después, sigo esperando.
No hablamos de una aplicación cualquiera. Ten+móvil forma parte del sistema de billetaje de Metropolitano para viajar en tranvía y guaguas. La propia compañía ha presentado además su evolución tecnológica como una herramienta accesible, desarrollada con la colaboración de personas con discapacidad.
Precisamente por eso resulta difícil entender lo que está ocurriendo.
Durante estos meses he escrito. He llamado. He vuelto a escribir.
Y siempre he terminado en el mismo lugar: esperando.
Quiero ser preciso. No estoy diciendo que el problema afecte a todos los iPhone. En mi caso concreto afecta a mi iPhone 17 Air y me impide utilizar con normalidad una herramienta que antes utilizaba todos los días.
Podría parecer un inconveniente menor.
No lo es.
Cuando una tecnología permite dejar de depender de otra persona, se convierte en autonomía.
En mi caso existe, además, una circunstancia añadida: tengo una discapacidad visual grave.
Antes podía sacar mi teléfono, utilizar ten+móvil y continuar mi viaje. Ahora, cuando necesito utilizar el servicio, tengo que recurrir a un iPad.
Pero mi iPad no tiene conexión propia. Tengo que compartirle los datos desde el iPhone, sacar dos dispositivos, manejar el iPad, llevar mi mochila y mi bastón, y hacerlo en una parada, una guagua o un tranvía.
Y no debería tener que asumir esa incomodidad o ese riesgo simplemente para poder pagar un viaje.
En una ocasión incluso me quedé tirado porque el iPad no consiguió conectarse correctamente al iPhone. El conductor fue amable, pero me dijo que no podía esperar.
Y yo tuve que quedarme allí.
Eso es lo que ocurre cuando una barrera tecnológica termina convirtiéndose en una barrera de autonomía.
Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: las barreras a veces no son arquitectónicas. Son mentales. Pero también pueden ser tecnológicas.
No quiero que esta columna se convierta en una historia exclusivamente sobre discapacidad. Hay otros usuarios de iPhone afectados. Estamos hablando de un servicio público.
Existe una alternativa: la tarjeta física. Pero para mí no es una solución sencilla. Para renovarla tengo que desplazarme a un punto físico y, por mis circunstancias, necesito acudir acompañado. No siempre tengo a alguien disponible.
La alternativa existe sobre el papel. La autonomía, no necesariamente.
Y entonces llegamos a la pregunta que llevo siete meses haciéndome: ¿quién tiene que solucionar esto?
El 7 de agosto envié una nueva reclamación formal a Metropolitano explicando toda la situación.
La respuesta que recibí fue esta: “Lamentamos que su terminal no sea compatible con la app tenmasmovil.”
Y después: “Esperamos que, en un futuro, Apple le pueda ofrecer una solución.”
Siete meses después, esa es la respuesta.
Apple.
Otra vez Apple.
Pero yo no soy usuario del transporte público de Apple. No compro mi billete a Apple. No utilizo el tranvía de Apple. Mi relación como usuario del transporte público es con quien presta ese servicio.
Puede existir una responsabilidad técnica de Apple y Metropolitano puede depender de proveedores externos.
Pero una cosa es explicar al ciudadano dónde está el problema y otra muy distinta trasladarle el problema.
Y aquí aparece una cuestión que ya no es una opinión mía.
El propio Portal de Transparencia de Metropolitano de Tenerife señala que su atención al cliente gestiona los medios y recursos para adquirir títulos de transporte, incluido el software de venta, y que su servicio de postventa gestiona las incidencias comunicadas por los clientes.
Por eso mi pregunta no es qué está haciendo Apple.
Mi pregunta es qué está haciendo Metropolitano.
Porque el usuario no puede convertirse en el mensajero entre dos empresas.
Durante estos meses incluso me han llegado a pedir que trasladara a Metropolitano la información que Apple me estaba proporcionando.
¿No debería ser precisamente Metropolitano quien coordinara con sus proveedores las incidencias que afectan a su servicio?
Yo no necesito que me expliquen que Apple existe. Necesito saber qué está haciendo Metropolitano de Tenerife. Porque si el problema lleva siete meses, la pregunta ya no es solamente cuándo funcionará la aplicación.
La pregunta es qué se ha hecho durante estos siete meses para que los usuarios afectados no se queden atrás.
No estamos reclamando un privilegio. Estamos reclamando información, seguimiento, una alternativa razonable y responsabilidad.
Una empresa pública puede tener una incidencia. Puede tener un fallo técnico. Puede depender de un proveedor externo.
Lo que no debería hacer es acostumbrarse a que el ciudadano espere indefinidamente.
Durante estos siete meses siempre he sido yo quien ha tenido que preguntar. Siempre yo quien ha escrito. Siempre yo quien ha llamado.
Nunca he recibido una comunicación periódica ni una alternativa que me devuelva la autonomía que tenía antes.
Simplemente esperar.
Hasta que llega una respuesta que, en esencia, dice: espere a que Apple lo arregle.
Quizá el problema de fondo no sea una aplicación. Quizá sea una determinada manera de entender el servicio público.
Porque el transporte no es solamente desplazarse de un punto a otro.
Es ir al médico. Ir a trabajar. Estudiar. Hacer una compra. Quedar con alguien. Volver a casa.
Es vivir.
Y para una persona con discapacidad, cada pequeño grado de autonomía ganado cuesta muchísimo. Por eso perderlo duele.
No quiero que nadie me regale nada. No quiero un trato especial.
Quiero poder utilizar el mismo sistema que utilizaba antes.
Quiero que, cuando una herramienta tecnológica deje de funcionar para determinados usuarios, la empresa que presta el servicio se haga cargo del problema y explique qué está haciendo para solucionarlo.
Porque detrás de cada incidencia hay alguien.
Un usuario.
Una persona.
Alguien que tiene que llegar a algún sitio.
En mi caso, ese alguien lleva siete meses intentando recuperar algo que parecía tan sencillo que nunca pensé que pudiera perderlo: la libertad de subir a una guagua o a un tranvía y marcharme sin tener que pedir ayuda.
Y quizá esa sea la pregunta que debería hacerse Metropolitano de Tenerife: ¿cuánto vale la autonomía de un usuario?
Para quien nunca la ha perdido, quizá valga poco.
Para quien la pierde, puede valerlo todo.
Después de siete meses, sigo esperando que alguien, en lugar de señalar hacia Apple, mire hacia el usuario y diga simplemente: “Vamos a solucionarlo”.