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Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también

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Hay días en que basta asomarse a la ventana para comprender algo que durante años parecía una discusión lejana. En Canarias, ese momento ha llegado con las lluvias. No con la lluvia suave, casi agradecida, que cabría imaginar tras una sequía prolongada, sino con otra forma más abrupta: barrancos que descienden con una fuerza desmedida, presas próximas a su límite, carreteras interrumpidas, núcleos de población que quedan aislados. Se instala entonces una sensación difícil de formular, pero inequívoca: la de que algo ha dejado de encajar.

Durante mucho tiempo, el problema del agua en las islas se pensó de manera relativamente simple: faltaba. Se hablaba de sequía, de calor, de escasez. Era un problema grave, pero también conocido, casi previsible. Existía un marco de referencia compartido. Sin embargo, lo que se observa ahora introduce una inquietud distinta: el agua no solo escasea, también se desborda. Y, sobre todo, se comporta de manera menos predecible.

No se trata únicamente de que llueva más o menos, sino de cómo lo hace. Los episodios de precipitación intensa tienden a concentrarse en períodos muy breves, acumulando en pocas horas lo que antes se distribuía a lo largo de días o semanas. El agua ya no llega de forma gradual; irrumpe. Y cuando lo hace, el territorio —y las infraestructuras que lo ocupan— muestran dificultades crecientes para absorberla.

Este cambio obliga a reconsiderar el marco interpretativo. Durante años, se ha hablado de “crisis del agua”, como si se tratara de episodios excepcionales, transitorios, susceptibles de ser superados con medidas puntuales. Sin embargo, lo que empieza a perfilarse se asemeja menos a una crisis y más a una alteración de las reglas de funcionamiento del sistema. No es tanto una anomalía como un desplazamiento del patrón.

Algunos informes recientes (informe global Water Bankruptcy. Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era, 2026) han descrito este proceso con una imagen elocuente: durante décadas se ha operado como si el agua disponible incluyera no solo los flujos renovables anuales, sino también reservas acumuladas —en acuíferos, suelos y ecosistemas— que, en realidad, no son infinitas. Como quien no solo consume sus ingresos, sino también sus ahorros. Cuando esas reservas se degradan o se agotan, el sistema deja de responder como antes.

Las consecuencias son visibles en múltiples regiones: ríos que no alcanzan el mar, acuíferos que no se recargan, suelos que pierden capacidad de retención. En Canarias, donde el equilibrio territorial es particularmente delicado, estas tensiones adquieren una expresión más inmediata.

Lejos de contradecirse, sequía e inundación forman parte de un mismo fenómeno. Cuando el suelo está degradado o cuando el sistema —económico, de infraestructuras y también jurídico-administrativo— no opera de manera integrada, el agua no se infiltra ni se almacena adecuadamente. Así, en ausencia de precipitaciones, la escasez se intensifica; y cuando estas se producen de forma intensa, el exceso se vuelve destructivo. Se trata de una misma descompensación observada en sus dos extremos.

En este contexto, resulta inevitable interrogar también la capacidad de anticipación de las políticas públicas. La planificación hidrológica y territorial en Canarias ha incorporado de forma desigual —y en ocasiones tardía— los escenarios de mayor variabilidad climática. Sin negar los esfuerzos realizados, cabe señalar que una parte de las infraestructuras, de los instrumentos de ordenación y de los dispositivos de prevención siguen respondiendo a supuestos de estabilidad que ya no se corresponden plenamente con la realidad observada. La reiteración de episodios extremos pone de relieve, con cierta elocuencia, los límites de esa planificación.

Mientras tanto, el marco construido —presas, carreteras, planes de emergencia— continúa siendo necesario, pero comienza a mostrar tensiones cuando los fenómenos se repiten con mayor frecuencia o intensidad de la prevista. No se trata de su inutilidad, sino de su desajuste progresivo respecto de un contexto cambiante.

Por ello, lo que está en juego no es solo una cuestión técnica. Se trata también de una transformación en la forma de relación con el entorno. Durante décadas se asumió una cierta estabilidad climática, con variaciones acotadas dentro de márgenes conocidos. Ese marco de referencia se está desplazando, introduciendo una incertidumbre que ya no es únicamente científica o institucional, sino también cotidiana.

Esa incertidumbre se percibe en la sorpresa ante lluvias que parecen fuera de lugar, en la inquietud cuando una presa se aproxima a su capacidad máxima, en la sensación de que los extremos —la sequía y la inundación— tienden a aproximarse. No se trata de episodios aislados, sino de una pauta emergente.

Reconocerlo exige evitar tanto el dramatismo como la inercia. No se trata de asumir que todo ha quedado fuera de control, pero tampoco de seguir operando bajo la premisa de que nada ha cambiado. El agua ha dejado de ser únicamente una cuestión de cantidad para convertirse, cada vez más, en un problema de comportamiento.

Ello obliga a introducir ajustes: en la planificación, en las infraestructuras, en la gestión del territorio. Pero también en la forma de pensar el problema. Persistir en la interpretación de estos episodios como excepciones implica el riesgo de ignorar la tendencia que los articula.

Canarias posee una larga tradición de adaptación al agua, de soluciones ingeniosas en condiciones de escasez. Sin embargo, el desafío actual es distinto: no se limita a gestionar la falta, sino que exige convivir con la irregularidad. Asumir que el agua puede ausentarse durante largos períodos y, al mismo tiempo, aparecer de forma súbita e intensa.

Quizá ahí resida el verdadero cambio. No en la cantidad disponible, sino en la alteración de su comportamiento. Y cuando ese comportamiento se modifica, no basta con intensificar las respuestas conocidas. Se impone, ante todo, comprender la nueva lógica en la que se inscribe. Porque si la realidad es otra, también debe transformarse la manera de habitarla y de pensarla: desplazándose desde una concepción centrada en la idea de dominio hacia otra más atenta a los equilibrios del sistema del que se forma parte.