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El carbono no es solo negro: los colores que explican cómo funciona el planeta

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Cuando pensamos en carbono, quizá imaginamos algo negro. Carbón, humo o incluso petróleo. Sin embargo, científicos y divulgadores hablan hoy de carbono verde, azul, turquesa, negro, marrón e incluso rojo. El carbono no cambia realmente de color. Son etiquetas que nos ayudan a visualizar dónde se encuentra, cómo se mueve por el planeta y qué relación tiene con el cambio climático.

El carbono verde es probablemente el más intuitivo. Es el almacenado en la vegetación y los suelos terrestres. Los bosques capturan dióxido de carbono de la atmósfera y conservan una parte importante de ese carbono, por lo que constituyen uno de los grandes almacenes naturales del planeta.

Si avanzamos hacia la costa, aparece el carbono azul. Se asocia principalmente a manglares, marismas y praderas marinas. Estos ecosistemas capturan carbono y una parte queda almacenada en sus sedimentos. El término ha adquirido una enorme visibilidad y ha ayudado a incorporar estos ecosistemas a las conversaciones sobre clima y conservación.

Entre el verde y el azul encontramos el carbono turquesa, que representa el almacenado en humedales de agua dulce y turberas. Estos ambientes pueden acumular grandes cantidades de carbono, aunque algunos también liberan metano, lo que hace más complejo valorar su efecto sobre el clima.

No todos los colores, sin embargo, representan ecosistemas que almacenan carbono.

El carbono negro está relacionado con el hollín producido por una combustión incompleta. Puede afectar a la calidad del aire y contribuir al calentamiento. Cuando llega a la nieve o al hielo oscurece su superficie y aumenta la cantidad de energía solar que absorbe.

El carbono marrón también se encuentra en partículas de la atmósfera. Algunos de estos compuestos absorben radiación solar y participan en las interacciones entre contaminación y clima.

Y queda uno de los colores más llamativos, el rojo. Determinadas algas que viven sobre nieve y hielo contienen pigmentos rojizos. Cuando proliferan oscurecen la superficie, que refleja menos radiación y puede fundirse más rápidamente

Un carbono que viaja

La parte más interesante de esta paleta es que sus fronteras no existen realmente en la naturaleza.

Imaginemos una hoja que cae de un árbol. Su carbono sería inicialmente verde. Parte puede llegar a un río y terminar enterrada en un humedal, donde podríamos llamarla turquesa. Si continúa hasta un estuario y queda almacenada bajo una marisma o una pradera marina, podría pasar a formar parte del carbono azul. Por tanto, un mismo carbono puede así recibir distintos colores durante su viaje.

Los ríos, la atmósfera y el océano conectan continuamente estos grandes almacenes. Los colores son nuestros. El ciclo del carbono funciona como un único sistema planetario.

¿Por qué poner colores al carbono?

Sobre todo, para comunicar.

Para la ciencia son necesarias expresiones precisas como carbono orgánico disuelto o partículas atmosféricas. Para gran parte de la sociedad, en cambio, hablar de azul, verde o negro permite visualizar inmediatamente un océano, un bosque o una nube de humo.

El éxito del carbono azul es un buen ejemplo. La expresión ha contribuido a hacer visibles manglares, marismas y praderas marinas más allá de los círculos científicos.

Pero también conviene recordar el límite de la metáfora. Los colores no son categorías oficiales del carbono ni sustituyen a los métodos científicos utilizados para medirlo.

Su valor está en otro lugar. Nos ofrecen una puerta sencilla para comprender que bosques, humedales, costas, océanos, atmósfera y hielo están conectados.

En una conversación climática llena de toneladas de COâ‚‚, porcentajes y objetivos para dentro de varias décadas, esta paleta nos permite recuperar una imagen mucho más cercana: el carbono está viajando constantemente por el planeta. Entender sus colores es, en realidad, una forma de entender mejor ese viaje.