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La casa no es un edificio

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Dice la Real Academia Española en su famoso diccionario que la casa es un “edificio para habitar”. Pero no, la casa no es un edificio ni cosa que se le parezca. Verdad es que en ella se habita, pero no tiene por qué ser un edificio. Edificios son los centros comerciales, los museos, los ministerios, las escuelas, los hospitales o los ayuntamientos. Incluso pueden ser edificios esos perversos inventos del mercado inmobiliario actual que llaman viviendas vacacionales, que sólo sirven para pernoctar, no para vivir. Pero la casa, no. Lo que en realidad es la casa es el punto del universo donde acoplan o encajan a la perfección con los suyos los desamparados hijos de Eva, los animales y las cosas, que vagan perdidos, peregrinos o errantes por los caminos del mundo; el vínculo que los fija en un punto concreto de la tierra y les permite echar raíces en ella; el espacio de sus hábitos, que son quienes forjan la realidad humana y hacen posible la vida. Por eso presenta el verbo casar, que comparte raíz con el nombre que la designa, la significación de ‘corresponder perfectamente dos o más cosas’, de la que deriva incluso el singular sentido de ‘contraer matrimonio’ que con tanta frecuencia desarrolla en la realidad concreta del hablar. La semántica dinámica de los verbos explica el valor de las cosas mucho mejor que la semántica estática de los nombres.

¿Y por qué es la casa el lugar donde la correspondencia o armonía entre las desamparadas criaturas del Señor y los otros o lo otro es total? Pues porque en ella se concentran todas sus pertenencias. En efecto, en la casa se encuentran su familia, sus ancestros, sus dioses familiares, sus enseres, sus recuerdos, sus recursos y sus documentos, sin los cuales no serían nada ni nadie. Allí está el lecho en que yacen cuando duermen o enferman, y los asientos (bancos, sillas, sofás o lo que sea) en que se sientan para comer, trabajar, escribir, descansar o esperar los caprichos del destino. En ella engendran a sus hijos, “porvenir de sus huesos y de su amor”, como dice el poeta. Allí vienen al mundo. Allí los alimentan. Y allí los preparan para la vida. En la casa surgen las formas de expresión más íntimas y afectivas de su lengua, con palabras, gestos, susurros o silencios que sólo la complicidad de los suyos sabe entender. En ella suelen tomar las decisiones más trascendentes de la existencia, se despiden de la familia y los amigos cuando van a morir y exhalan el postrer suspiro de la vida. Por eso producen tanta tristeza y nostalgia las casas en ruinas y los pueblos abandonados; las casas y los pueblos que estuvieron llenos de manos que tocaban y abrazaban, ojos que veían y lloraban y bocas que hablaban y besaban, que han desaparecido para siempre de la faz de la tierra; las casas y los pueblos muertos o habitados sólo por los fantasmas del pasado.

La casa es el verdadero refugio o lugar seguro de personas, animales y cosas. Los protege no sólo de los vientos, las lluvias, el frío o el calor, sino de algo mucho más cruel que todo esto, que es la soledad, el desamor, el abandono y el desarraigo. Cuando los designios de la vida se tuercen, miramos esperanzadamente hacia ella como último refugio. ¡Qué alivio siente uno cuando entra en la casa y cierra a cal y canto la puerta tras de sí! Fuera deja los problemas del mundo. Por eso vuelve tan gozoso a ella el emigrante que ha tenido que abandonarla en algún momento de su vida para buscar sustento en otras tierras, aunque lo que encuentre por lo general al regreso sean las ruinas de lo que fue. “Como la casita de uno no hay ninguna” dice el pueblo con toda la razón del mundo. Tan íntimo es el recinto de la casa, que su nombre hasta puede usarse sin determinante, como si fuera un nombre propio: “Estoy en casa”, “Te invito a casa” (en lugar de “Estoy en mi casa”, “Te invito a mi casa”) solemos decir incluso a los desconocidos, incluyéndolos así en el grupo de la familia. “Estoy en edificio” o “Te invito a edificio” son expresiones imposibles.

La importancia que tiene la casa en la vida de la gente es la que explica que, cuando, por las razones que sean, esta tiene que ausentarse de ella, se le ensombrezca el alma y que intente trancarla con el mayor cuidado, para que no la allanen o profanen los desconocidos. Y más si se trata de personas mayores. Cuanto más vieja, menos ganas de salir de casa tiene la gente. La merma de facultades y el temor que provoca la cercanía del fin hacen que cueste más trabajo alejarse de ella, por si las moscas. Pánico provoca la posibilidad de que la traicionera parca nos sorprenda lejos de aquellos que pueden ayudarnos a pasar el trance final. Sería una tragedia. Y, si no, que se lo pregunten a la gente de la mar, tan marcada por la desaparición de parientes y amigos en naufragios lejanos.

Por eso resulta tan traumática la pérdida de la casa, sea por desahucio, catástrofe natural, accidente, divorcio o cualquier otra desgracia. Con la destrucción de la casa, se pierden no sólo las pertenencias materiales y los recuerdos del pasado, con todo el valor emocional que ello implica. Se pierde mucho más. Se pierde el trabajo de toda la vida y el anclaje en la tierra. Sin ella, vuelve el ser humano a la intemperie del mundo, quedando sin gobierno, como barco a la deriva en el proceloso mar.

Y por eso resulta tan trágica la precaria situación actual del mercado de la vivienda, que tan difícil hace la adquisición de un lugar donde casar o arraigar; en compañía de otra persona o solos. Porque también podemos casarnos (es decir, hacer casa) en soledad. Sí, la falta de casa es una tragedia tremenda, porque condena a la gente a andar como alma en pena por los azarosos caminos del mundo, como un desdichado sintecho.

¿Un edificio la casa? ¡Por el amor de Dios! Nada de eso: la casa es -lo repetimos una vez más para que quede claro- el punto del universo donde acopla o encaja el ser con los otros de forma perfecta. Su pequeño refugio en la infinitud del universo y su tabla de salvación en los naufragios de la vida. No, señor, no: las casas no se confunden con los edificios en que se habita. Los edificios son algo físico; las casas, algo espiritual. Tan distintos son los edificios y las casas, que aquellos son cosa de profesionales (arquitectos, aparejadores o albañiles), que los construyen con mayor o menor habilidad técnica o artística a base de piedra, bloques, ladrillos o madera, en tanto que éstas son cosa de gente corriente y moliente (maridos, mujeres, hijos, abuelos, nietos…), que la forjan poco a poco con el arte de la convivencia y el calor del corazón. Cuando decimos que alguien “construye casas”, lo que queremos decir realmente es que alguien “hace edificaciones para que otro las convierta en casas”, no que “hace casas”. Las casas no se hacen con mampostería, sino con el afán, el amor y el cariño de todos los días. Ni siquiera el cascarón de la casa tiene por qué ser un edificio. También se puede hacer casa en un pisito de 30 metros cuadrados, una cabaña, una choza, una favela, una chabola, una barraca, una cueva, un iglú, una jaima, un barco o una autocaravana, aunque no todos ellos posean el mismo confort. Evidentemente, no es lo mismo una chabola o una jaima que un chalet o un palacio, pero todos son casas. Las casas son democráticas; igualan a pobres y a ricos. Los edificios, no. Los edificios son aristocráticos. Tan democrática es la casa, que al final todos terminamos arropados en la misma casa: la casa universal, que es la tierra y el mar del que salimos un día.

Casas y edificios son tan diferentes, que hasta posible es cambiar de edificio sin cambiar de casa, llevándola a cuesta, como el caracol. Evidentemente, en esto ha habido cambios con el paso de los años. Antes la casa era más estable. Sin mudar de lugar, pasaba de padres a hijos y de abuelos a nietos durante siglos. Hoy es más efímera. Es el sino de los tiempos. No es que antes no hubiera nomadismo. Siempre ha habido gente volandera. Pero el nomadismo de antaño era un nomadismo más episódico y localizado: nomadismo de beduinos en busca de pastos, de hordas en busca de presas, de pescadores en busca de pescado… El actual es un nomadismo más generalizado y especializado. Tenemos hasta nómadas digitales. Como dice la famosa zarzuela, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Los antiguos eran gentes de la tierra. Los modernos son del aire. Los medios de trasporte (el avión, sobre todo) les ha permitido volar. Pero esto es accidental, porque la casa es eterna: la acomodación perfecta entre nosotros y lo nuestro.

Está claro, por tanto, que los diccionarios nos toman el pelo, dándonos la parte por el todo, la causa por el efecto, el medio por el fin, el rábano por las hojas o el edificio por la casa. Y lo malo no es que engañen al desocupado lector. Lo malo es que engañan también a las excelentísimas autoridades, que nos juzgan y nos aplican las leyes según las caprichosas definiciones que ellos les proporcionan.