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Comunidad, los cimientos de la democracia

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No hay construcción que resista el más mínimo temblor si no se afianza previamente una base sólida y fuerte. Un techo sólo puede dar cobijo seguro si se sostiene sobre una estructura afianzada por los pilares que, a su vez, se apoyan en los cimientos. Sólo sobre unos cimientos fuertes podemos construir un edificio, un negocio, una familia o un país cohesionado.

Cada cuatro años participamos en la llamada fiesta de la democracia, una corriente de excitación general recorre todo el territorio nacional; listas, confluencias, debates electorales, mítines... El resultado de esas elecciones determinará la composición de los pilares del Estado y éstos configurarán la estructura de las instituciones públicas. Los elegidos serán aquellos que dirijan las políticas públicas en el poder legislativo, las ejecuten en el poder ejecutivo y decidan la composición del poder judicial. La estructura del edificio se recompone cada vez con más frecuencia, más violencia y con más desapego social.

El resultado electoral determinará la estructura del Estado y de ella dependerán las políticas económicas, sociales e internacionales. Sin embargo, ni los pilares de un país, ni su estructura pueden confundirse con sus cimientos. Tampoco aquellas fuerzas en la sombra que mandan tanto o más que el poder oficial son los cimientos del estado, me refiero al poder económico y a los medios de comunicación.

Entonces ¿dónde están nuestros cimientos? ¿cómo identificamos aquello que sostiene todo el edificio? Aquello que nos cohesiona, soporta e identifica no se ve a simple vista. No es la bandera, ni el mobiliario, ni la selección, ni las alfombras. No aparece en los titulares de la prensa ni en los debates televisivos, no tiene rostro ni voz. Los cimientos somos muchos millones de ciudadanos identificados con un proyecto común de convivencia, que nos aglutina y nos ofrece coherencia en nuestra singularidad y divergencia y que, a pesar de la pluralidad y la diversidad, nos configura como una comunidad. 

Cuando el papel de la ciudadanía se relega a votar cada cuatro años, sin ocuparnos de lo que nos afecta e interpela como comunidad, ni participar activamente en la idea común de libertad, justicia, igualdad y pluralismo político, los valores superiores del ordenamiento jurídico se debilitan tanto que se pone en riesgo la existencia misma de Estado social y democrático de Derecho (art. 1 C.E.).

En plena crisis civilizatoria, con la vorágine de cálculos electorales, discursos de odio y radicalización de las desigualdades, una sola persona ha cambiado el panorama nacional y ha puesto, de nuevo, los cimientos en el centro. Tal ha sido el temblor generado que está por verse si tras la sacudida se sigue sosteniendo en pie el edificio. 

Hay quien valora y hay quien desprecia a María del Carmen Abascal por su forma de enfrentar la defensa de su hogar. Hay quien teme o quien idolatra la memoria de esa mujer de aspecto débil, pero voluntad de hierro que se enfrentó a un sistema violento y deshumanizado. La visibilidad de la lucha de esa señora abrió en canal la estructura de este país, dejando los pilares en situación de inestabilidad y dando visibilidad a los cimientos del estado que no es otra cosa que todos y cada uno de nosotros, no en nuestra individualidad, sino formando parte de la comunidad. Y he aquí que, expuestos los cimientos, podemos ver y determinar la fortaleza de la nación. 

Cincuenta años de transición para llegar, de nuevo, a la base. Lejos de lo narrado, esta sociedad no se ha tejido con el hilo del poder, ni en los pasillos de la Jefatura del Estado, ni en las salas del Tribunal Supremo, ni en la sede de los partidos representativos. Esta democracia se cimentó en la lucha de los barrios, en las comunidades de vecinos, en los sindicatos y en las personas anónimas que, como María del Carmen Abascal, enfrentaron la crueldad del sistema armados con una dignidad y una fortaleza tan cargada de verdad y justicia que sigue sosteniendo el edificio 50 años después.

Los cimientos de España no se han ligado a base de poder ni religiones ni tribunales de justicia. Los cimientos de esta sociedad, lo que sostiene el edificio del Estado y permite que el pacto social de la democracia no se desmorone no es otra cosa que la comunidad que formamos como sociedad.

María del Carmen no dudó en significarse aun cuando pagó un coste muy alto por ello. Tampoco escondió su precaria situación entre sus cuatro paredes, no tenía motivo para ocultarse. Lejos de la guerra partidista que socava los cimientos de la patria, ella ha sido matria. Fortaleció nuestra comunidad resignificando y dignificando a las múltiples víctimas de un sistema económico enfermo. Colocó la vida en el centro y evidenció las cicatrices de un sistema político, social y económico que naufraga.  

Entre las cuatro paredes de una anciana desahuciada surgió el retrato descarnado de la sociedad que hemos construido. Las filias, fobias e indiferencias con su sufrimiento nos retratan como sociedad. Podemos seguir discutiendo sobre pactos electorales, confluencias o listas cada cuatro años, pero si no atendemos a la comunidad que formamos como sociedad todo el edificio del estado caerá cual torre de naipes en la primera sacudida tectónica. Entre las alternativas de los posibles resultados electorales está el desahucio de esta comunidad.

Estamos sufriendo las consecuencias de un sistema económico suicida que actúa de motor de una tormenta perfecta, es decir, la confluencia y retroalimentación de diferentes crisis que ponen en riesgo la supervivencia del ser humano en el planeta. El modo de vida occidental alimenta la crisis de la biodiversidad, la crisis de materias primas, la crisis de la energía, la crisis del clima y la crisis humanitaria, la que genera guerras por los recursos y las migraciones por el clima, el hambre y la sed. Las consecuencias y la velocidad son mucho más graves y rápidas de lo que se esperaba, pero quizás la primera crisis que debemos atender es la crisis de la humanidad, la que hace que seamos incapaces de imaginar un mundo común.

Todo lo que permanece se construye sobre unos cimientos sólidos y cohesionados. Antes de votar debemos preocuparnos por ser comunidad, después de votar debemos ocuparnos por seguir siendo comunidad. Exijamos que el contrato social que ha sostenido nuestra convivencia pacífica y próspera se cumpla escrupulosamente en la cotidiana acción de dormir bajo un techo, comer cada día, obtener acceso a la justicia y a la reparación, recibir atención médica y educación pública. 

Antes de hacer cálculos electorales, redactar sesudas definiciones de fondos buitres, aprobar leyes de residencia o levantar muros de convivencia, deberíamos centrarnos en definir qué tipo de comunidad somos y qué sociedad aspiramos a construir. Si es el pueblo el que salva al pueblo la conclusión es que la estructura del edificio ha caído, el sistema ha resultado fallido.

¿Qué tipo de sociedad será la que surja de las pantallas de La Entidad? 

¿Qué tipo de infancia será la que crezca en la exclusión?

¿Qué tipo de adolescencia será la que no herede un futuro?

¿Qué tipo de vejez será la del abandono?

¿Qué sociedad va a construirse sobre los cimientos de la individualidad, la desigualdad y la especulación?

Los retos del futuro se enfrentarán según sea la comunidad que se retrate tras el resultado electoral. 

Quizás parezca que la acampada de Sol ha surgido sólo de la necesidad de una casa, pero no creo que sea así. Creo que la acampada de Sol surge de la necesidad de una vida digna para todos. Aspirar a vivir con dignidad una vida que merezca ser vivida. Ese es el cimiento que deseo para mi comunidad.