Europa y África ante el fin del paternalismo
En el momento en que escribo estas palabras, han pasado ya veinte días desde que comenzó la guerra de Irán, impulsada unilateralmente por Israel y Estados Unidos. La sensación que me acompaña al seguir la actualidad a través de los medios es inquietante: con cada nueva información, todo parece ir a peor. El impacto en el suministro global de gas natural licuado (GNL) ya sabemos que tendrá efectos durante años; el precio de la gasolina ha vuelto a repuntar; y el escenario general no invita, en absoluto, a ningún tipo de optimismo. No parece, pese a la palabrería de Trump, que el conflicto esté cerca de su final. Tampoco parece que el Estrecho de Ormuz vaya a reabrirse a corto plazo. Incluso el oro, tradicional refugio en tiempos de incertidumbre, ha comenzado a desplomarse.
Las consecuencias de la decisión tomada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu hace apenas tres semanas no se medirán en días ni en semanas, sino en meses y en años. Entre los escasos elementos que pueden leerse en clave positiva, cabe señalar —aunque sea como un consuelo más moral que material— que la posición española, mantenida desde el primer día del conflicto, es hoy la que empieza a ser asumida mayoritariamente en el conjunto de la Unión Europea. Pero es un consuelo limitado: no afecta al bolsillo. Y en estos días, todo el mundo mira al bolsillo, hace cálculos y se pregunta hasta dónde puede llegar el deterioro si, como todo indica, la situación continúa agravándose.
Hace un par de semanas ya señalé cómo las primeras consecuencias de la guerra comenzaban a sentirse con fuerza en el continente africano. Hoy, cuando los efectos amenazan con ser demoledores, quiero insistir en una idea que resulta cada vez más urgente: Europa y África deben entender que ha llegado el momento de fortalecer su alianza. Pero no cualquier alianza. No una reedición del viejo esquema de cooperación desigual, sino una relación de igual a igual, basada en intereses compartidos y en una lectura realista del mundo que habitamos.
Resulta difícil reflexionar sobre este nuevo tablero geopolítico sin recurrir a la lucidez de Ignacio Fuente Cobo. Su reciente análisis para el Instituto Español de Estudios Estratégicos, significativamente titulado “Del paternalismo a la geopolítica”, ofrece una clave imprescindible para comprender la transformación radical que Europa debe acometer en su acción exterior. Fuente Cobo disecciona con honestidad cómo el modelo de relación heredado está agotado y cómo la Unión Europea debe abandonar definitivamente ese discurso moralizante y asistencialista que ha marcado durante décadas su vínculo con África.
Uno de los mayores aciertos de su análisis es señalar que, en el contexto actual de crisis energética, competencia global y fragmentación del orden internacional, la seguridad y el desarrollo han dejado de ser gestos de caridad. Son pilares de una estrategia de supervivencia compartida. Lo que resuena con más fuerza en sus conclusiones (y lo que debería orientar nuestra hoja de ruta) es la necesidad urgente de pasar de una lógica de “ayuda” a otra de corresponsabilidad política real. Como él mismo sintetiza de manera magistral, diseñar estrategias ‘con África’ y no ‘para África’ es la única vía para construir una asociación estratégica mutuamente beneficiosa que sustituya la reparación paternalista por una relación adulta.
Conviene subrayar que esta visión no responde a un ejercicio de corrección política. Como dicen los jóvenes, no es postureo. Es un imperativo de seguridad en un mundo sumido en un galimatías multipolar y que algunos no dudan en describir como un definitivo cambio en el orden mundial. Porque estamos en ese momento en el que, como dice el analista principal del IEEE, el éxito de África es, en realidad, un interés vital europeo.
Mientras la Unión Europea siga mirando al continente africano desde el paternalismo, no habrá solución duradera. El desafío pasa por tratar a África como el actor estratégico que ya es, compitiendo con propuestas atractivas y viables.
Este debate se vuelve aún más urgente a la luz de la posición norteamericana. Estados Unidos ha dejado claro que ya no puede ni quiere ejercer como garante de la estabilidad global. Su política exterior se articula en clave bilateral, centrada en sus propios intereses y en la competencia directa con China. En ese marco, África apenas aparece en su agenda estratégica, salvo como reserva de materias primas críticas. Esta orfandad obliga aún más a Europa a abandonar definitivamente cualquier atisbo de paternalismo: ya no se trata de “ayudar” desde una supuesta superioridad moral, sino de comprender que, en este nuevo desorden, el destino de África y el de Europa están profundamente entrelazados.
En estos momentos, ambos continentes compartimos lo que algunos expertos llaman una situación de vulnerabilidad estructural. Europa arrastra una crisis de competitividad y una dependencia energética agravada por la guerra; África sufre el encarecimiento de los insumos básicos y una creciente fragilidad institucional. Esta exposición común es quizás la oportunidad que nos obliga a impulsar de una vez por todas una alianza real: menos retórica de los “socios iguales” y más trabajo para que verdaderamente exista una copropiedad efectiva de la agenda.
El corazón de esta nueva relación debe situarse en la cooperación en materias primas críticas. Europa necesita diversificar sus cadenas de suministro para sostener su transición verde, pero África ya no acepta el papel de simple exportador de recursos sin procesar: también quiere, y con derecho, que procesar en su propia tierra les genere empleo, desarrollo y riqueza.
Iniciativas como la Green Minerals Strategy de la Unión Africana apuntan precisamente a retener valor añadido en el continente. La alianza, por tanto, debe facilitar la integración en las cadenas de valor, la transferencia tecnológica y la industrialización local. Proyectos como el Corredor de Lobito solo tendrán sentido si dejan de percibirse como herramientas extractivistas al servicio exclusivo de corporaciones europeas y pasan a convertirse en motores de desarrollo africano.
Para que esto sea posible, Europa debe transformar también el cómo. La arquitectura financiera comunitaria sigue siendo lenta y fragmentada. El tan anunciado Global Gateway (todo el plan estratégico de la UE con el Sur Global) necesita de acciones concretas, efectivas y bien financiadas. En un mundo de competencia acelerada, Europa no puede limitarse a predicar buena gobernanza mientras otros actores ofrecen rapidez de ejecución, inversión y tecnología.
En este escenario, España dispone de una oportunidad estratégica singular. Nuestra posición geográfica, histórica y política nos permite actuar como puente. No es casual que la postura española esté ganando peso en el seno de la UE.
Esta misma semana, el pasado jueves, se reunió la Comisión Interministerial para África (CIMA) del Gobierno español, organismo que reúne a todos los ministerios implicados en la relación con el continente. Y la frase con la que el ministro Albares cerró el comunicado para contarla va precisamente en esta línea: el objetivo no es únicamente aumentar la presencia de España en el continente, sino “consolidar una asociación duradera basada en el respeto y beneficio mutuo, la confianza, la corresponsabilidad y una ambición compartida de progreso”.
Y en eso estamos. Iniciativas como los aún incipientes programas de migración circular muestran el camino, muestran que es posible transformar el reto demográfico en una oportunidad compartida de formación y movilidad laboral.
Finalmente, y como también expuse en un reciente artículo (Una nueva Estrategia de Seguridad Nacional para el 2026), ante este contexto de vulnerabilidad compartida, España debe incidir en la actualización de su Estrategia de Seguridad Nacional que África es un factor decisivo de nuestra estabilidad. El papel español no debe ser el de tutor, sino el de socio que acompaña instituciones africanas funcionales y legítimas.
En definitiva, fortalecer esta alianza euroafricana no es un gesto de solidaridad, sino una necesidad geopolítica pragmática. Solo sustituyendo la lógica del donante y receptor por una asociación de intereses compartidos, solo poniendo fin al paternalismo con el que hasta ahora se ha mirado hacia el sur, Europa y África podrán blindarse frente a las tormentas que llegan desde el Estrecho de Ormuz o desde los despachos de Washington.