Fuego en el cuerpo
La democracia de una sociedad se puede medir por la capacidad de crítica a todas las instituciones, por evitar lo sagrado en lo público, por considerar, como decía Jorge Semprún, que la única revolución permanente es la democracia, su profundización. Está claro que aquí, sea lo que sea ese aquí, territorio, país, nación, estado, todavía no estamos en estas. Hay cuerpos, estructuras, poderes y Poder intocables, no criticables, porque además pueden meterte en la cárcel.
En no sé qué cadena volví a verla después de muchos años. Aquel esplendor en el agua de Kathleen Turner y William Hurt, me causó casi el mismo impacto que en su estreno, en un cine del Paseo de Gracia barcelonés hace unos cuantos años. Era una nueva vuelta de tuerca a las malas en el cine y a los panolis en el mismo, una constante de belleza que viene de los clásicos del noir. Y hay que escribirlo en francés porque fueron aquellos chicos de la nouvelle vague y los Cahiers du cinema los que nos descubrieron otra manera de ver un cine inmenso que estaba ahí desde hace tiempo pero que nadie lo había dotado de un sentido y un punto de vista para la gran Historia. Los franceses, claro: en su cultura nos hicimos mayores algunos.
En días de calores y acechanzas, se junta casi todo: el mal, las temperaturas extremas, una mujer fatal que se te aparece en forma de pesadilla para dejarte a los pies del patíbulo. Alguien pitara “incorrecto”, eso no se puede decir: hay hombres y mujeres fatales, igual que calores insoportables. Que se lo digan al tonto de Ned Racine, el abogado al que interpreta Hurt en la película. En la forma y en el fondo, las películas noirs son una reivindicación feminista, eso no lo escribieron los de Cahiers, nos lo podemos decir ahora y en estos días de pesadumbre. Y pesadumbre en la más pura tradición francesa, con ese monstruo del pensamiento, Deleuze, que se dejó crecer las uñas, gracias al cual todavía puede hablarse de Spinoza sin cometer demasiados errores. Ocurre que muchas cosas están vulgarizadas, son casi una ordinariez –tampoco se puede decir- y el paso del tiempo ha convertido a Carolina de Mónaco en una abuela de refulgente belleza a la que sufríamos en sus parejas equivocadas y desastrosas.
La democracia no es un fin, es un proceso, una revolución permanente, no lo olvidemos, todo está por llegar, o todo se puede alcanzar, que no es lo mismo. Pero como eso lo dijo Semprún, habrá resquemores estalinistas. Alguien lo escribió o lo dijo, este país, en el sentido en el que se titulaban algunas páginas de la revista Cambio16, no será serio hasta que Jorge Semprún sea más respetado y recordado que Santiago Carrillo. Vale.