El gran triunfo de la IA será desaparecer
El fusible del cuadro eléctrico de tu casa lleva décadas trabajando sin conceder una sola entrevista. Nunca ha salido en una portada. No tiene perfil en LinkedIn. No publica hilos sobre el futuro de la energía. Nadie lo ha invitado a una conferencia para explicar cómo está cambiando el mundo.
Y, sin embargo, ahí está. Sosteniendo la nevera, el router, la lavadora, el horno, el cargador del móvil y buena parte de eso que llamamos civilización. El fusible ha alcanzado el sueño de cualquier tecnología: que nadie hable de él. A nadie se le ocurriría vender hoy una tostadora anunciando en la caja: “Nuevo. Con Electricidad”. Sería preocupante.
Pero eso es exactamente lo que estamos haciendo con la inteligencia artificial. Todo lleva IA. El teléfono lleva IA. El coche lleva IA. La televisión lleva IA. El reloj lleva IA. La báscula lleva IA. La maquinilla de afeitar lleva IA. El cepillo de dientes lleva IA.
Dentro de poco el escobillero del váter llevará inteligencia artificial y probablemente requerirá crear una cuenta, aceptar diecisiete páginas de condiciones de uso y descargar una actualización de firmware antes de poder estrenarlo.
Estamos en esa fase. La adolescencia de la inteligencia artificial. La etapa en la que necesita contarlo todo. “Con IA”. “Potenciado por IA”. “AI powered”.
Es como ese amigo que empieza a correr y tres días después ya no puede decir simplemente que ha salido a correr. No. Ahora hace una sesión de zona dos con zapatillas de placa de carbono, monitorización de lactato y recuperación activa. Tú le preguntas si viene a tomar una cerveza. Él consulta el Garmin.
A la inteligencia artificial le pasa algo parecido. Todavía necesita que sepamos que está ahí. Y por eso aparecen objetos extraordinarios. La maquinilla que analiza el ángulo del pelo con precisión casi aeroespacial y después te hace exactamente el mismo corte en la barbilla que la de dos euros. La báscula inteligente que ya no tiene la delicadeza de limitarse a decirte cuánto pesas. Eso era antes. Ahora te informa de tu porcentaje de grasa, masa muscular, hidratación, grasa visceral y edad metabólica. Son las siete menos cuarto de la mañana. Tú solo querías comprobar si las croquetas del sábado habían tenido consecuencias. Y de pronto un aparato situado junto al bidé te informa de que estás envejeciendo por dentro. Gracias. Estupenda forma de empezar el lunes.
También tenemos el arenero inteligente para gatos. Sensores. Estadísticas. Frecuencia de uso. Duración de las visitas. Peso del animal. Informes. Tu gato tiene ya más analítica de datos que muchas pequeñas empresas. Él, mientras tanto, sigue intentando meterse dentro de una caja de Amazon que es claramente demasiado pequeña para su cuerpo. Pero tiene dashboard.
Y están las almohadas que detectan los ronquidos. Lo cual representa un enorme avance para la humanidad porque hasta ahora solo disponíamos de un rudimentario sistema analógico llamado pareja. La diferencia es importante.
Antes tu pareja decía:
—Has roncado toda la noche.
Y tú podías defenderte.
—Yo no he oído nada.
Ahora no. Ahora existen registros. Gráficas. Hora de inicio. Duración. Intensidad. Decibelios. Pruebas periciales. El matrimonio ha entrado en la era del big data.
Y luego está el cepillo de dientes inteligente. Cámara. Sensores. Seguimiento de movimiento. Detección de zonas olvidadas. Aplicación móvil. Un misil tierra-placa. Quinientos euros de tecnología para localizar un trozo de espinaca.
Todo esto puede parecer absurdo, y en parte lo es. Pero también es normal. Cada gran tecnología atraviesa una época en la que necesita exhibirse.
La electricidad la tuvo. A finales del siglo XIX se organizaban exposiciones donde la gente acudía a contemplar bombillas encendidas. Una bombilla. Encendida. Y la gente iba a verla.
No debemos reírnos demasiado. Nosotros pagamos entradas para ver a personas presentar teléfonos que son prácticamente iguales al que llevamos en el bolsillo.
Cada época tiene sus propios indígenas mirando el barco llegar. La diferencia es que hoy nadie entra en una habitación, pulsa un interruptor y exclama:
—¡Dios mío! ¡Electricidad!
No llamamos a nuestros amigos. No hacemos una foto. No subimos un vídeo. No preguntamos qué modelo de corriente está utilizando la lámpara. Apretamos. Se enciende. Fin.
La tecnología ha ganado cuando desaparece. Cuando deja de ser tecnología y se convierte en paisaje. Eso, creo, es lo que va a ocurrir con la inteligencia artificial.
Ahora estamos obsesionados con ella porque podemos verla. Hablamos de modelos. De agentes. De asistentes. De algoritmos. De máquinas que escriben, hablan, programan, dibujan y contestan preguntas. Pero dentro de unos años probablemente muchas de esas palabras sonarán tan extrañas como hablar hoy de una “lavadora eléctrica”. La IA estará dentro de las cosas. Sin hacer ruido. El frigorífico sabrá que falta leche. El termostato aprenderá cuándo llegas a casa. La maceta decidirá que necesita agua. El coche detectará que estás cansado. El banco encontrará un movimiento extraño antes que tú. El paraguas quizá consulte la previsión meteorológica y te sugiera que no lo olvides. Y el cubo de basura sabrá cuándo está lleno.
Lo importante es que nadie organizará una keynote para presentarlo. No habrá un señor vestido de negro caminando lentamente por un escenario mientras detrás aparece una fotografía gigantesca del cubo. “Today, we are reinventing trash.”
Ahí sabremos que hemos llegado. Cuando deje de anunciársenos. Porque el verdadero destino de una tecnología importante no es convertirse en protagonista. Es convertirse en verbo. Google dejó de ser solo una empresa cuando empezamos a googlear. WhatsApp dejó de ser solo una aplicación cuando empezamos a whatsappear. Y la inteligencia artificial alcanzará la madurez cuando dejemos incluso de pronunciar su nombre. Haremos cosas con ella sin pensar que las estamos haciendo con ella. Como encendemos una lámpara sin reflexionar sobre Faraday.
Ahora bien. Que podamos meter inteligencia artificial dentro de cualquier objeto no significa que debamos hacerlo. Este pequeño detalle parece haberse perdido durante alguna reunión de marketing.
Hay una vieja obsesión tecnológica consistente en solucionar problemas que nadie había comunicado previamente que tuviera. Durante miles de años hemos abierto las persianas con la mano. Fue duro. Murieron generaciones. Pero sobrevivimos.
Ahora la persiana inteligente puede detectar la intensidad solar, consultar la temperatura exterior, aprender tus hábitos y subir automáticamente a las 7.42. Fantástico. Hasta el día en que pierde la conexión wifi y tienes que llamar a un ingeniero informático para ver amanecer.
Esa será también parte de nuestra relación con la IA. Nos ayudará muchísimo. Y nos molestará muchísimo. Ambas cosas pueden ser verdad a la vez. Nos ahorrará horas de trabajo y después perderemos veinte minutos intentando convencer al horno de que solo queremos calentarlo a 180 grados.
—He detectado que está preparando lasaña. ¿Desea activar el modo italiano?
No.
—¿Quiere escuchar una playlist italiana?
No.
—¿Desea valorar su experiencia?
¡QUIERO CALOR!
La inteligencia artificial no convertirá necesariamente nuestra vida en una película de ciencia ficción. Probablemente la convertirá en algo más interesante: nuestra misma vida, pero con un número creciente de objetos tomando pequeñas decisiones que antes tomábamos nosotros. Unas serán extraordinariamente útiles. Otras serán completamente innecesarias. Y otras serán útiles hasta que dejen de funcionar. Exactamente como la electricidad, el wifi y las impresoras. Sobre todo las impresoras.
Hay otra pista de cómo será ese futuro en los ascensores. Desde hace años una voz nos informa: “Las puertas se están cerrando”. Gracias. Las estamos viendo. Son dos puertas enormes moviéndose una hacia la otra. Nuestro cerebro, incluso después de varias décadas de redes sociales, conserva capacidad suficiente para interpretar la escena.
Dos pisos después: “Las puertas se están abriendo”. También lo vemos. Pero nadie protesta. Nadie se pregunta ya por qué habla el ascensor. Forma parte del ascensor. Y ahí está probablemente la verdadera victoria de la inteligencia artificial. No que sea imprescindible. Algo mucho más poderoso. Que sea normal.
Dejaremos de preguntarnos si realmente necesitamos IA en esto o en aquello porque estará integrada en la vida cotidiana igual que tantas otras tecnologías que un día parecieron extraordinarias. Hará cosas brillantes. Hará cosas absurdas. Corregirá errores. Traducirá conversaciones. Organizará agendas. Detectará enfermedades. Pedirá leche. Regará plantas. Vigilará al gato. Y seguramente seguirá informándonos de que las puertas se están cerrando.
La gran revolución tecnológica, por tanto, quizá no llegue como nos la están vendiendo. No habrá un momento exacto. No sonará música. No aparecerá una cuenta atrás. Nadie podrá señalar un martes por la tarde y decir:
—Aquí empezó el futuro.
Será bastante menos cinematográfico. Un día estaremos usando inteligencia artificial cincuenta veces antes de desayunar y no habremos pensado en ella ni una sola vez. Y entonces habrá ocurrido. La tecnología más comentada de nuestra época habrá conseguido finalmente su mayor éxito. Que nos callemos nosotros. Y que se calle ella.