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Ignorancia y poder

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Que la ignorancia es la más eficaz herramienta para conseguir el poder es algo que está a la orden del día. Y como toda herramienta, el beneficiado es quien la utiliza. El que sabe usarla. No es el ignorante el que consigue el poder (salvo algunas excepciones, que las hay), sino quien sabe utilizar al ignorante como herramienta para lograr el objetivo.

Entiéndase en cualquier caso la ignorancia no como un insulto, sino en su significado más literal: la ausencia de conocimiento. El que carece de conocimiento sobre ciertas materias (o sobre todo en general, que también), es el útil necesario del que se aprovecha el que busca poder a toda costa. Ese mismo al que no le importa mentir o rechazar una verdad indiscutible, porque sabe que el que carece de conocimiento (el ignorante) creerá a pies juntillas lo que le dice si es hábil en la manipulación.

Para eso, en la llamada era de la información se cuenta con todo tipo de medios para lograr no ya informar, sino también desinformar. Para ello están los bulos, que serán creídos, asimilados como verdad y difundidos por ignorantes que serán atraídos como polillas a la luz gracias a contarles lo que ellos quieren oír. Da igual que lo quieran escuchar sea algo irreal, o carente de lógica o moral. Mientras se les diga lo que desean oír, se consiguen seguidores que repetirán hasta la saciedad las consignas dictadas por quien sólo busca aprovecharse de ellos y ellas.

Para ello no importa modificar datos históricos, manipular el pasado a conveniencia, infundir odio mediante consignas sin la más mínima humanidad o decencia moral. También funciona fomentar desprecio por la cultura, por el conocimiento, por la filosofía. En parte, porque así se elimina la posible sensación de inferioridad del que carece de conocimiento frente al que tiene estudios o un reconocible nivel intelectual superior. Si se hace burla de la ciencia, del intelectual, del culto, del inteligente en suma, más reconfortado se siente el ignorante. Y más discípulo se volverá de quien le está utilizando como medio para llegar al poder.

Pero hay que tener en cuenta que la Historia no es simplemente un objeto decorativo reflejado en libros. La Historia es también un aviso, una advertencia: Primo Levi, escritor italiano superviviente del holocausto y antifascista declarado decía: «Aquellos que niegan Auschwitz, están dispuestos a repetirlo». Lo estamos viviendo ahora: la negación de conflictos bélicos, guerras, genocidios y demás atrocidades cometidas en el pasado por el ser humano, consigue que se repitan otra vez por quienes niegan la Historia.

Otro tanto ocurre con la ética. No se la puede dejar en un segundo plano cuando interese. Ahora mismo estamos en una época donde vemos gente con poder o ansiando obtenerlo carentes de toda ética moral o social. Los vemos no ya sólo en nuestro entorno, en el Estado español, sino por todo el orbe mundial. Seres sin escrúpulos cuya ansia de poder les lleva a actuar sin la menor humanidad. Proyectando su odio en aquellos ignorantes (carentes de conocimiento) a los que utilizan.

De ahí que tengamos jóvenes que defiendan una dictadura que ni vivieron (por suerte para ellos) ni se han molestado en conocer la realidad de lo que pasó. De ahí que tengamos obreros capaces de defender y votar por quienes sólo apoyan al cacique, al terrateniente, al alto empresario. De ahí que tengamos jubilados que defienden a quienes no les suben las pensiones o a quienes votan en contra de su subida. De ahí que haya mujeres que apoyen con su voto a quienes las dejarían en casa «con la pierna quebrada» y que niegan la violencia machista. De ahí que tengamos personas del colectivo LGTBI capaces, no ya de apoyar a esos partidos, sino de formar parte activa de los mismos.

De ahí que tengamos alguna lideresa que decida premiar con una medalla el Día de la Hispanidad a quien persigue hispanos por puro racismo. De ahí que tengamos líderes en la oposición que votan en contra de todo lo que suponga un beneficio para la ciudadanía, con tal de «hacer daño» a un Gobierno legítimo. De ahí que tengamos líderes mundiales convertidos en fascistas a la altura de Hitler, Mussolini o Franco. Todas y todos pueden permitírselo porque tienen a su servicio a muchos seguidores y seguidoras carentes de conocimiento.