Canarias Ahora Opinión y blogs

Sobre este blog

Leer la lectura. Nota de diario. (Junio de 2026)

0

En los últimos tiempos el azar se ha empeñado en poner constantemente las piedras de algunas certezas en el curso de cualesquiera lecturas y reflexiones. No porque yo ande a la búsqueda de esas piedras o certezas —prueba de ello es que esta mañana solo deseaba disfrutar de un rato de lectura y un café en la terraza, justo en el amanecer— sino porque, en efecto, esas piedras ciertas se hallan entre nosotros, constantemente, repartiendo —molestas en los zapatos— sus razones y sus causas en el anhelo de tentar la comprensión de todo cuanto ocurre. Una de esas señales sólidas que vienen a reclamar atención es la que atañe a la lectura en la actualidad, es decir, a la forma en la que hemos renunciado a sus dones y abandonado —no como excepción, sino como continuidad— la capacidad para leer. No importa cuál sea el signo que aborde, distraídamente y sin pensar en otra cosa: las debilidades actuales de la lectura se me aparecen, aunque no quiera, y se muestran como la causa motor de innumerables problemas. 

Resulta que el debilitamiento de la capacidad para leer se (me) ha convertido en la peor de las renuncias en el peor de los momentos, esto es, justo cuando nuestra pericia para la lectura se adivina más necesaria que nunca. Pues nunca como ahora depende, de comprender en profundidad, la supervivencia de los logros obtenidos —bien es cierto que entre la violencia más extrema— en el siglo de barbarie continua que fue el XX. Todos los agorerismos, que de forma agónica se nos presentaron a lo largo de décadas como señales inequívocas de la caída de lo humano en una nueva y decisiva salvajada, quedan en nada ante la ecuación simplista que reduce la lectura a un intercambio pragmático de información: a la mera capacidad de la máquina para leer.

La máquina que lee no es solo el objeto de codicia de los tiempos que corren, sino sobre todo una buena metáfora para explicar el sentido de la pérdida a la que nos enfrentamos: porque es el objeto de esa pérdida y, a la vez, su propia huella. El vacío que se llena de vacío: la materia que señala sobre sí misma, indeclinable, su incompletud. Lo que se pierde, cediendo a la máquina el derecho de leer, o construyendo una manera de leer a imagen y semejanza de la máquina, es el centro mismo del sentido de la lectura, esto es, la lectura como indagación y exploración de un territorio siempre nuevo. Quizá no sea inútil demorarnos un momento en la naturaleza de esa novedad: del mismo modo que no se contempla nunca el mismo río, no se lee nunca el mismo texto. No hace falta decir más.

En nuestros días se ha convertido en convicción —entre jueces y profesores, entre sedicentes lectores y ciudadanos respetables, entre escritores exitosos y filósofos de la divulgación— el que leer sea un acto mecanizable —una lectura de máquina— y que el texto bueno sea aquel que no solo permite sino que garantiza (concede) ese tipo de lectura: una lectura continua, de corrido, unívoca, desacomplejada (descomplejizada). Una lectura sin vuelta atrás, que siempre progresa, que nunca falla, que logra su objetivo (que no es otro que comprender el texto aunque el texto haya sido manipulado para que pueda ser comprendido de esa forma). 

Sin embargo, todo lector discontinuo —todo lector que gusta de un lenguaje que se atomiza, que se pliega, que se esconde, que está a punto de no tener sentido— sabe muy bien que leer no es, y nunca fue, una mera continuidad de la lectura. Leer no es seguir adelante, sino que, muy al contrario, cuando el ejercicio de leer se reúne con su principal valor, la lectura se transforma en un volver. Volver sobre la lectura misma. Leer es volver a leer. Volver sobre uno mismo, sobre el lector que lee, es decir: volver una y otra vez sobre lo que la lectura escribe en nosotros. 

Ejercicio que vuelve hacia atrás continuamente, una lectura no mecanizada es casi siempre relectura. Leer es releer. Acción que busca un sentido entre los sentidos y que busca los sentidos en el sentido. Lo otro, la lectura de la máquina, la lectura mecanizada que se malenseña en la escuela y que domina el mercado, el entretenimiento, la administración y la psicología del bienestar —esa lectura que nunca fracasa, que se preocupa y ocupa de los derechos de su «cliente», que guarda entre sus méritos el haber logrado transformar el modo de escribir y la razón por la que se escribe (y por la que se lee)—, no es, de facto, lectura, sino multiplicación (resta y suma). Es un simple echar cuentas. Como si el misterio de la matemática anduviera contenido en el cuerpo tecnológico, fino y autoiluminado, de una calculadora. En este sentido, la presencia entre nosotros, los humanos, de la máquina que escribe, no es solo dañina para la matriz de la escritura porque escriba por nosotros: es dañina porque lee por nosotros y porque nos ha enseñado a leer (y obligado a leer) como ella lee. 

Sin embargo, ya lo sabemos (no lo ignoramos, nos engañamos, nos engañan) no hay modo de que nada lea por nosotros. La lectura, que no posee sustituto, no consiente tampoco simulacros. No hay sucedáneo para el no comprender, ni para el comprender apenas, ni para el llegar a comprender. No hay quincallas de oro que sustituyan el premio (apenas sin valor) que la lectura ofrece. 

La lectura es la acción que pone al humano a solas consigo mismo ante toda la humanidad. A solas con todos los hombres, a solas con la humanidad entera, no es una entelequia, sino una circunstancia que irremisiblemente la lectura propone y dispone a la vez. Al renunciar a ese modo de leer corremos el riesgo, como de hecho sucede, de que desaparezca del ámbito de lo humano el misterio, que es el nombre, a falta de uno mejor, que responde ante las querencias del conocimiento creativo del mundo: no del cumplimiento de la novedad con el que a veces legítimamente se confunde, sino del puro desentrañamiento del saber que nos ocupa como individuos y como comunidad. 

La humanidad que renuncia al misterio (la poesía, el pensamiento, la pintura, la música), y cede sus estrategias de conocimiento a la máquina fallida (y cede, con ello, la poesía, el pensamiento, la pintura o la música a la máquina), posee un conocimiento fallido del mundo: porque al no saber leer, no sabe tampoco comprender, ni sabe crear. Y los problemas que suscita el hecho de que la ciudadanía no sepa comprender, ni crear, se hallan en la base de los asuntos que impiden actualmente la convivencia y abonan el resurgimiento de los totalitarismos. Quien lee mal, no puede votar bien. Lo hemos vivido ya en otras ocasiones, en momentos en los que, además, no existían máquinas que pudieran leer por nosotros. 

Dejemos, por lo tanto, de ofrecerle soliloquios a la máquina, dejemos de ofrecerle que nos lea y nos escriba. Se trata de volver, de regresar fuera de las fronteras. Crucemos el bosque hasta llegar al claro, sin ahorrarnos ni una rama del bosque, sin renunciar a ninguno de los rayos de sol del espíritu. Se trata, antes, de una salvación desconocida que de un desconocimiento como salvación. Está en nosotros porque, más aún, somos nosotros

Por eso dice Ruiz de Samaniego en el prólogo a El espacio salvado: «No se trata tanto de un deseo de saber —explicar o significar la imagen— como de un gusto por decir el enigma y, si ello fuese posible, instalarse felizmente en él… […] Una escena o un film secreto no aparecerá casi nunca a la primera visión; requiere, para su revelación, de una cierta rumia o extrañamiento.» 

Rumia. Extrañamiento. 

Necesitamos, dices, un lenguaje / para nuestra ignorancia…