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‘Magnifica Humanitas’

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El Papa León XIV ha presentado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, junto a Chris Olah, cofundador de Anthropic. Y el detalle no es menor. No estaba al lado del CEO, ni del señor de la corbata que habla de rondas de inversión, crecimiento exponencial y futuro inevitable con la tranquilidad de quien no va a pagar nunca las consecuencias. Estaba Chris Olah.

Olah no representa tanto el negocio de la inteligencia artificial como su misterio. No es el hombre que vende la máquina. Es el que intenta entender qué pasa dentro. El que se asoma a los modelos como quien abre una puerta en una casa vieja y nota que allí hay algo funcionando, aunque todavía no sepamos ponerle nombre sin ponernos solemnes o ridículos.

Y esa elección, claro, no parece casual.

La Iglesia sabe perfectamente lo que hace cuando coloca a alguien en una foto. Lleva dos mil años administrando símbolos, gestos, silencios, incienso y escenografía. Si hubiera querido una imagen empresarial, habría sentado al lado del Papa a un consejero delegado con sonrisa de folleto y una frase preparada sobre “poner la tecnología al servicio de la humanidad”. Pero no. Ha llamado a un investigador que trabaja precisamente en abrir la caja negra. A alguien que se pregunta qué representan estos modelos, cómo organizan la información, qué aprenden realmente y qué parte de su funcionamiento seguimos fingiendo que entendemos para poder dormir tranquilos.

Ahí empieza lo interesante. Porque nos han vendido la inteligencia artificial como una herramienta más. Una especie de calculadora con ínfulas, un becario digital que escribe correos, resume documentos, hace presentaciones y, de paso, nos deja sin la última excusa que nos quedaba para entregar tarde un informe. Pero esa explicación empieza a quedarse corta. Muy corta.

La IA ya no es solo una herramienta que usamos. Es una infraestructura de poder. Decide qué vemos, qué leemos, qué se automatiza, qué empleos se vuelven prescindibles, qué verdades circulan y qué mentiras se vuelven verosímiles. Y lo más inquietante no es que sea inteligente. Lo más inquietante es que se está metiendo en la vida humana con una velocidad que no deja tiempo ni para entenderla ni para discutirla bien. Como pasa tantas veces, primero se instala el sistema y después ya veremos la ética. Muy nuestro, por cierto. Primero la obra, después el informe técnico, y si hay problemas ya se crea una comisión.

Por eso tiene importancia que el Papa hable de la inteligencia artificial no desde la fascinación tecnológica, sino desde la pregunta moral. Qué estamos creando. Para quién. En manos de quién queda. Con qué límites. A quién beneficia. A quién deja fuera. Qué parte de lo humano estamos dispuestos a entregar por comodidad, por eficiencia o por miedo a quedarnos atrás.

Y aquí viene la parte polémica. A Silicon Valley le encanta hablar de salvar el mundo, pero suele hacerlo desde empresas valoradas en miles de millones, con servidores que consumen cantidades brutales de energía y modelos que necesitan datos, atención, dependencia y mercado. Nos prometen liberación, pero muchas veces lo que construyen es otra forma de obediencia. Más amable, más limpia, con mejor diseño. Una obediencia con interfaz bonita.

El Vaticano, por su parte, tampoco llega a esta conversación con las manos puras de un niño de catequesis. La Iglesia ha llegado tarde a muchas revoluciones, ha bendecido poderes que no debía y ha aprendido, a veces después de demasiado daño, que la autoridad moral no se declara, se gana. Pero precisamente por eso este gesto pesa. Porque no viene de una institución ingenua, sino de una institución que sabe lo que es el poder, lo que es equivocarse con el poder y lo que cuesta corregir una época cuando ya se ha torcido.

Puedes llamarlo alianza estratégica. Puedes llamarlo lavado de imagen compartido. Puedes decir que Anthropic gana respetabilidad moral y que el Vaticano gana centralidad en el debate tecnológico. Y seguramente hay algo de todo eso. No somos nuevos.

Pero lo que ya no se puede decir es que la inteligencia artificial sea solo un asunto de ingenieros.

La encíclica tiene además un momento inesperado, casi hermoso, cuando el Papa recurre a El Señor de los Anillos y recuerda aquella idea de Gandalf: “No nos toca a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos”. La frase funciona porque no suena a adorno cultural. Suena a advertencia. No somos dueños absolutos de las fuerzas que despertamos. No podemos controlar todas las mareas. Pero sí somos responsables de lo que hacemos cuando la marea empieza a subir.

Y esa es la cuestión.

La inteligencia artificial nos coloca ante una tentación muy vieja con ropa nueva: la tentación de dominarlo todo. Predecirlo todo. Medirlo todo. Automatizarlo todo. Convertir la vida humana en datos manejables, la conciencia en cálculo, la educación en productividad, el trabajo en optimización y la política en gestión algorítmica de emociones. Todo muy eficiente. Todo muy moderno. Todo muy peligroso.

La Iglesia, con todos sus pecados y contradicciones, viene a decir algo que conviene escuchar incluso aunque uno no sea creyente: no todo lo técnicamente posible es humanamente aceptable. No todo avance es progreso. No toda inteligencia produce sabiduría. Y no toda máquina que responde merece que el ser humano deje de hacerse preguntas.

Eso es lo que cambia con esta encíclica. La IA sale del laboratorio, del consejo de administración y del entusiasmo de los gurús, y entra de lleno en el terreno moral. Ya no hablamos solo de algoritmos. Hablamos de dignidad, de límites, de poder, de conciencia, de desigualdad y de esa palabra tan gastada y tan necesaria que es responsabilidad.

La foto del Papa con Chris Olah no resuelve nada. Pero señala algo. Y a veces los símbolos sirven precisamente para eso: para decirnos que una época ha cambiado antes de que sepamos explicarla del todo.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial puede hacer cosas increíbles. Eso ya está respondido.

La pregunta es quién la controla, quién la entiende, quién se beneficia, quién paga el precio y qué queda de nosotros cuando hayamos delegado en una máquina casi todo lo que antes exigía juicio, paciencia, memoria y conciencia.

Y eso, mi niño, no se arregla aceptando las cookies.