Canarias Ahora Opinión y blogs

Sobre este blog

Mejillón electoral

0

A media mañana temprano me tiraba en la explanada del muelle de El Cotillo a limpiar sacos de mejillones y lapas escurriendo que las barquillas traían. Allí, sentado con un cuchillo raspón, quitaba el musgo y las impurezas para poder cocinarlas. Con las manos rajadas me iba a pelar dos kilos de ajo para el mojo. Cuando el ajo entraba en la herida abierta…, ¡agüita! En el Bar Playa servíamos planchas de lapas y calderos de mejillones. Todavía éramos aborígenes, ni los hispanos ni la Roma imperial sabían de nuestra existencia, y los guiris apenas asomaban por Corralejo. Éramos sostenibles y asoleados. 

En aquellos tiempos plácidos, Luis dijo a los presentes: “Mañana la marea es a las 7’30, así que a las 6:00 todo el mundo en planta”. Y allí estábamos dispuestos a mariscar. Algunos mayores que ya no tenían agilidad para andar en los riscos, se situaban en altura para contar las series de olas y avisar cuando venían las fuertes. A la señal corríamos p’arriba, y nos matábamos contra las clacas, lapas y otras asperezas rocosas. Salíamos de allí con varios sacos de mejillones y lapas, oliendo a marea, el salitre curaba los rastrillazos. Un meyba, una camiseta, unas calamares, una rejá y un lapero. Puro autoconsumo. ¡Qué tiempos! También mariscábamos para el asadero popular y para los mayores el lunes después de las fiestas de La Matilla. 

En otras ocasiones, cuando había excedente, en la cocina de Juan Cabrera me pegaba tardes enteras metiendo mejillones y lapas en vinagre suave de manzana, previo hervor. Nunca entendí lo del bote Libbys de cristal. ¡Mi madre! Aquel sabor de lapa y mejillón en vinagre te sumergía en el veril y te impregnaba de aromático salitre adictivo. Afrodisiaco. Otras tardes de magua, nos íbamos para Tefía a casa de Manolito y nos echábamos un caldero de mejillones. Un caldero gigante de esos para cocinar una cabra entera, mientras observábamos las transacciones de baifos y machos en un pacto de barajas, rones y botellines. Algunas cáscaras nuestras aún reposan en la montaña etnográfica que todavía se yergue delante del bar. O hacíamos tendidos o empedrados de mejillones asados con aulagas. Pero todo eso se acabó. La presión demográfica y turística tiró de la oferta y la demanda y muchos restaurantes incorporaron en su carta dichos manjares. Contrataron profesionales que, con sus ganchos inmisericordes, sachos y picaretas, esquilmaron la costa. Fue la comercialización del mejillón y la avaricia insana lo que nos desposeyó del rito comunitario de autoconsumo sostenible del marisqueo. Hubo que prohibirlo y fue una medida sabia y necesaria para su salvación. El colonialismo turístico nos jodió bien jodidos.

Ahora que se acercan las elecciones, con la presión de algunos políticos majoreros, el Gobierno de Canarias acaba de levantar una veda simbólica hasta el recuento electoral. Pero la causa de aquella prohibición: el colonialismo turístico y la explosión de la oferta y la demanda se han multiplicado exponencialmente. Sigue existiendo. Sin un protocolo claro de tallaje y control, sin prohibir su comercialización, ya se están vendiendo por los restaurantes. Pero tranquillos, dice el Gobierno que realizará un estudio de las poblaciones de mejillones; les recomiendo que lo hagan de las poblaciones de turistas y colonos, de la avaricia de la restauración y los recreativos, a ver si se puede sostener la veda. Diría que no. Y no pasa nada por comer mejillones de lata unos 22 años más, porque estoy convencido de que el mejillón electoral acabará con la protección del litoral.