¿En qué momento dejamos de reconocernos en el espejo?
Hace tiempo que dejé de intentar entender la política. Ahora intento entender el país.
Cada mañana hago lo mismo que millones de españoles. Enciendo la radio. Abro un periódico. Miro el móvil mientras tomo el primer café. Busco, como cualquiera, comprender qué ha ocurrido mientras dormía. Sin embargo, desde hace un tiempo, al cabo de unos minutos siempre me invade la misma sensación: cada medio parece contar un país diferente.
Uno asegura que todo funciona razonablemente bien. Otro afirma que vivimos una crisis sin precedentes.
Uno habla de avances. Otro solo encuentra retrocesos.
Uno invita a la esperanza. Otro anuncia el desastre.
Apago la radio. Cierro el periódico. Dejo el teléfono sobre la mesa.
Y camino hasta el baño. Levanto la cabeza. Me miro al espejo. Hasta hace poco solo veía mi reflejo.
Ahora empiezo a ver el país que aparece detrás de él.
No ocurrió de un día para otro. Las cosas importantes casi nunca suceden así. Fue despacio. Como se agrietan las paredes de una casa. Al principio nadie percibe la fisura. Después parece un simple detalle.
Hasta que un día descubres que la grieta lleva mucho tiempo creciendo sin que nadie quisiera verla.
Eso es exactamente lo que siento cuando observo lo que ocurre a mi alrededor. No me preocupa que existan personas que piensen distinto que yo. Sería absurdo.
La democracia consiste precisamente en eso: en convivir con ideas diferentes.
Lo que me preocupa es otra cosa. Tengo la sensación de que hemos dejado de escucharnos. Que cada vez buscamos más aquello que confirma lo que ya pensamos y menos aquello que puede hacernos cambiar de opinión.
Que confundimos información con reafirmación.
Que preferimos un titular que nos dé la razón antes que una noticia que nos obligue a reflexionar.
Que discutimos demasiado y dialogamos demasiado poco. Y cuando eso ocurre, todos perdemos.
Da igual dónde nos situemos, porque el ruido nunca pregunta a quién votas antes de arrasarlo todo.
Quizá esa preocupación tenga mucho que ver con mi forma de mirar la vida.
Vivo con una discapacidad visual y aprendí hace tiempo que, cuando las instituciones fallan, quienes primero sienten sus consecuencias suelen ser siempre los mismos.
Las personas mayores. Las personas con discapacidad. Quienes dependen de una ayuda pública. Quienes esperan una resolución administrativa. Quienes necesitan que la sanidad funcione. Quienes no tienen un altavoz desde el que hacerse escuchar.
Mientras el país discute sin descanso sobre casi todo, ellos siguen esperando.
Esperando una valoración. Una prestación. Una respuesta. Una oportunidad.
Y, sin embargo, rara vez ocupan el centro de la conversación.
Tal vez porque el enfrentamiento siempre genera más audiencia que la gestión.
Seguí mirándome en el espejo. Entonces comprendí que el problema no era la política.
Ni siquiera eran los políticos.
El problema empezaba mucho antes. Empezaba el día en que un ciudadano dejaba de confiar.
Cuando una persona deja de creer que las instituciones pueden resolver los problemas con independencia y eficacia.
Cuando duda de casi todo antes incluso de conocer los hechos.Cuando la sospecha sustituye a la confianza.
No hablo de confiar ciegamente.
Eso tampoco sería sano.
Toda democracia necesita ciudadanos críticos.
Pero una sociedad tampoco puede vivir instalada en la sospecha permanente.
Porque cuando dejamos de confiar en todo, terminamos creyendo únicamente a quienes piensan exactamente como nosotros.
Y ese es un camino peligroso. Porque nos empobrece. Nos encierra. Y acaba convirtiendo el desacuerdo en una frontera.
Apoyé las manos sobre el lavabo. Por primera vez dejé de mirar el espejo. Y empecé a mirarme a mí.
Me pregunté cuántas veces había compartido una noticia sin detenerme lo suficiente a comprenderla.
Cuántas veces había escuchado solo a quienes reforzaban mis propias ideas.
Cuántas veces había contribuido, sin darme cuenta, a ese ruido que tanto criticaba.
Comprendí entonces que el espejo nunca había querido hablarme de gobiernos. Ni de partidos. Ni de ideologías.
Quería hablarme de nosotros.
De cómo la confianza se construye muy despacio y puede romperse en apenas unos minutos. De cómo resulta mucho más sencillo desacreditar que comprender.
Mucho más fácil etiquetar que escuchar. Mucho más rentable alimentar el enfrentamiento que buscar puntos de encuentro.
Y comprendí algo que me produjo más tristeza que enfado.
Los países no empiezan a romperse cuando unos ciudadanos piensan diferente de otros. Empiezan a romperse cuando dejan de reconocerse entre ellos. Cuando la conversación desaparece. Cuando la desconfianza ocupa el lugar del respeto. Cuando olvidamos que las instituciones existen para proteger derechos y no para convertirse en el escenario permanente de nuestras batallas.
Apagué la luz.
El espejo volvió a ser únicamente un espejo.
Mi rostro seguía siendo el mismo. Pero el país continuaba detrás. Esperándonos a todos. No para decidir quién gana la próxima discusión. Sino para preguntarnos si todavía somos capaces de recuperar algo tan sencillo y tan difícil como la confianza.
Porque quizá el mayor desafío de una democracia no sea conseguir que todos pensemos igual.
Quizá el verdadero desafío consista en que, pensando diferente, todavía seamos capaces de reconocernos cuando volvamos a mirarnos en el mismo espejo.