No nos falta nada
3º de la ESO es, seguramente, mi nivel favorito como profesor de Lengua Castellana y Literatura, ya que es el año en que la historia de la literatura gana peso en el currículo, con las infinitas oportunidades que ello inaugura. Una de ellas es —sin perjuicio de la denostada literatura medieval, que tantísimas enseñanzas ofrece— la posibilidad de detenerme con mi alumnado ante el cambio radical de mentalidad que supone el pensamiento renacentista y, sobre todo, ante la nueva concepción del ser humano que comienza a abrirse paso en ese momento esplendoroso de la Historia.
Precisamente porque la literatura en castellano, condicionada por la particular historia de España, apenas refleja —al menos en los libros de texto y pese a la honrosa excepción de Garcilaso— las maravillas de las que da cuenta el arte italiano con dos o tres siglos de antelación, no puedo resistirme a asomarme con mi alumnado a ese Renacimiento “puro”. Para ilustrarlo, solemos hacer una pequeña incursión en la historia del arte y nos detenemos ante La creación de Adán, de Miguel Ángel, cuya interpretación debo, como tantas otras cosas, a innumerables conversaciones con mi querida amiga y maestra Grazia Baroni.
En el fresco que corona la Capilla Sixtina, Dios, envuelto en un manto que evoca el cerebro humano, extiende su brazo para tocar a Adán, quien apenas parece reparar en el esfuerzo del creador por entrar en comunión con él. Suelo decir a mi alumnado que esta pintura refleja a la perfección el salto histórico hacia el humanismo renacentista: Miguel Ángel parece decirnos, mediante el esfuerzo de Dios, que Él ya ha hecho todo lo posible por su criatura, que esta es digna de entablar con Él una relación que el propio creador parece desear.
Que el ser humano es bueno porque no le falta nada para ser como desea ser, para conquistar su plenitud, porque esa posibilidad es plenamente suya y depende de su libre elección; que está dotado de todas las facultades que le permiten desarrollarse y superar sus limitaciones, al contrario de lo que durante siglos pareció sostener una concepción de la vida entendida como mera expiación del pecado, de la vida como “valle de lágrimas” que pone en la eternidad su única esperanza y desdeña todo lo terrenal, que es en realidad todo lo puramente humano.
La obra maestra de Miguel Ángel nos muestra un Adán que, para alcanzar esa plenitud, debe tan solo desearlo: extender el dedo, poner en juego su creatividad. Entrar en relación con Dios es, según parece proponer el artista, entrar en relación consigo mismo: desplegar la propia inteligencia (representada en el cerebro) para hacer del mundo el paraíso que siempre hemos anhelado y que parecía estar vedado a nuestra condición, cuando quizá lo que ignorábamos era su misma posibilidad. En el imaginario renacentista, el mundo se convierte así en una promesa de felicidad, en un regalo que debemos honrar aprovechando al máximo nuestras facultades para alumbrar una existencia armoniosa, feliz.
Esta es la intuición que Dante o Petrarca proyectarían en Beatriz, en Laura, en aquellas donnas angelicales: que el amor es la manifestación más alta del espíritu, y que su mera existencia nos confirma que estamos llamados a la alegría. Es también la intuición de quienes plantearon la naturaleza como un locus amoenus que, en toda su exuberancia, solo podía haber sido concebida para acogernos, para servirnos de hogar común. Los cambios que desencadenó esta concepción ––todavía ligada inevitablemente a la esfera religiosa, pero germen de un humanismo que comenzaba a abrirse camino hacia su autonomía efectiva de la divinidad–– forman parte de nuestra Historia con mayúscula: en ella encontramos la base misma, el motor de la modernidad.
Aunque parezca curioso, esta reflexión me vino a la cabeza al leer un bluit del periodista Ignacio Pato sobre la acampada en Sol, surgida a raíz del desahucio de Maricarmen y de la reivindicación del derecho a una vivienda digna:
“La vivienda. Pero nadie puede obviar el malestar profundo de fondo. El hartazgo de la combinación de salarios insuficientes, encarecimiento de todo, incertidumbre laboral, atomización social, ciudades gentrificadas, ritmos desquiciados y presión reaccionaria”.
Y pensé en la razón que tenía, pero también en un malestar más difuso que siento claramente cada día: la rabia ya rutinaria que me genera que un grupo cada vez más reducido de personas incremente sin límites su privilegio a costa de la miseria y el sufrimiento de un mundo entero; de un mundo en el que solo impera la ley del mercado, que no es sino una versión actualizada y sofisticada de la ley de la selva; de un mundo en el que hemos aprendido por desgaste a convivir con la amoralidad, la mentira y las atrocidades más impúdicas.
Un mundo invivible en el que casi nada funciona porque la dignidad del ser humano no importa, no ocupa el centro de nada y parece cada vez más una quimera, una ensoñación reservada a un puñado de idealistas que no entendemos —porque no podemos entender— que c’est la vie, que así es el mundo y que la alternativa es la miseria para todos o cualquier reducción igual de absurda, como si no tuviéramos ya la imaginación y los medios para construir un mundo en el que no dé vergüenza vivir, en el que sea posible la felicidad.
Porque, desde luego, pese a lo que dictan las falsas utopías individualistas de nuestro tiempo —esas utopías prefabricadas y concebidas para alienarnos cada vez más—, la felicidad es imposible mientras haya alguien, cerca o lejos, que continúe sufriendo. Los antiguos conocían esa humanitas, la conciencia de una condición humana compartida, irreductible a los arbitrios de la fortuna; la certeza de que atentar contra un hombre es un atentado contra la humanidad entera, incluso contra la de aquel que atenta.
En otro bluit, Pato decía estos días que “el realismo capitalista (nada es posible fuera del marco impuesto) es una especie de depresión social”. Es así. Seis siglos después de Miguel Ángel, en plena era dorada de la técnica, urge un nuevo Renacimiento. Creo que puede empezar por recordar que, como a aquel Adán indolente, no nos falta nada. Y menos aún la creatividad. Que el mundo es la promesa de un paraíso y que nos están robando el mundo y la promesa, pero basta reconocer el deseo que late bajo la rabia, basta creer que otro mundo es posible para ponernos a inventarlo.