El país de las adhesiones inquebrantables
Legó el franquismo muchos males. Entre otros, que sigamos aludiendo a ese periodo nefasto de nuestra historia para explicar el presente. Pero no hay otra: con la retórica falangista a mano, inundaron la sociedad de consignas que se utilizan por doquier, desconociendo su origen, o conociéndolo, que es peor. Un político de izquierdas, es un suponer, habló el otro día de inasequibles al desaliento, como si nada. Puede que no hubiera mejor forma de expresar lo que fuera. Puede. Pero ocurre que a las personas que utilizan esos latiguillos de retórica nacionalsindicalista no les chirría el oído, por jóvenes, por ignorantes, por amabas cosas.
Lo de las adhesiones inquebrantables también viene de ahí y de las más casposas esencias de la dictadura. Cuando escucho la expresión, se me aparece el rostro infecto con bigote de Girón de Velasco, el ministro de las universidades laborales con las que compensó para la historia, o creyó que compensaba, su atraco a manos llenas de las arcas públicas y privadas. Uno más. Estuvo dando la lata hasta el final, y casi lo consigue: volver al pasado, con sus amigos del golpe de estado del 23-F de 1981. Sería, es, una buena pregunta para políticos actuales y pasados, dónde estaban aquel día. Puede que ya muchos no hubieran nacido y otras prefieren olvidarlo. Yo tuve un episodio que podríamos titular “García y el sexo”, por lo que me traía entre manos la noche insomne aquella y por la radio que tenía puesta, todo al mismo tiempo. Estaba preparando mis clases de literatura española del entonces COU, mi primer año de profesor, y saltaron los tiros en Radio 3 que aquella tarde, como otras, era mi sintonía: daban en directo las votaciones de investidura de Calvo Sotelo. Después todo se precipitó en aquel piso que pretendía ser comuna: mi novia se fue a casa de su madre y no salió en tres días, después de dos horas de intentos telefónicos, hablé con mi padre: aquello no iba a ir a ningún sitio. A medida que pasaba la tarde, surgieron personajes propios y extraños, Jesús, nuestra loca de cabecera que hacía punto, la pareja del oscense y la pelirroja, aprendices de vegetarianos, que llenaban la bañera con ramas supuestamente afrodisíacas, la que hoy sería mi cuñada francesa, otra hija de militar que andaba por allí, y una foránea que me pretendía ante mi timidez y que me consiguió aquella noche, con José María García.
¿A cuento de qué viene todo esto? A cuento de los que no quieren memoria de nuestra historia reciente y menos de la lejana. El líder de la ultraderecha hablaba con desprecio de la reciente visita del presidente del Gobierno de España al Guernika que está en el Reina Sofía. (Con lo bien que cuidabas tú el Museo) Y a cuento de que si se produce una catástrofe política de vuelco a las derechas, lo primero que intentarán borrar es la memoria.
Por eso me lo tomo con humor y rechifla: casi me lleva a un primer matrimonio aquella noche golpista. No fue tal porque los tiempos no estaban para tales maniobras. Me salvó el rey de entonces.
Al día siguiente me enfrasqué con mis alumnas y alumnos en la generación del 27, un buen asunto para aquellos simpatizantes del golpe con la boca pequeña. “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros” les recité de Cernuda.