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El peso invisible

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Con el paso de los años, el trabajo dejó de ser únicamente una actividad profesional para convertirse en una carga permanente. La empresa atravesaba una situación de elevado absentismo y, de manera casi sistemática, las ausencias no eran cubiertas mediante sustituciones. El trabajo no desaparecía porque simplemente se redistribuía entre quienes continuaban acudiendo cada día a su puesto. Al principio, aquello parecía una solución provisional, pero terminó convirtiéndose en la forma habitual de organizar el servicio. Cuando una persona regresaba de una baja, otra iniciaba un permiso o una nueva incapacidad temporal, de modo que la plantilla rara vez estaba completa y la sobrecarga recaía siempre sobre quienes permanecían trabajando.

Las jornadas se hicieron cada vez más intensas. Apenas había tiempo para descansar, las pausas desaparecieron y las conversaciones giraban casi exclusivamente en torno a cuántas personas faltaban ese día y cómo reorganizar el trabajo para llegar a todo. Nadie cuestionaba el derecho de una persona enferma a recuperarse, pero cada ausencia suponía que el resto asumiera nuevas responsabilidades. La dirección insistía en que las limitaciones presupuestarias, junto con la falta de perfiles profesionales adecuados, impedían contratar sustituciones con la rapidez necesaria y que era imprescindible optimizar los recursos disponibles. Mientras tanto, el esfuerzo extraordinario dejó de ser excepcional para convertirse en una exigencia cotidiana.

Durante un tiempo pareció que el sistema funcionaba. Los objetivos seguían cumpliéndose y el servicio continuaba prestándose con normalidad, pero esa aparente eficacia ocultaba un coste invisible. El desgaste comenzó manifestándose con dolores de espalda y cuello, contracturas, fatiga constante y dificultades para dormir. Más adelante aparecieron la ansiedad, la pérdida de concentración y la sensación de no recuperarse nunca del todo, ni siquiera durante los periodos de descanso. Las consultas médicas comenzaron a ser frecuentes y todas coincidían en la misma advertencia: que el organismo estaba acusando la sobrecarga continuada y que era necesario reducir el ritmo antes de que las consecuencias fueran irreversibles.

Sin embargo, detenerse resultaba difícil. Existía la convicción de que cualquier ausencia propia incrementaría todavía más la carga del resto del equipo. Esa responsabilidad llevó a seguir trabajando cuando el cuerpo ya estaba dando claras señales de agotamiento, hasta que una mañana, en mitad de una jornada aparentemente normal, un fuerte mareo y un intenso dolor muscular hicieron imposible continuar. Las pruebas médicas descartaron una enfermedad aguda, pero confirmaron un importante deterioro físico y psicológico, junto con lesiones musculoesqueléticas de carácter crónico compatibles con años de sobrecarga laboral. A partir de ahí, el dolor persistía, las limitaciones funcionales continuaban presentes y las secuelas del estrés mantenido dificultaban cada vez más la posibilidad de desempeñar las funciones habituales. Finalmente, tras las correspondientes valoraciones médicas, se reconoció una situación de incapacidad permanente que impedía el regreso a la profesión desarrollada durante décadas.

La resolución fue recibida con tristeza, pero también con la certeza de que aquel desenlace no era consecuencia de un único día especialmente duro, sino del efecto acumulativo de muchos años soportando una carga de trabajo creciente para compensar ausencias que nunca pudieron llegar a cubrirse, donde cada ausencia sin sustitución añadía un poco más de presión. Al final, aquella trayectoria profesional terminó lejos del puesto de trabajo, no por falta de compromiso ni de capacidad, sino porque el organismo y la propia empresa acabó imponiendo un límite. Porque el absentismo no solo afecta a quien lo sufre. También afecta a quien lo soporta.