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¿Por qué el PSOE va a ganar las elecciones?

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Hay una pregunta que parece tener ya una respuesta escrita de antemano. Si hacemos caso a las encuestas, a buena parte de los analistas políticos y al estado de opinión que se ha instalado en determinados sectores de nuestro país, las próximas elecciones generales estarían prácticamente decididas. La derecha ganaría y la única incógnita sería conocer cuántos diputados necesitaría el Partido Popular de Vox para gobernar.

Yo, sin embargo, tengo una opinión diferente. Creo que el Partido Socialista puede ganar las próximas elecciones. Y no lo digo desde el voluntarismo, ni desde una especie de optimismo militante que nos impida reconocer la realidad. Lo digo porque hay una serie de factores políticos, sociales y, sobre todo, electorales que, a mi juicio, no están siendo suficientemente valorados.

El primero de ellos tiene que ver con algo que ha ocurrido en otros momentos de nuestra historia democrática: la concentración del voto progresista en torno al Partido Socialista.

Nuestro país ha conocido diferentes ciclos políticos en los que el espacio situado a la izquierda del PSOE ha experimentado procesos de crecimiento, fragmentación y posterior retroceso. Pero también sabemos que, cuando una parte importante de la ciudadanía percibe que lo que está en juego trasciende las diferencias entre partidos y afecta al propio rumbo del país, se produce un fenómeno de concentración del voto en torno a la formación que tiene posibilidades reales de gobernar.

Es el llamado voto útil. Aunque personalmente prefiero hablar de voto decisivo.

Pero el análisis de esa posible concentración del voto no puede reducirse a un simple cálculo de utilidad electoral. Existe otra dimensión que debe examinarse: la valoración que los ciudadanos hacen de las políticas públicas desarrolladas durante los gobiernos de Pedro Sánchez. La subida del salario mínimo interprofesional —situado en 1.221 euros mensuales en catorce pagas en 2026—, la reforma laboral, las medidas de protección social y la legislación de vivienda forman parte de un balance político concreto, susceptible tanto de reconocimiento como de crítica.

En política internacional también existen decisiones que permiten valorar ese balance. El reconocimiento del Estado de Palestina por España en mayo de 2024, la defensa del derecho internacional en Gaza y Ucrania y las posiciones mantenidas por Sánchez en los debates europeos sobre paz, migraciones y cooperación internacional definen una línea de actuación reconocible. Para algunos sectores progresistas, estas posiciones pueden constituir motivos de identificación política más allá de cualquier cálculo electoral.

Por tanto, hay dos hipótesis distintas que conviene no confundir: la de quienes se acercarían al PSOE por considerarlo el instrumento electoral más eficaz y la de quienes podrían hacerlo por compartir y valorar su acción de gobierno. La importancia relativa de cada una solo puede determinarse con estudios sobre motivaciones de voto. En cualquier caso, comprender ambas dimensiones ofrece una explicación más completa de los movimientos posibles del electorado de izquierdas.

Porque no se trata de renunciar a las propias convicciones, sino de decidir cuál es el instrumento político más eficaz para convertir esas convicciones en una mayoría parlamentaria.

Y creo que estamos asistiendo al comienzo de ese fenómeno.

La fragmentación de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE, sus dificultades para construir una alternativa reconocible y, especialmente, la perspectiva de un gobierno del Partido Popular condicionado por Vox están provocando que una parte creciente del electorado progresista contemple al Partido Socialista como su opción electoral.

Algunos estudios demoscópicos ya apuntan en esa dirección. Pero más allá de las encuestas hay una lógica política que me parece difícil de ignorar: cuanto más evidente resulte que la alternativa al actual Gobierno es una coalición entre el PP y Vox, mayor puede ser el incentivo para concentrar el voto progresista en la candidatura con más posibilidades de impedirlo.

El segundo factor es, precisamente, lo que está ocurriendo en la derecha española.

Durante décadas, el Partido Popular se benefició de una notable concentración del voto conservador. Una ventaja que le permitía transformar porcentajes de votos en mayorías parlamentarias muy eficientes.

Hoy, sin embargo, ese espacio político se encuentra dividido entre dos partidos que compiten por una parte importante del mismo electorado.

Y aquí aparece una paradoja que podría terminar teniendo consecuencias decisivas: el crecimiento de Vox, que aparentemente fortalece al bloque de la derecha, no siempre se traduce en una mayor representación parlamentaria conjunta.

Para entenderlo hay que detenerse en una cuestión de la que, sorprendentemente, se habla bastante menos de lo que debería: nuestro sistema electoral.

En España no elegimos los 350 diputados del Congreso en una circunscripción única. Lo hacemos a través de circunscripciones provinciales, muchas de las cuales reparten un número muy reducido de escaños.

Hay provincias que eligen tres diputados, otras cuatro, otras cinco. Y es precisamente en esos territorios donde pequeñas variaciones en el comportamiento electoral pueden tener consecuencias extraordinarias.

La aplicación del sistema D'Hondt, mediante el cual se distribuyen los escaños entre las candidaturas en función de sus sucesivos cocientes electorales, hace que el reparto final dependa no solo del volumen de votos que obtenga cada bloque ideológico, sino también de cómo se distribuyan entre los diferentes partidos.

Dicho de otra manera: no siempre dos partidos que suman más votos consiguen tantos diputados como obtendría una sola candidatura con esa misma cantidad de sufragios.

Y esa circunstancia puede terminar siendo determinante.

Pensemos, por ejemplo, en provincias como Guadalajara, Huesca, Cuenca, Burgos, Albacete, Cáceres, Huelva, Jaén, Badajoz o Castellón.

En las elecciones generales de 2023, el Partido Socialista obtuvo dos diputados en Huelva, Jaén, Badajoz y Castellón, provincias de cinco escaños en las que el Partido Popular consiguió otros dos y Vox obtuvo uno.

En esas mismas circunscripciones hubo miles de ciudadanos que votaron a fuerzas situadas a la izquierda del PSOE sin que esos sufragios se tradujeran en representación parlamentaria propia.

¿Qué sucedería si una parte sustancial de esos votos se concentrara en el Partido Socialista? ¿Y si, simultáneamente, el crecimiento de Vox se produjera fundamentalmente a costa del Partido Popular?

La respuesta es que, en determinadas condiciones, podría cambiar la adjudicación del último diputado y, con ella, el equilibrio político de toda la circunscripción.

Naturalmente, no sucedería lo mismo en todas las provincias. En algunas, el crecimiento de Vox simplemente supondría la sustitución de un diputado del PP por otro de esa formación. Pero en otras, la combinación de una mayor concentración del voto socialista y la división del voto conservador podría abrir la puerta a nuevos escaños para el PSOE.

Y hay algo importante: no hablamos únicamente de las provincias más pequeñas. También en circunscripciones medianas, que eligen seis, siete u ocho diputados, la distribución de los últimos escaños puede resultar extraordinariamente sensible a movimientos relativamente modestos del electorado.

Por eso creo que una de las grandes batallas de las próximas elecciones no se librará exclusivamente en las grandes ciudades, ni dependerá únicamente de quién consiga más votos en el conjunto de España. Se librará también en decenas de circunscripciones donde unos miles de votos pueden decidir un diputado.

Un diputado en una provincia. Otro en la siguiente. Dos en alguna circunscripción de mayor tamaño.

Y así, hasta configurar una diferencia que puede llegar a ser decisiva en el resultado final.

No me parece descabellado plantear un escenario en el que estos movimientos puedan poner en disputa una veintena de escaños. No digo que estén garantizados, ni que todos puedan terminar necesariamente en manos socialistas. Digo que existe una bolsa de representación parlamentaria potencialmente disputable que merece ser analizada con mucha mayor atención.

Porque en un Congreso tan fragmentado como el que previsiblemente tendremos, veinte diputados pueden separar una mayoría de una derrota. O un gobierno de la oposición.

Pero sería un error creer que las elecciones se ganan únicamente con matemáticas.

Hay un tercer factor que considero todavía más importante: la capacidad de movilización.

Las encuestas son fotografías de un momento determinado. Reflejan tendencias, estados de opinión, simpatías y rechazos. Pero no son resultados electorales. Entre una encuesta y una urna hay decisiones individuales que pueden transformar completamente un escenario político.

Y la historia democrática española está llena de ejemplos de elecciones que terminaron resolviéndose de una manera muy diferente a como parecían anticipar los análisis previos.

El Partido Socialista tiene por delante el reto de recuperar la confianza de quienes puedan sentirse decepcionados, de movilizar a quienes todavía dudan sobre si acudirán a votar y de conectar con esa parte de la sociedad que comparte nuestros valores, aunque no necesariamente se identifica con todas y cada una de nuestras decisiones.

También tenemos la obligación de explicar qué país queremos construir en los próximos años. Porque unas elecciones no se ganan solamente advirtiendo de lo que pueden hacer nuestros adversarios. Se ganan, sobre todo, ofreciendo razones para confiar en nuestro propio proyecto.

Y en ese terreno creo que el Partido Socialista sigue contando con una fortaleza que a veces nosotros mismos no valoramos suficientemente: su condición de gran partido de gobierno de la España democrática, capaz de integrar sensibilidades diferentes alrededor de un proyecto común de progreso, convivencia y justicia social.

No desconozco las dificultades. Sería absurdo hacerlo. Las encuestas actuales reflejan una ventaja importante de las derechas y existe un malestar ciudadano que debemos escuchar, comprender y atender.

Pero tampoco comparto esa especie de determinismo político que pretende convertir las tendencias demoscópicas en resultados inevitables.

La política no funciona así. Y la democracia, afortunadamente, tampoco.

El futuro no está escrito. Mucho menos cuando todavía quedan millones de ciudadanos por decidir su voto.

Por eso, cuando me preguntan por qué creo que el PSOE puede ganar las elecciones, mi respuesta tiene tres fundamentos: porque una parte importante del voto progresista puede concentrarse alrededor de nuestra candidatura; porque la competencia entre el Partido Popular y Vox puede alterar el reparto de escaños en numerosas provincias; y porque todavía existe un amplio espacio social que podemos movilizar alrededor de un proyecto de país.

Pero añadiría una cuarta razón, probablemente la más importante de todas.

Porque las grandes victorias socialistas nunca fueron simplemente victorias de un partido. Fueron el resultado de nuestra capacidad para interpretar un momento histórico, comprender lo que estaba en juego y convocar a una mayoría social alrededor de una esperanza compartida.

Ese es el verdadero desafío que tenemos por delante.

No basta con esperar a que la división de nuestros adversarios nos favorezca. Tenemos que ofrecer razones para que millones de ciudadanos vuelvan a confiar en nosotros.

Si somos capaces de hacerlo, las matemáticas electorales pueden terminar acompañando a la política.

Y lo que hoy muchos consideran improbable puede convertirse en realidad.

Las elecciones no están ganadas. Pero tampoco están perdidas.

Y quienes ya dan por escrita la última página de esta historia quizá estén olvidando algo esencial: en democracia, la última palabra nunca la tienen las encuestas, los tertulianos ni los partidos.

La tienen los ciudadanos.

Y estoy convencido de que todavía tenemos mucho que decirles.

Y, sobre todo, mucho que construir juntos.