Pura demagogia
Según la Constitución española de 1978 en su título I, de los derechos y deberes fundamentales, capítulo segundo, sobre derechos y libertades en la sección primera y más concretamente en su artículo 16, se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. Además, nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias donde ninguna confesión tendrá carácter estatal. De hecho, los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.
No obstante, visto lo visto, la fe mueve montañas y también parece mover presupuestos públicos hacia la anunciada y próxima visita del Papa a Canarias. Nos puede parecer bien, neutral o mal, pero no está de más recordar que se trata de un territorio donde cerca del 30% de la población está en riesgo de pobreza, el paro sigue cómodamente instalado en los dos dígitos y el acceso a una vivienda se ha convertido en una quimera generacional. Esta reflexión no se hace por irreverencia, sino por coherencia siendo cierto que la postura de estas palabras procede desde una posición agnóstica, aunque no ha de restarle valor porque una cosa es la espiritualidad y otra muy distinta la logística de los diferentes niveles de la administración pública para recibirla.
El argumento oficial suele ser elegante y sin fisuras si se plantea desde la perspectiva de que la visita no es un gasto, sino una inversión al generar impacto económico, proyección internacional, turismo, dinamización del comercio local… en fin, una especie de milagro keynesiano con sotana, de forma que la fe, al parecer, no solo salva almas, sino también balances. Sin embargo, la pregunta incómoda persiste al plantearnos cuál es el retorno real para quienes no llegan a fin de mes. O qué beneficio concreto obtiene esa familia que destina más del 40% de sus ingresos al alquiler. Quizá la respuesta esté en el plano simbólico debido a que la visita papal no se mide en euros, sino en esperanza, ofreciendo un refuerzo emocional. Como si el problema no fuera la falta de recursos, sino la falta de consuelo.
Se dirá que ambas cosas no son incompatibles. Y es cierto. Pero también lo es que los presupuestos públicos sí lo son. Cada euro destinado a la organización del evento es un euro que no se invierte en otras políticas. Y no, no basta con afirmar que se trata de una cantidad pequeña dentro del total. Porque precisamente en contextos de escasez, cada decisión presupuestaria es una declaración de prioridades.
Desde una perspectiva agnóstica, el problema no es la religión en sí, sino su hibridación con lo público. La fe pertenece al ámbito de lo privado, de lo íntimo, de lo voluntario. Cuando se institucionaliza y se financia colectivamente, deja de ser una opción personal para convertirse en una carga compartida, incluso para quienes no participan de ella. Mientras tanto, la escenografía es impecable. Multitudes congregadas, cámaras retransmitiendo al mundo y discursos cargados de buenas intenciones. Se habla de solidaridad, de justicia social, de la necesidad de no olvidar a los más vulnerables. Y uno no puede evitar preguntarse si no hay algo de propaganda en todo ello, de liturgia mediática que, por un instante, nos hace sentir mejores sin exigirnos cambios reales reflejando nuestras contradicciones como sociedad donde somos capaces de movilizar recursos y voluntades para lo excepcional, pero sorprendentemente ineficaces para resolver lo cotidiano. Pero todo esto es pura demagogia ¿o no?