Kura, el secreto mejor guardado de Las Palmas de Gran Canaria

Detrás de esta aventura se encuentran Grace y Charles, una pareja de origen filipino, vida multicultural y raíces canarias en su ADN, que tras formarse en restaurantes de la isla, viajar al extranjero y decidir volver a casa, han conseguido que todo cobre sentido en un minúsculo espacio donde la magia sucede a fuego lento.

Kura está ubicada discretamente en la calle Padre Claret, 22, en Las Palmas de Gran Canaria, en los bajos de una de esas casas de toda la vida, el local huye de artificios. Su propuesta es una verdad desnuda: cero decoraciones excesivas o distracciones, una única barra donde cada noche se sientan los comensales y, tras ella, Grace manejando los cuchillos con devoción y Charles orquestando las bebidas y que nada falle en los acompañamientos.

La experiencia en Kura se articula a través de un menú largo omakase —que, sin duda, debería ser la única opción a elegir— que transporta al comensal a la cocina japonesa más tradicional de una forma casi poética. 

El desfile de platos comienza fuerte con una sopa de edamame con extracción de carabinero y hojas de shiso, una sopa “sucia” en el mejor sentido de la palabra: sabrosa, contundente y sumamente elegante.

Le sigue una impecable tempura de nori con tartar de vieira, donde el aliño y el manejo del producto abren los sentidos por completo. El apartado de crudos es una declaración de intenciones: una lubina Aquanaria realzada con una sutil gota de mojo verde y un chutoro de corte impecable, ambos acompañados de wasabi natural rallado al momento y una refrescante ensalada de pepinos y algas que simboliza la pureza del lugar.

El tartar de salmón con arroz —pescado curado durante dos horas y marinado por treinta minutos— ofrece una textura sedosa y suave tan sobresaliente que va acompañada de uno de los mejores arroces que se han visto en Gran Canaria. Tras un falso nigiri con langostino y alga flambeado que deja huella en el paladar, arranca el esperado festival de nigiris.

Aquí desfilan piezas del mejor pescado de roca local como son la sama, el medregal o el jurel, acompañados con el de un tierno y sabroso calamar, la potencia del langostino o la fase del atún protagonizado por el chutoro y la ventresca, ambos firmados por Balfegó. 

Mención especial merece el nigiri de fula de altura, elaborado con una técnica de cocinado con la piel que eleva el bocado a otra dimensión. Como bien explicaba Grace durante el pase: “Quiero usar los pescados de aquí con las técnicas de Japón para poner en valor los productos canarios y para honrar la cocina japonesa, que ellos también trabajan con sus pescados locales”. 

Todo ello coronado por un majestuoso nigiri de Wagyu y secundado por un jengibre artesanal encurtido en casa durante cinco días que actúa casi como un plato más.

El ritmo del menú transita con elegancia hacia el futomaki de ventresca con nabo encurtido y el temaki de carabinero con alga nori crujiente para comer directamente con las manos. 

Antes de la parte dulce, una reconfortante sopa de miso a 70 grados relaja el estómago y favorece la digestión, dando paso como prepostre a la clásica tortilla japonesa y cerrando el menú con un mochi con puré de mango. Este último, sabroso y goloso en su justa medida, constituye quizás el único punto a revisar del menú, ya que ganaría enteros si ambas elaboraciones se presentasen de forma complementaria en lugar de fusionadas en el plato.

Ver trabajar a Grace no es meramente verla cortar pescado o carne; es observar a alguien que les susurra con pasión, invitando al comensal a entrar en esa misma frecuencia de calma y disfrute. Por su parte, Charles redondea la experiencia aportando la sonrisa justa en el momento exacto.

Todo esto resulta aún más increíble al hablar de números. El precio actual de 80 euros durante su etapa de apertura —con planes de ajustarlo en enero a menos de 100 euros— es, sencillamente, un regalo. Una exclusividad de este calibre en Madrid o Barcelona no bajaría de los 175-200 euros. No es de extrañar que, con apenas diez días de servicio y un aforo máximo de 8 a 10 comensales por noche, la voz se corra rápido. De hecho, durante nuestra visita, una pareja de turistas logró mesa de milagro tras consultar a una inteligencia artificial por un buen omakase puro en la isla. Reflexión aparte merece este intrascendente comentario, las críticas gastronómicas o las páginas como Google o TripAdvisor tienen que replantearse este futuro que ya tenemos entre manos.

Es muy bonito comprobar cómo 8-10 personas que llegan al local siendo desconocidos, llegando puntuales, las puertas se abren 10 minutos antes de la hora de la reserva, siempre a las 20:00, y se cierran a las 20:15, sin posibilidad de entrar a quienes no hayan sido respetuosos y puntuales con el horario, cosa que aplaudo a manos llenas, terminan la cena compartiendo anécdotas, pareceres y sensaciones. Desde aquí permítanme darles un abrazo a todos los que me compartimos barra este martes noche (ellos saben quienes son), fue un auténtico placer. 

La gastronomía de Gran Canaria está de enhorabuena. Los amantes de la buena y noble cocina nipona tenemos un nuevo referente que se suma a nombres actuales como Hikari, Amaki o El Bento Japonés, sin olvidar al histórico Fuji, primer restaurante japonés de toda España.

Kura llega para poner las cosas en su sitio, lejos de los temidos buffets económicos de dudosa calidad. Mi consejo: no dejen pasar la oportunidad de conocerlo porque, o mucho me equivoco, o dentro de nada habrá auténticas batallas campales por conseguir una de las codiciadas plazas en su barra.

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