De las aborígenes a la lucha de las jornaleras: la historia de las mujeres del Archipiélago a través de El Museo Canario
Los archivos, materiales arqueológicos y evidencias que guarda el Museo Canario (en Gran Canaria) permiten rescatar del olvido el papel que han tenido las mujeres canarias a lo largo de toda la historia. Esta institución es clave para investigar las diferentes etapas teniendo en cuenta a todos los protagonistas: mujeres, hombres, niños, niñas y los distintos roles que tenían en la sociedad. El director del museo, Daniel Pérez Estévez, y la responsable técnica del área de didáctica, Carmen Gil Vega, coinciden en que en los últimos años se ha constatado ese mayor interés de las investigaciones en recuperar y visibilizar a segmentos de población que no había tratado. Este mes de marzo el museo ha rescatado la historia de tres catalinas (una de la época inmediatamente posterior a la colonización, otra de 1600 y otra de finales de siglo XIX o principios del XX) para evidenciar esa desigualdad que ha atravesado a las mujeres. También desarrolla visitas con familias donde visibilizar a las aborígenes, su trabajo y su figura como pilar de las poblaciones, un contenido que es transversal en las actividades.
“Hace muchos años que no sé de ti, ya no reconozco ni tu rostro ni tu voz, incluso si me hablaras en lengua canaria no podría entenderte”. Es un fragmento de un texto del escritor Faneque Hernández en voz de la actriz María Quintana, que interpreta a la primera de las catalinas rescatadas por el Museo este mes de marzo. Se trata de la historia de la princesa guanche hija de Abenchara y el guanarteme Tenesor Semidán. El director del museo explica que esta pieza teatral que puede verse en la web hace referencia a los últimos años de vida de esta mujer y “cómo ha afrontado condiciones muy duras por el hecho de ser mujer y al mismo tiempo que analizamos qué significaba ser mujer en aquella época”, detalla. En el fragmento, la actriz relata cómo la princesa aborigen tenía solo seis años cuando su padre la dejó en la Corte al servicio de la infanta María y, desde entonces, le prohibieron hablar en su lengua y la sometieron a “una estricta educación religiosa que nos preparaba para ser esposas sumisas”. Durante la pieza, recuerda también las penurias que pasó su madre.
La segunda figura histórica que el museo rescata es la de Catalina de Candelaria. El director explica que se trata de una mujer que vivía en Gran Canaria y que fue condenada por brujería. Para reivindicar su figura el museo utiliza una pieza artística basada en la danza como conducto. Existen muchos casos en los que se acusaba a una mujer de ser bruja. El museo alberga en su archivo más de 300 años de sentencias de la Inquisición. En algunas sentencias se las acusaba de ritos medicinales, sortilegios, rezos… que en ocasiones no eran comprendidos por el choque cultural y eran una mezcla de supersticiones o creencias que rivalizaban también con el poder de la Iglesia. Así mismo, en muchas ocasiones las sentencias eran producto de la ambición como mecanismo para quitar las propiedades.
El director recuerda que durante muchos años convivieron varias manifestaciones religiosas diferentes en Canarias. Así, las creencias espirituales del pueblo aborigen chocan con la imposición de la cristiandad por parte de los colonizadores, hasta personas que vienen en los siguientes siglos de distintas partes de África y que tienen sus creencias. Todo ello coincide y se mezclan así todo tipo de creencias. El caso de Catalina de Candelaria es, por tanto, un ejemplo de todo lo que aconteció en 300 años y que es objeto de investigación por parte de profesionales de todo el mundo que vienen al Museo Canario a conocer al personaje.
Catalina de Candelaria fue condenada por el Santo Oficio de la Inquisición en 1662 y se considera un “claro ejemplo de discriminación y exclusión social”. El texto de su procesamiento y condena, que forma parte de ese Archivo de la Inquisición conservado en el museo, se representa mediante “una desgarradora danza macabra” en la que una mujer libre es condenada por brujería. La coreógrafa Daura Hernández García fue la encargada de crear la pieza -que puede verse también en la web- a partir del texto del proceso seguido contra esta mujer, transcrito por Fernando Betancor Pérez, archivero del museo. “La danza pretende ilustrar una mujer que quería ser libre y que no la condenaron por bruja, sino a ser bruja, porque es a raíz de esa sentencia cuando se convierte en bruja”, remarca Pérez Estévez.
La última de las figuras ensalzadas por el museo es la de otra Catalina que en realidad simboliza a todas las mujeres canarias de finales de siglo XIX y principios del XX. Son esas mujeres que además de dedicarse a tareas de cuidado de las familias también realizaban trabajos que no eran tan valorados socialmente y que, sin embargo, son imprescindibles. Para ello, el director explica que se ha ahondado en el archivo fotográfico para localizar una serie de instantáneas que muestran “qué papel jugaba la mujer o qué papel se le dejaba jugar o cómo se le dejaba aparecer”, añade. En muchas de esas fotografías son los hombres quienes ocupan el plano principal y ellas apenas aparecen relegadas a un segundo plano, en algunas apenas en la ventana de las casas. Por ello, el museo reivindica la labor de las mujeres como jornaleras, trabajadoras agrícolas, de fábricas, empaquetadoras de tomate… “una mano de obra muy importante y esencial”, apunta. El cineasta Miguel G. Morales es el creador de esta pieza, que cuenta con música de José Antonio Fajardo y que también está disponible en la web.
Las mujeres aborígenes como protagonistas
Carmen Gil, técnica responsable del área de didáctica del museo, explica que durante marzo también se ha realizado una actividad concreta con las familias llamada Descubriendo a la mujer aborigen. Sin embargo, se trata de un contenido transversal que siempre se trabaja en todas las actividades que se realizan con las familias. La labor de este departamento es hacer que la información que proporciona la investigación arqueológica llegue al público y para ello se elabora diverso material didáctico y se realizan talleres y visitas “donde los niños y niñas conocen el papel que tuvo la mujer aborigen y se trata de visibilizar y recuperar su historia”. Así, una de las primeras actividades que se realizan es la de reconocer qué cráneos de los que se conservan en el museo son de mujeres y explicar cuáles son sus características. Es decir, primero identificarlas para luego “ir hilvanando la historia”.
En estas actividades se trabaja con los materiales arqueológicos del museo, con los que se puede ir descubriendo el papel de las mujeres aborígenes en esa sociedad a través de todo ese trabajo de artesanía que realizaron o con el trabajo de la cerámica, de manera que se dé importancia a su rol en la comunidad y se reconozca el valor de esos trabajos. En el recorrido por el museo puede apreciarse, además, el ídolo de Tara, símbolo relacionado al culto de la fertilidad, así como otros ídolos como uno incorporado en el año 2020 tras hallarlo una vecina de Firgas en su finca. La última visita dedicada a la mujer aborigen incorporó además una representación teatral.
Atidamana, Arminda o Tenesoya son algunos de los nombres de mujeres aborígenes de los que se tiene constancia a través de fuentes etnohistóricas. Sin embargo, en las visitas se suele constatar que la sociedad suele tener incorporados primero los nombres de hombres de la época. Por ello, la responsable del área de didáctica insiste en la importancia de visibilizar que la labor y los trabajos de ellas fueron imprescindibles en esas poblaciones, donde realizaban actividades de recolecta de cosecha, plantación, la artesanía… todos necesarios para el mantenimiento de la comunidad. También apunta que, aunque las actividades estaban separadas por sexo, -por ejemplo, se conoce que los hombres se dedicaban a actividades que requerían mayor esfuerzo físico como la excavación de cuevas o la tala de árboles, sí que existían actividades compartidas como la pesca, algo argumentado por la arqueología ya que, mediante el análisis de los cráneos de mujeres y hombres de la época, se ha podido comprobar cómo las poblaciones de zonas costeras presentan un crecimiento anormal en la entrada del conducto auditivo que se produce cuando una persona está continuamente sumergida en agua fría y esto es algo que está documentado en hombres y mujeres como consecuencia de las actividades pesqueras. Gil remarca que estas y otras enseñanzas sobre la población aborigen se transmiten en las visitas con las familias en actividades que tienen un carácter lúdico y participativo.