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Sandra León

Sandra León es Doctora en Ciencias Políticas por el Instituto Juan March y profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York (Reino Unido). Escribe sobre cuestiones relacionadas con el federalismo y el comportamiento electoral. Colabora habitualmente con el Laboratorio de la Fundación Alternativas y ha participado como tertuliana en el programa “Hoy por hoy” de la SER. Es miembro de Líneas Rojas.

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La brecha ideológica

Se habla a menudo de la polarización política en España y de sus efectos sobre el deterioro de las relaciones entre el Gobierno y la oposición. Sin embargo, las referencias al grado de polarización en la opinión pública suelen ser menos frecuentes, a pesar de que una y otra forma de polarización (la política y la social) se retroalimenten. Los análisis carecen, sobre todo, de una perspectiva dinámica de la polarización de la opinión pública, es decir, que tenga en cuenta los cambios que han ocurrido a lo largo del tiempo. En este post voy a explorar la polarización de la opinión pública en España de dos maneras: por un lado, voy a analizar la evolución entre 2015 y 2019 de la polarización afectiva, es decir, del grado de rechazo que produce el apoyo a ciertos partidos según ideología. Por otro lado, voy a estudiar la polarización ideológica sobre la cuestión territorial y sus implicaciones sobre las posibles soluciones a la crisis catalana.

En primer lugar, una manera de valorar la polarización de la ciudadanía es a través de la polarización afectiva por ideología, es decir, la relación entre la auto-ubicación ideológica de los ciudadanos y su grado de rechazo hacia ciertos partidos políticos. Una manera de medirlo es observando por grupos ideológicos la evolución de quienes afirman que, en una escala de probabilidad del 0 al 10, votarían a un partido con una probabilidad de 0.  

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Historia (reciente) de la infidelidad política

El devenir de la política española desde el momento cero del nuevo ciclo político, inaugurado con las elecciones generales del 2015, ha estado condicionado en gran medida por la evolución de los votantes desleales. Son votantes dispuestos a abandonar a los partidos que apoyaron en las elecciones, bien porque se deciden por otras formaciones políticas o porque pasan a formar parte del séquito de la indecisión/abstención. Fijar la lealtad de nuevos votantes ha sido la obsesión de todos los partidos políticos, una tarea más difícil debido al aumento de la oferta política y, por lo tanto, de las opciones de salida para quienes se muestran insatisfechos con su voto.

La existencia de votantes no excesivamente enamorados de sus partidos y, por ello, proclives a la infidelidad, no es algo necesariamente problemático para el funcionamiento del sistema. En su justa medida, los votantes desleales agudizan el sentido de la responsabilidad de los partidos y mantienen engrasados el mecanismo de premio y castigo que representan las elecciones.

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La culpa en política

En política, culpar significa atribuir la responsabilidad por algo que no salió bien. La psicología social caracteriza la asignación de responsabilidades como un comportamiento sesgado. Esto significa que no somos neutrales a la hora de señalar quién es el responsable de qué: tendemos a exonerar a quienes identificamos como “los nuestros” - sea el partido, la raza, o la nación – y a señalar como responsables a quienes no se encuentren entre esos grupos de referencia.  

Estos sesgos de grupo lastran el funcionamiento de la democracia porque debilitan el mecanismo que disciplina a los gobernantes, que consiste en identificar primero al responsable de los resultados de las políticas y luego castigarle o premiarle en las urnas. Si de entrada falla la identificación de la responsabilidad, entonces los políticos dejan de cosechar lo que siembran, porque se produce un cortocircuito entre lo bien o mal que lo hacen y su resultado en las urnas.

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Podemos y las confluencias: ¿virtud o condena?

Suenan tambores de elecciones a poco más de un año para las próximas autonómicas y municipales. Antes de que los aparatos de los partidos desempolven sus maquinarias para diseñar listas, seleccionar candidatos, perfilar campañas y asignar financiación, algunos tienen pendiente una cuestión todavía más básica: decidir las siglas bajo las que van a concurrir. Las siglas, al fin y al cabo, reflejan alianzas. Y no hay partido que quiera aliarse con los perdedores.  

Precisamente por este motivo Pablo Iglesias y Alberto Garzón debatían hace unas semanas sobre el mantenimiento de su alianza electoral para los comicios del 2019 y las siglas bajo las cuales concurrirán en las europeas, autonómicas y locales. Este debate surge por la debilidad de la marca nacional de Unidos Podemos. En concreto, la simpatía hacia Podemos ha caído en el último año entre los votantes de todos los partidos, incluidos los de las confluencias.  

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¿Cuánto autogobierno tiene Cataluña?

¿Cómo comparar el autogobierno en Cataluña con el que poseen otras regiones de Europa? La pregunta es pertinente por dos motivos. El primero es la confusión que parece existir sobre este tema, a juzgar por las distintas informaciones que llegan a través de los medios de comunicación. El segundo es que, si la resolución del conflicto con Cataluña pasa por un mayor nivel de autogobierno, no está de más conocer cuál es el nivel de partida. El propósito de este post es aportar algunos datos comparados que puedan contribuir a clarificar ese debate.  

Hasta hace unos años, responder a la pregunta formulada al inicio de este post era una tarea complicada debido a la falta de datos. Los investigadores solían medir el grado de autonomía regional a través de la descentralización del gasto (porcentaje del gasto total ejecutado por el nivel regional). Sin embargo, este indicador ofrecía una visión parcial del grado de autonomía regional. No tenía en cuenta, por ejemplo, las interdependencias legislativas entre niveles de gobierno o el grado de autonomía sobre los ingresos (no distinguía si los fondos que financiaban el gasto regional provenían de transferencias del gobierno central o de impuestos propios de la región).

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Unidad, unidad

"Unidad, unidad" coreaban el domingo 21 de mayo los militantes que asistieron en Ferraz al primer discurso de Pedro Sánchez tras ganar las elecciones a la Secretaría General. El mismo grito se oyó entre los asistentes al Congreso de Podemos en Vistalegre II el pasado mes de febrero. Los militantes entienden que la unidad del partido es un síntoma de fortaleza y por eso la invocan. Y en ambos casos lo hacen en contextos donde se ha dado voz a la militancia. En este post voy a desarrollar una reflexión sobre la relación entre la unidad en los partidos, la democracia interna y el dilema entre dar voz a la militancia y conseguir el apoyo de los votantes. Lo haré destacando que, en el escenario actual de fragmentación partidista, la unidad interna se convierte en una cualidad más necesaria para la supervivencia.

Cuando aumenta la capacidad de control de los afiliados en la formulación de políticas o en la selección de líderes, el debate interno se intensifica y ello puede hacer que la unidad de discurso se debilite. Las divisiones ideológicas generan incertidumbre entre los votantes sobre cuál será la dirección de las políticas que el partido va a desarrollar. La unidad (como la disciplina de voto) permite que los ciudadanos perciban con claridad la posición de las formaciones en distintas políticas. Como ya hemos comentado en otros posts, esta claridad es necesaria para el control democrático, es decir, para que los votantes puedan premiar o castigar a los partidos en las elecciones. Los votantes también pueden interpretar las divisiones como un síntoma de debilidad y penalizar al partido dividido en las urnas.

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El pesimismo en la izquierda

El congreso del PP y el de Ciudadanos han sido un paseo para los líderes de esos partidos, especialmente si se comparan con Vistalegre 2 o la división interna que puede dominar el próximo cónclave del PSOE. La tranquilidad de los primeros y el desasosiego en los segundos se corresponden con el estado de ánimo de sus votantes. Veamos qué ha pasado en el último año.

Hace un año, por estas fechas, las empresas demoscópicas escudriñaban el apoyo de la opinión pública a las distintas alianzas entre partidos y se hablaba de la posibilidad de que se formara un gobierno de coalición de izquierdas entre PSOE y Podemos. Pronto se vería que el acuerdo de la izquierda era posible, pero poco probable. En esos momentos todo estaba por hacer y en el ambiente pesaba la excitación de estar estrenando la legislatura del cambio. Se había inaugurado, al fin, un nuevo tiempo político que las encuestas llevaban anunciando desde principios de 2015 y que habían ratificado los resultados de las autonómicas de ese mismo año.

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El bipartidismo ha muerto: ¿a dónde vamos?

Sandra León: En esta ocasión parece que las encuestas auguran un paso más en la crisis del bipartidismo, relegando al PSOE a tercera fuerza política. ¿Tú crees que realmente estamos ante el fin del bipartidismo o se trata de una crisis pasajera?

Lluis Orriols: Existen indicios de que efectivamente el bipartidismo se fue para no volver, al menos a corto o medio plazo. Los nuevos partidos se están consolidado y muy particularmente Podemos. Los vínculos entre Podemos y sus votantes son cada vez menos de tipo carismático y más de tipo programático o ideológico. El hecho de que su éxito electoral dependa cada vez menos de su líder es, creo, una muy buena noticia para los podemitas, pues eso sin duda les garantiza una mayor estabilidad y continuidad en el tiempo.

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Apuntes para el 26J

Al título de este post ya no hay que añadirle un “si hubiera elecciones”, la coletilla más frecuente en los análisis sobre el panorama político español desde hace varias semanas. Toda suerte de predicciones sobre el futuro político del país se completaba con dicho condicional y así los analistas se curaban en salud ante un posible acuerdo de gobierno de último minuto que finalmente se ha revelado imposible.  

Ante el inminente escenario electoral cabe preguntarse cuál es el estado de ánimo de la opinión pública, tarea a la que dedicaré este post a través del repaso de la evolución de la valoración de la situación política. Tres son los principales apuntes: que el periodo postelectoral se ha llevado por delante la incipiente reconciliación con la política; que el capital político de Podemos se refleja en un electorado crítico con la situación actual pero optimista con el futuro, lo que podría facilitar su movilización electoral; y que los votantes del PP son los que mejor resisten al pesimismo en el contexto actual, aunque son más negativos con la situación futura. Si a dicha imperturbabilidad se añade el posible efecto positivo de la convocatoria de elecciones en sus expectativas futuras, los votantes del PP habrán superado el periodo postelectoral en relativa buena forma por lo que a su entusiasmo con la situación política se refiere.

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¿Se oponen los europeos a aceptar a los refugiados?

Los países de la Unión Europea han firmado unánimemente un acuerdo con Turquía con el que tratan de contener la llegada de refugiados a las costas de Grecia. El pacto ha provocado una mezcla de indignación y vergüenza en parte de la opinión pública y se han escrito docenas de artículos sobre el tema. Muchos de estos análisis han especulado sobre las posibilidades de éxito del acuerdo y sus consecuencias sobre el futuro de Europa, pero el tratamiento de sus causas ha sido generalmente algo más superficial, quedando resumido fundamentalmente en que el acuerdo protege el interés electoral de algunos gobiernos nacionales. Pero, ¿cuál es ese estado de la opinión pública sobre los refugiados que algunos gobiernos tanto temen contrariar?

De acuerdo con el argumento electoral, algunos de los gobiernos europeos, liderados por Alemania, impulsan el acuerdo con Turquía porque temen que la extrema derecha les gane terreno en las urnas si osan poner en marcha un plan que haga efectivo el derecho al asilo de miles de personas. El ascenso electoral de AfD (Alternativa para Alemania) en las pasadas elecciones regionales se ha interpretado como un rechazo de la opinión pública a la llegada de refugiados y ha reafirmado en sus temores al resto de partidos. Sin embargo, esta imagen de una Alemania contraria a las políticas de asilo no casa bien con las preferencias sobre refugiados e inmigración de sus ciudadanos.

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