Poca pedagogía con las mascarillas

La política es pedagogía. Siempre lo es, pero en tiempos excepcionales esta ley fundamental debe ser asumida por los poderes públicos en su máxima expresión. El relato de los gobiernos estatal (sobre todo) y canario en relación al uso de mascarillas por parte de los ciudadanos se aparta de esta máxima, y es una pena porque pone a prueba la credibilidad de los mensajes oficiales en un momento en el que la sociedad necesita algunas certezas en medio de la incertidumbre. Es comprensible que los mensajes en relación a la gravedad de la pandemia de coronavirus hayan evolucionado de la mano de unos acontecimientos terribles, que ningún político ni científico llegó a prever. Lo es menos que tras tres semanas de cuarentena y dos meses con la Covid-19 en las portadas sigamos sin tener claro si el uso de la mascarilla es obligatorio o recomendable cuando salimos a la calle para hacer la compra semanal. Lo que se encuentra uno en la visita al supermercado es reflejo de esta situación: la mitad de los usuarios la lleva, el resto no. Uno se pregunta si está cometiendo una irresponsabilidad por ir con la cara descubierta, porque aquí se junta la información contradictoria con la ausencia de suministros en las farmacias, porque, ya queriendo, no es posible aún comprar una mascarilla profiláctica.

Entiendo que los gobernantes se enfrentaron hacer un par de semanas a un incómodo dilema: ¿cómo animar a la población a portar mascarillas si no las tenemos disponibles para nuestro personal sanitario, que se bate en primera línea contra una terrible enfermedad infecciosa? Es un contexto complicado en el que resulta fácil tirar por la calle del medio para no generar más ansiedad de la que ya soporta la sociedad. Ahora parece que el frente sanitario está mejor provisto, por lo menos en Canarias, y ya nuestros héroes hospitalarios, policiales y sociosanitarios cuentan con los recursos adecuados para la contienda que están lidiando. Para ellos, la preferencia en materia de reparto de mascarillas protectoras, eso que quede claro ahora y siempre. Pero una vez hemos cambiado la recomendación para acercarnos al modelo asiático, la conveniencia de la mascarilla cuando se sale de casa (para no infectarnos, pero sobre todo para no infectar), hay que aprender de los errores pretéritos y lanzar un mensaje claro a la población, para que los ciudadanos no se sientan engañados y concluyan que aquellos que hicieron caso omiso a los mensajes de hace unas semanas y esquilmaron las pocas existencias disponibles fueron más listos. Porque si la desobediencia se convierte en el camino más rentable, como parece concluirse de esta controversia, entonces estaremos generando un nuevo problema. Y ya tememos bastantes como para liarla más. Los poderes públicos deben recordar esto: no contar toda la verdad nunca sale gratis.