El esperanzador futuro de la empresa más antigua de Tenerife: el molino de gofio Chano, del siglo XVI
Decir gofio en La Orotava, en buena parte del Norte de Tenerife, obliga consciente o inconscientemente a remitirse a un nombre: Chano. El molino de Chano. Junto al de La Máquina, el último de los trece célebres molinos movidos por agua desde la Villa Arriba (La Piedad) a las cercanías de la iglesia de La Concepción hasta que en los años 50 del siglo XX tuvieron que pasar a la electricidad normal los pocos que sobrevivieron, esta pequeña industria artesanal ha dispensado y sigue ofreciendo un gofio de alta calidad a generaciones y generaciones de villeros, del Valle de La Orotava, de otros municipios y de clientes de fuera. También a los colegios locales, con el resultado tan elocuente de niños que se quejan enseguida cuando notan que el mágico polvo extraído del millo, trigo y otros cereales (y también los que se mezclan) no era claramente del molino de Chano.
En realidad, esta compañía ha alimentado con algo tan canario a ramas y ramas de familias enteras de las Islas porque se trata, nada menos, que de la empresa más antigua de Tenerife aún en funcionamiento. Y lo que es aún más importante y sorprendente: con un espléndido o, al menos, esperanzador futuro en la persona de Gara González Reyes, nieta de Chano, hija de Enrique González Martín (Quique) y sobrina de María Nievas González Martín, herederos que, junto a sus hermanos, Saba y Juan Andrés, y los trabajadores, han mantenido esta tradición con excelente salud desde el rigor, el arduo trabajo y unos valores inculcados desde sus abuelos, reforzados por sus padres y que han perpetuado en sus hijos y nietos con el objetivo claro de que siga siendo una empresa generacional. Y ahora Gara, de 31 años pero experiencia de mucho tiempo también, como clave del futuro.
Como señala a Canarias Ahora el historiador orotavense Manuel González, catedrático de Historia de América en la Universidad de La Laguna y uno de los máximos estudiosos de los molinos y de otros múltiples aspectos del deambular isleño, el que ahora trabajan los herederos de Chano surge a mediados del siglo XVI (no existen documentos ni referencias sobre el año en concreto) y perteneció a Pedro Benítez de Lugo (hijo de Bartolomé Benítez de Lugo, sobrino del Adelantado), así como a otras relevantes familias posteriores. Se construyó justo por encima de la iglesia y convento de San Francisco, en la popular calle del Castaño (hoy, Domingo González García) y en la zona genérica de La Cruz del Teide, en lo que se podría llamar linde entre la Villa Arriba y la Villa Abajo orotavenses.
La columna urbana del municipio
Junto a los doce restantes molinos, todos movidos durante siglos por un sistema hidráulico con grandes conductos, conformaron lo que Hernández llama la “columna vertebral urbana” de La Orotava (se conservan diez y han propiciado la famosa ruta de los molinos, un gran atractivo turístico). Llegaron a disponer de estructuras de maderas para las canalizaciones en diversos tramos (en Las Cuatro Esquinas, por ejemplo) y arcos espectaculares como los que aún presenta y resalta de forma impresionante precisamente el de esta familia proyectada con fuerza al siglo XXI. Además, justo debajo del protagonista de estas líneas se crearon los famosos lavaderos que, hasta mediados del XX, sirvieron no sólo para que infinidad de familias humildes (y algunas no tanto) adecentaron sus prendas y ropa de casa, sino de centro de convivencia, de gacetilla, de pálpito social.
Unos lavaderos que hizo aún más famosos el exalcalde Isaac Valencia al querer eliminarlos en los años 2000 porque, según sostenía, recordaban precisamente esas largas etapas de “miseria”, saltándose cualquier mínima sensibilidad histórica y patrimonial justamente en la zona por donde quería pasar una vía de ronda que hubiese partido un municipio de gran riqueza arquitectónica y etnográfica, de lo que no para de presumir de siempre -y con razón- el propio ayuntamiento. Por fortuna, la contestación popular abortó ambas pretensiones.
Por supuesto, estos trece molinos pasaron por infinidad de vicisitudes desde que se construye el de la familia de Chano, aunque siempre con una importancia crucial en la alimentación de mucha, muchísima gente. Múltiples detalles que no caben en un reportaje como éste, pero que se pueden consultar en libros como el de Hernández sobre estas construcciones y empresas: La evolución histórica de los molinos de agua de La Orotava. Por ejemplo, las estructuras actuales de este molino datan del XVIII, con una piedra de moler de unos 300 años aún a pleno rendimiento y otra de unos 120, que hacen las delicias de múltiples turistas diarios.
Adquisición en 1955 por Sebastián González Hernández, Chano
Llegado el siglo XX, los padres de Chano (Sebastián González Hernández) arriendan el molino y su hijo comienza a trabajar en él desde muy joven. En 1955, Chano lo compra y tiene que afrontar el difícil paso a la electrificación y modernización, que otros propietarios de estas pequeñas industrias no pudieron asumir. Según explica su hija Nieves, persona apasionada y enamorada del molino (vive justo al lado) pero también muy rigurosa y alejada de cualquier populismo, “como mi padre”, el corte del flujo hidráulico “se produjo de un día para otro y sin avisar”, lo que le da más valor al trabajo de Chano, “que comenzó a ayudar a mis abuelos con 14 años, aunque la verdadera molinera fue siempre mi abuela Juana”.
Nieves, de 71 años pero en una forma más que considerable, resalta que “el molino fue siempre, más bien, un centro social, al que venía la gente a hablar y pasar largos ratos”. A su juicio, el secreto de su éxito es la apuesta por la máxima calidad del producto, algo que intensificó su padre y que tiene en Jose Delgado Hernández, empleado desde los 14 años (comienza en 1972) y que se jubilará en este julio, a sus 65 y tras 51 años escuchando la molienda y despachando el mejor gofio, a uno de sus grandes valedores, “pues sabe de lejos cuál es el trigo y millo de calidad. Siempre hemos trabajado con productos de aquí, de Tierra del Trigo (los Silos), por ejemplo, aunque es verdad que ahora gran parte del gofio viene a Canarias de Andalucía y Francia, lo que dice mucho. Mi padre cuidaba mucho la textura del gofio, su sabor, su color… Eso es clave y lo seguimos mimando al máximo”.
Si de algo presume la familia, según remarca Nieves, es precisamente del prestigio ganado a pulso por el resultado de su trabajo. “No hemos querido expandirnos a las grandes superficies, sino que mimamos al cliente, el cliente de mostrador, aparte de los restaurantes que siempre nos han comprado y los colegios del pueblo. Una de las cosas que más me enorgullecen es que nos digan que los niños echan de menos enseguida nuestro producto cuando no se lo ponen en los comedores”, explica. Además, resalta “la gran clientela que tenemos del Puerto de la Cruz, Los Realejos, del Sur de Tenerife, especialmente del Valle de Güímar, así como de otras Islas y de fuera, con una niña de Madrid, por ejemplo, a la que le encanta el gofio y que siempre quiere el nuestro, sólo el nuestro”.
“No se puede chotear el gofio”
Confiada en que su sobrina Gara perpetúe la tradición familiar, Nieves también espera que los canarios mimen el campo y el producto local. “Si los jóvenes apuestan por eso, si se conciencian y salen chicos con ganas de trabajar la tierra, la agricultura isleña tiene futuro y el gofio también, que es como nuestro cola cao”. Por eso, le entristece ver cómo grandes cadenas de supermercados ya tienen su propio gofio comercializado porque sabe a fondo que eso no se traduce en alta calidad; al contrario. “No se puede chotear el gofio”, se queja.
Asimismo, reivindica su empresa como una “industria tradicional, no una industria más”, por lo que cree que se les hace un flaco favor a distintas escalas para tratar de mantenerse en el futuro por los “altos impuestos” que pagan. En este sentido, subraya también el hecho de que “no tenemos ánimo de lucro y no cobramos a todos los turistas, los constantes turistas que paran, entran y les enseñamos o explicamos cómo se hace el gofio y lo que es, como si esto fuera un museo”. Algunos compran, pero otros no y, claro, esto les supone un trabajo extra.
De las infinitas anécdotas, Nieves siempre recuerda a las clientas que venían con latas de galletas María para llevarse el gofio, las que traían su propio trigo o millo para que se los molieran y volver a sus casas con el resultado o situaciones duras, “como cuando Luisa, de Aguamansa, se enteró aquí de que su hijo había muerto trabajando en Las Cañadas”. También, por supuesto, sus recuerdos están ligados a los lavaderos anexos (reformados y convertidos al final en atractivo lugar turístico, con enormes fotos en blanco y negro de cuando era otra especie de centro social), “donde siempre estaban Virtudes y Gregoria”.
Por supuesto, Nieves y el resto de la familia le están muy agradecidos a Jose, el trabajador a punto de jubilarse, “por su fidelidad y labor”, así como a Jesús, mucho más joven, pero que ya lleva 14 años en la empresa y que conoce también muchos de las claves a fondo. Jose, siempre prudente y humilde, cuenta una anécdota que le marcó en los años 70, cuando aún era un adolescente. “Doña Carmen, de La Cruz Santa (Los Realejos), traía siempre talegas de tela, de sacos de azúcar de Cuba, por ejemplo, como otros clientes, pero muy planchadas y cuidadas. Tanto, que un día se le coló unos calzoncillos de su marido, de esos muy grandes, y, cuando fui a ponerle el gofio con la pala, se fue todo al suelo, evidentemente”.
Tampoco olvida al señor “que pagaba los vinos, la uva y los mostos, y traía siempre el dinero en un saco de tres listas, pero yo no lo sabía y los dejaba ahí (junto a las moliendas), hasta que un día, y porque ya no iba a comprar más cosechas, me mostró 200 y pico mil pesetas de aquel entonces, que era muchísimo dinero. Y lo dejaba ahí, se iba a la ferretería (la célebre de la calle Salazar, desde hace tiempo de Todokasa) y tan pancho, sin que yo supiera lo que realmente había y con el riesgo que eso suponía”. Asimismo, relata los momentos en que, antiguamente, se atascaba la bajada de la tostadora y se pegaba fuego, “llenándose el molino de polvo”. Más allá de anécdotas, y como Nieves, Jose también está convencido del gran futuro que se le abre a la empresa más antigua de Tenerife aún en funcionamiento (y una de las de Canarias) “porque se ha puesto de moda de nuevo comer gofio y cada vez compran más los turistas, con los que siempre me fue difícil entenderme y lo he hecho, más bien, por señas”, se ríe.
Sin duda, si los Benítez de Lugo hicieron un proyecto empresarial a largo plazo en La Orotava, con esos estudios de mercado de ahora que tanto les gusta a algunos emprendedores pero en el siglo XVI, con este molino la clavaron y tienen en los herederos de Chano, en los González Martín y sus descendientes, al menos en Gara, al mejor ejemplo de visión empresarial con algo tan arraigado, tan de la tierra, tan canario como los aborígenes: el rico gofio sin el que muchos de los platos isleños, muchas escudillas en infinidad de casas, perderían demasiada razón de ser.