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El asombro y sus cenizas: España y la memoria colonial

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Hace poco, cuando estaba en Cuba, visité El Morro, construido entre 1589 y 1630 para defender el territorio español. Al ver La Habana desde allí, la maestría y la magnitud de la obra resultan innegables. Un castillo tan potente asombra a quien lo visita. No obstante, no todo asombro es inocente. Cuando miraba el mar, veía las sombras tras ese asombro. Veía la mano de obra; veía a las personas esclavizadas. Al encontrarme en un conflicto de sentimientos, me di cuenta de que todas mis emociones y perspectivas en ese momento eran válidas. Aunque parezca un oxímoron, el resultado de la violencia inimaginable puede ser una maravilla. Las verdades incómodas y contradictorias me enseñaron que, a menudo, la sabiduría se encuentra en los matices.

Ahora bien, esa lección, aprendida frente a un artefacto colonial, cobra relevancia directa en el debate sobre España y la disculpa por su legado colonial. La semana pasada, durante un concierto en Madrid, el cantante puertorriqueño Arcángel se sumó al debate. Él insistió en que España no debiera pedir disculpas a Latinoamérica. Su argumento se centró en un asombro sin sombras: la educación, la cultura y la infraestructura que los conquistadores impusieron en aquel entonces. Que se llame Arcángel no lo convierte en el portavoz divino de los pueblos colonizados. Asimismo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, hizo eco al afirmar que «México no existió hasta que llegaron los españoles».

La base de estos argumentos incendiarios es la filosofía según la cual «el fin justifica los medios» y que este fin siempre es beneficioso. Bajo esa perspectiva, la salvación espiritual justifica la tortura humana; un bebé hermoso justifica una violación; una cultura rica justifica la esclavitud; la alfabetización justifica el borrado de lenguas indígenas y un ferrocarril justifica la explotación de campesinos. Por tanto, cuando solo los resultados importan, se nota un optimismo tan infatigable como perverso. De ahí que propaguen ideas absurdas en el discurso público. Como se ha visto recientemente en la retórica política de los Estados Unidos. Me refiero a resaltar los supuestos aspectos positivos de la esclavitud en museos y manuales de texto. Al seguir este hilo del revisionismo trumpista, es posible que un día se hable de los supuestos aspectos positivos de la deportación masiva y de la separación de familias. Puesto que el presente escribe tanto la historia como el futuro, es probable que los inmigrantes que los estados aterrorizan hoy demanden disculpas mañana.

Una pregunta clave en este debate es: ¿qué valor a largo plazo tiene una disculpa sin justicia? Huelga decir que España no es la primera en enfrentarse a esta pregunta. En 2008 y 2009, el Congreso de los Estados Unidos pidió disculpas por la esclavitud con letra pequeña, excluyendo las demandas y las reparaciones. Por ello, las consecuencias de la esclavitud, de la política Jim Crow y de la Guerra contra las Drogas siguen vigentes.

Como colofón, aunque insistir en que toda nube gris tiene un borde plateado puede ser un consejo personal, eso no lo convierte en un principio jurídico. El borde plateado del jazz no justifica el crisol de opresión que lo forjó. Más bien, el jazz es una muestra del ingenio y la resistencia de las personas afrodescendientes. Del mismo modo, un bebé hermoso no absuelve a quien cometió la violación ni le quita a la madre el derecho a reclamar justicia. Es más, si el violador se disculpa, el sistema de justicia sigue teniendo la obligación de indagar y llevar a cabo un proceso jurídico. Las violaciones, el despojo y el racismo son asuntos jurídicos y las normas éticas establecidas deberían prevalecer. Al final, puede haber belleza nacida de las cenizas, pero quien provocó el incendio siempre debe responder por lo que destruyó. Aunque este debate lo protagonizan Latinoamérica y España, cabe preguntarse: ¿podemos conversar también sobre lo que España debe a Guinea Ecuatorial y a Filipinas?

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