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Dacio

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Dacio era un cantor popular, en el sentido estricto de la expresión. Un hombre al que se podía escuchar, en vivo y en directo, en cualquier guachinche y oportunidad. NI iba de estrella ni regateaba su arte. Era generoso y sentimental. Parrandero de los de antes mientras pudo. Cantaba con los amigos y para los amigos frente a una cuarta de vino y tomando puñaditos de las cabrillas de gofio y azúcar atesoradas en las clásicas y viejas latas de galletas inglesas, golpitos dulzones que se quedaban en el buche y había que empujar a los adentros con un trago decidido de tinto. A Dacio, y a su tantas veces inseparable amigo José Manuel Aldana, el insuperable maestro del timple, lo recuerdo en muchos escenarios sin micrófonos ni bambalinas y sí con mostradores húmedos y mesas fraternales. Como por las ventas del camino de La Caridad, cercano a Los Rodeos, envuelto en el frío norteño, y saboreando las garbanzas prodigiosas de doña María. No había conciertos como aquellos improvisados por Aldana y Ferrera, eclécticos e imprevisibles, sinceros y distendidos, sin más público que los parroquianos de turno, admirados del regalo impagable de aquellas interpretaciones. El solista por excelencia de Los Sabandeños, colaborador entusiasta en tantos otros grupos, figura probablemente máxima de nuestro folclore, dotado de unas calidades vocales y de una extraordinaria capacidad magnética de comunicación con el público, tiene ya, desde hace años, un monumento en Santa Cruz –en lo que ya empieza a no poder ser considerado periferia- que le hace tan poca justicia fisonómica al personaje homenajeado como ocurre con casi todos los monumentos de la capital tinerfeña. Pero, ahí está. Su voz seguirá sonando en la memoria de todos los canarios durante mucho tiempo. Y a la mía, particularmente, vuelven otra vez los versos de una copla –creo que la letra era suya- que cantó hace mucho, en una tabernilla situada casi al borde de La Charca de los Ascanio, a la entrada de La Orotava, cuando en el obispado de La Laguna se encontraba Franco Gascón y en el de Canaria José Antonio Pildain. Los obispos de Canarias/ -cantó con la sonrisa pícara que le colgaba perennemente del recortado bigote- están tentando al demonio:/ en Tenerife está Franco/ y, en Las Palmas, José Antonio. Que lo cantes en paz donde quiera que hayas ido, amigo.

José H. Chela

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