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Esperpento político. Una ofensa indigna

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Se están cargando el presente, el futuro y la historia de este gran país lleno de españoles –mucho españoles–, en manos desaprensivas de quienes no saben, no pueden o no quieren –o todo junto–, que destrozan la moral, el prestigio y la dignidad de un pueblo al que se deben, se deberían, por encima de sus propios intereses personales o políticos.

De verdad de verdad… ¿cree este presidente en funciones, desde su fatuo triunfalismo, que el incremento de votos en la segunda ronda fue porque la ciudadanía aprecia a su partido, y que a él lo admira como ejemplo de líder carismático y brillante personaje a enmarcar en la Historia? ¿Acaso piensa, de verdad de verdad, que en unas terceras elecciones aumentará el porcentaje de votantes adeptos, y que en una más que posible cuarta intentona ya disfrutaría de la mayoría absoluta sin necesidad de pactos, lo que le permitiría empuñar de nuevo los mandos de la apisonadora mal aparcada tras su lamentable legislatura?

Todos los síntomas indican que este señor nos ha tomado por imbéciles. ¿No se percata de que el aumento de escaños no lo fue por devoción, sino por la urgencia de un tratamiento extremo ante una gravísima patología? Cierto que un porcentaje de adeptos incondicionales le votarán haga lo que haga y pase lo que pase. Una minoría que siempre pasará por alto los salvajes recortes sociales; la inhumana reforma laboral; la ley mordaza; la LOMCE; tantas promesas electoralistas incumplidas: el desastre de la gestión macroeconómica –endeudados hasta más allá de lo alcanzable–; asaltada la caja de las pensiones para salvar bancos desvalijados por presidentes y directivos mezquinos, auténticos forajidos indemnes ante la Justicia; su inadmisible debilidad ante las provocaciones secesionistas, impropia de un jefe de estado ante agravios reiterados de quienes se permiten vulnerar nuestra Carta Magna; el despilfarro sistemático de un gasto público aplicado con nepotismo y abuso de poder a cargos públicos afectos. Pero la ignominia más vergonzosa es el tratamiento de protección, disimulo y elusión de responsabilidades que se aplica a la corrupción masiva instalada en su partido. Una actitud que no tiene justificación, a no ser el temor a las mantas de las que pudiera tirarse.

El señor Rajoy, máximo responsable durante algo más de una legislatura de todos los desaguisados descritos, y otros sin enumerar, lo es también de la vergonzosa situación actual; pues si hubiera dimitido en su momento, con un mínimo de dignidad, hubiese dado opción a apoyos y/o abstenciones de investidura, para concretar la manida regeneración política, hoy imposible por la cerrazón de una poltrona bien aferrada… Con la percepción de que dentro de su propio partido muchas voces tienen clara esa solución, pero si alguien rechista o la sugiere por lo bajini, se queda fuera de la foto.

Tan aberrante situación, para más inri, repercute en los impresentables adversarios políticos que no se cortan un pelo en ignorar los derechos y dignidad del pueblo soberano a cambio de chalanear con los intereses de partido o su mezquina vocación de poder. Hace falta demasiada caradura, señor Sánchez, para intentar ser presidente con ochenta y tantos escaños, porque un partido histórico lo puso para salvar las deterioradas siglas de su PSOE, y desde que está usted ahí, con su fatuidad y torpeza, lo está llevando cuesta abajo y sin frenos hacia un precipicio sin barandilla.

Y ahí está el otro, el homónimo de su honorable fundador, esperando agazapado para fagocitar lo que usted deje de ideología maltratada, con el fin de intentar aglutinar la utopía de una unidad de izquierda para asaltar el poder en nombre de un falso movimiento progresista mal vendido, asomando el colmillo cánido bajo el pelaje ovino para intentar retrocedernos a la ya superada historia de las catacumbas del comunismo. O sea: de progreso, nada…

El culpable original de toda esta hecatombe, parece incuestionable, es el señor Rajoy y su partido por haber gestionado la mayoría absoluta con despotismo y prepotencia, con desprecio absoluto hacia los derechos de un pueblo demasiado maltratado; y ahora se ve suplicando árnica para intentar recuperar el poder de los puntos perdidos del carné de conducir apisonadoras.

Para colmo, pescadores en río turbio que se bandean de una orilla a otra, cambiando de chaqueta para disimular. Solo se trata de “pillar cacho”. Y los contumaces sediciosos, forrándose de falacias históricas y argumentos trileros.

Me niego a votar en las terceras. Lo considero un escarnio, un fracaso anunciado y una ofensa grave para la dignidad de un pueblo.

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