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Invitación aceptada

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Lo más sorprendente no es esta bobería sublime, como si los pasaportes falsos no existieran, sino lo que viene a continuación. “Para que usted sepa lo bien que vivimos los marroquíes, le invito a venir”. Esta hermosa propuesta no vale porque, siendo anónima, me impide dirigirme a tan hospitalario personaje y pedirle la pasta para viajar, alojarme en su casa y darme un paseo por Rabat, otros lugares y la ocupada República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Eso sí, coloco algunas condiciones insignificantes. Nadie me preguntará en el aeropuerto sobre mis intenciones para realizar este viaje porque las autoridades las conocerán de antemano. Viajaré por el país y por los territorios ocupados del Sáhara Occidental, hablaré con los líderes de los partidos políticos legales y proscritos (incluidos los islamistas y republicanos), las organizaciones de trabajadores, los defensores marroquíes y saharauis de los derechos humanos. También con los habitantes del Marruecos tan profundo como aislado, los presos en las cárceles, los miembros de las redacciones de los periódicos, los visitantes de alguna playa exótica para turistas, los dirigentes de las empresas españolas (y alguna francesa) instaladas, los trabajadores marroquíes de esas empresas (los técnicos europeos también), obtendré acceso a los dirigentes sindicales, realizaré entrevistas con los representantes del Majzen y, como despedida, me inclinaré agradecido ante algún miembro ilustre del país, con foto incluida para Le Matin . Necesitaré un traductor, y no precisamente por el idioma gabacho, que me acompañará en el viaje. Llevar un colega con una cámara de televisión me parece un exceso de transparencia, así que renuncio a ello, aunque espero hacer las fotos que estime conveniente para la mejor comprensión de los reportajes. La invitación debe cursarse para no menos de 20 días, salvo que razones de trabajo amplíen ese plazo. Por ejemplo, si necesitara más tiempo para investigar el supuesto pelotazo urbanístico del ilustre Mohamed Benaisa, ministro de Exteriores, en su ciudad natal de Asilah. Estoy dispuesto a negociar todo menos mis movimientos, sin miembros del ministerio del Interior a mi lado, a lo largo y ancho de Marruecos y colonia saharaui. Basta un buen mapa y un medio de transporte que buscaré por mi cuenta. Si a cualquiera de mis acogedores marroquíes le parece que me estoy pasando en mis condiciones, porque la aventura saldría muy cara, estoy listo para solicitar a mi director la mitad de los gastos de mi estancia en Marruecos a cambio de reportajes sabrosos que contribuyan a romper la incomunicación tradicional entre las llamadas sociedades civiles canaria y marroquí, casi siempre de espaldas. Carecen ya de disculpas disfrazadas de argumentos porque, en lo que a mí se refiere, acepto la invitación. Esta vez llevaré un pasaporte legal. ¿De acuerdo? A la espera quedo de sus respuestas. Atentamente.

Rafael Morales

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