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Mia Sarah

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Fernán Gómez era muchas cosas, pero quien dio una más que acertada descripción de él, fue Marisa Paredes, presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, durante la entrega de la Medalla de Oro de dicha institución al veterano actor. Paredes dijo que Fernán Gómez se había ganado aquella medalla: Por anarquista, por poeta, por cómico, por articulista, por académico, por novelista, por dramaturgo, por único y por consecuente.

Y creo que, sobre todo el último término, consecuente, define muy bien la trayectoria vital de uno de los grandes "cómicos" con mayúsculas de la escena española. Su trabajo, sus escritos, sus impresiones y, por qué no, su mal genio ante la mediocridad y la vulgaridad, forman parte del legado cultural de un país que peca de tener el apartado cultural como una "asignatura pendiente" dentro de nuestra sociedad.

Aunque, lo mejor de todo es que, la última película que rodó el gran actor, pasó desapercibida para el gran público y para quienes presumen de saber de cine y trabajar en pos de él, muchos de los cuales no estuvieron por la labor de perder su tiempo en una maravillosa historia de amor como Mia Sarah.

Imagino que tanto la crítica como el público no supieron ver más allá de un reparto compuesto por estrellas de la televisión, en medio de las cuales figuraba el nombre de Fernando Fernán Gómez.

Dicen que rectificar es de sabios, pero, el mismo día de la muerte del actor, la página web de Filmax ?empresa responsable de la distribución y co-producción de la película- se vio obligada a volver a colgar las imágenes y los textos relacionados con la película, dada la avalancha de solicitudes de quienes, es más que posible, no le hicieran el más mínimo caso a Mia Sarah cuando ésta se estrenó. Yo debó admitir que no pude verla en el estreno, al no residir de manera fija en España, algo que no me impidió comprarla nada más salir ésta al mercado. De alguna u otra manera, la propia idea de la película me sedujo y, al verla, mis sensaciones se multiplicaron por mil.

Quizás, lo mejor de la película, además del acertado reparto sea el halo de intemporalidad que tiñe toda la narración. Hay momentos en los que da la sensación de que estamos en la casa en la que James Matthew Barrie escribió su inmortal Peter Pan. Sólo nos queda por ver saltando a unos mozalbetes por entre las estanterías llenas de libros para pensar que estamos en la antesala del País de nunca jamás. Es más, Samuel, uno de los protagonistas y verdadero cruce de caminos entres las distintas historias que se desarrollan a lo largo de la narración, es un "niño" perdido, en medio de un mundo que no le gusta en absoluto. Y Gabriel, el psicólogo que piensa que a los enfermos también se los puede curar sin necesidad de atiborrar a pastillas, representa al perfecto Peter Pan, nada deseoso de crecer en un mundo que no entiende sus ideas.

En medio de los dos se encuentra Marina, una suerte de Wendy, empeñada en hacer lo que sea necesario para ayudar a su hermano Samuel, mientras trata de sobrevivir a los continuos "ataques" de dueño del lugar donde trabaja, un respetable señor casado. Marina es, también, una princesa que un día despertó y descubrió que todo su mundo se había hecho pedazos al morir sus padres. Desde entonces vive una existencia triste y solitaria a la espera de que algún día llegue su príncipe encantado a salvarla.

No obstante, hay un cuarto personaje que determinará el desenlace final de todo. Más bien es el motor por el que se organiza la mente de Samuel, lo que a la postre influye en todos los que le rodean. Este personaje es Paul, el gran escritor que un día dejó de escribir para llevar una vida solitaria al perder el uso de sus piernas. En aquel momento, Paul no sólo perdió la capacidad de andar sino su pasión por amar a la única mujer de su vida, Sarah. Como todo romántico convencido, Paul prefirió apartarla de su vida antes que arrastrarla con su desesperación. Y cuando Sarah, la reina de las hadas y las musas de Paul, se marchó, todo su mundo se vino abajo.

Será Samuel el responsable de que Paul retome la pluma y el verbo y escriba su última gran obra: el tratado definitivo para cortejar y enamorar a una mujer. ¿Y quién mejor que Gabriel, cuya vida amorosa se ha limitado a una sola novia, que lo abandonó por un colega de profesión con mejor posición, para probar el infalible sistema de Paul y Samuel? Con lo que no contaba el dúo es que Gabriel centra todos los conocimientos adquiridos en Marina, la cual le corresponde de una manera tan patosa y encantadora como lo hace él.

Todo parece sacado de una de las maravillosas comedias románticas escritas por William Shakespeare, más si tenemos en cuenta que la narración se desarrolla en un doble nivel, según las palabras de Paul y la vivencias de Marina y Gabriel.

Claro está que el mezquino y celoso príncipe, dueño de la heladería Princesa, no dejará marchar a la dulce Marina sin luchar. Craso error por su parte, aunque será Marina quien sufra las consecuencias de su enfado, al perder el trabajo. Y mientras tanto, Samuel, que ya ha olvidado su enfermedad y su miedo a salir al mundo, emprenderá un viaje que lo llevará hasta el lugar donde la reina de las hadas, su abuela Sarah (la reputada actriz británica Phyllida Law) ha vivido todo este tiempo, mezclada con los humanos, hasta el día de hoy?

Mia Sarah es, ante todo, un cuento de hadas trasplantado hasta nuestro mundo real, con la magia y el encanto de los relatos clásicos. Cada detalle de la película, magníficamente planificada por su director, Gustavo Ron, responde a los esquemas de los cuentos clásicos, en especial aquellos que prosperaron durante la Inglaterra victoriana. La atmósfera que empapa toda la película y la música son dos de los elementos que nos transportan hasta un lugar en el que parece que se ha parado el tiempo.

Y en medio de todo aquello resuenan las voces de los protagonistas, en especial de la Paul, interpretado de manera magistral, pero sin necesidad de alardes por Fernando Fernán Gómez. Suya será la voz que enseñará a Samuel el infalible método para lograr que Gabriel se enamore de una mujer, aunque al final la escogida sea Marina. Suyas serán las enseñanzas que determinará la decisión de Samuel de marcharse en busca de la reina de las hadas. Y suyo será el legado que permitirá a los protagonistas empezar de nuevo, siendo quienes quieren ser. Al final, los dos "patitos feos" descubrirán que sus propias palabras son más que suficientes para lograr que el cuento tenga un final feliz.

Ignoro si el final escogido por Gustavo Ron, también guionista de la historia junto con Edmon Roch, fue lo que no gustó a los sesudos críticos hispanos. O que el reparto estuviera encabezado por actores como Daniel Guzmán ( Policías, Aquí no hay quien viva), Verónica Sánchez ( Los Serrano), Diana Palazón ( Al salir de clase, Hospital Central), y Manuel Lozano ( Nada es para siempre), "mequetrefes televisivos" que no tienen la necesaria carrera a sus espaldas como para ver una película protagonizada por ellos. Sea como fuere tengo claro dos cosas; quienes no fueron a verla se perdieron una de las historias más deliciosas de cuantas se han rodado en los últimos años, y que si la historia se hubiera rodado en cualquier país del mundo, Inglaterra por ejemplo, la respuesta no hubiese sido la misma, ni por parte del público ni por parte de la crítica.

Por lo menos queda el consuelo de verla en casa, aunque con ello se pierda un poco la magia del cine. Sin embargo, merece la pena ver este último trabajo de un gran actor como lo fue Fernando Fernán Gómez y disfrutar con su sola presencia en la pantalla. Sirvan estas palabras como un homenaje a su figura.

Eduardo Serradilla Sanchis

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