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Sitges 2007

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Cierto es -como me han contado personas que llevan ya muchas décadas acudiendo al evento- que Sitges resultaba el enclave ideal para celebrar el encuentro, al ser un lugar donde la España de la dictadura se aproximaba a la Europa libre y democrática que muchos envidiaban dentro de nuestras fronteras. El caso es que, además del interés depositado por aquellos pioneros, el género ayudó a confirmar la validez del encuentro, desarrollando propuestas cada vez más atractivas e interesantes, muchas de las cuales llenaron los cines de las siguientes décadas.

Tampoco me quiero olvidar del trabajo de personajes como Paul Naschy y Jesús Franco, auténticos abanderados del género fantástico español, y con quien los aficionados tienen una tremenda deuda por ser de los pocos que apostaron por el fantástico en un ambiente tan hostil y poco dado a propuestas de este estilo. Mal que les pese a muchos, su trabajo se convirtió en un punto de referencia y en toda una inspiración para varias generaciones de profesionales, muchos de los cuales son ahora los protagonistas de los grandes estrenos del festival de Sitges.

Sea como fuere, el Festival de Cine Fantástico de Sitges bautizado, con el paso de los años -y por cuestiones de maquillaje político- como Festival Internacional de Cine de Cataluña, ha logrado convertirse en el principal referente del género fantástico cuando se habla de festivales en el viejo continente. A su sombra, y tras desaparecidos encuentros como el de Avoriaz, han germinados otros festivales como los que se celebran en Bruselas, en la ciudad portuguesa de Oporto, o en la localidad finlandesa de Espoo.

No pretendo restar importancia al trabajo de quienes han logrado que dichos encuentros formen parte del Circuito de Festivales del Género Fantástico ?los cuales otorgan el premio Mélies, galardón con el que se premia a la mejor producción fantástica europea- pero está claro que la labor del Festival de Sitges se sigue tomando como punto de referencia. Por eso, celebrar cuatro décadas de fantástico en un ambiente tan entrañable como lo es la localidad costera de Sitges, siempre es un placer y honor, después de dos décadas acudiendo al encuentro.

Y debo decir que, además de la propia celebración de los cuarenta años, hubo otros momentos destacados. Uno de ellos fue el estar presente en las bodas de plata de un icono del género como lo es la película Blade Runner, del realizador Ridley Scott. Además, se contó con la presencia de profesionales de la talla del director de efectos especiales Douglas Trumbull o los directores Alex Proyas, Park Chan-Wook o el patriarca de los zombis, George Romero.

Lo más significativo, sin embargo, resultó ser que la pasada edición del festival, Sitges 2.007, fue el comienzo de la mayoría de edad del fantástico español. Lo fue por una película como El orfanato, tan correcta, formalmente, como bien dirigida y narrada por su director Juan Antonio Bayona. Lo fue por unas propuestas como Los cronocrímenes y La habitación de Fermat, tan arriesgadas como agobiantes para el espectador. Lo fue por tratar de ensamblar conceptos como el fin del mundo, lo arcano y misterioso, y el esquivo destino, todo en el personaje que protagoniza El último justo.

Y lo fue por llevarnos a los zombis sin alma ni mesura hasta las mismas puertas de nuestra propia vida, transformando un reality show en una noche de pesadilla, sangre y vísceras, todo gracias a la película REC, de Jaume Balaguero y Paco Plaza. Incluso los más pequeños, aquellos que dependen de sus progenitores para que los lleven al cine ?muchos de los cuales no suelen hacer caso de los gustos de sus hijos- pudieron disfrutar con Los Totemwackers, protagonizada por unos infantes que muy bien pudieran abrir una sucursal de los reputados cazafantasmas cinematográficos.

Con todo y atendiendo a las deficiencias que cualquier obra artística pudiera tener -para eso hay verdaderos especialistas que prefieren pasar el tiempo de proyección buscándole fallos antes que disfrutar con la historia- las propuestas de género que se estrenaron en Sitges nos pueden hacer soñar con un futuro más que prometedor.

Algunos se quejaron que en la presente edición faltaron estrellas de relumbrón y propuestas más arriesgadas o llamativas.

Cada cual tiene sus gustos y escalas de valor, pero poder disfrutar con la nueva versión de un clásico como Blade Runner; disfrutar con la compañía ?y nueva propuesta- de un artesano del terror como George Romero; o ver cómo las insufribles verborreas de una presentadora histriónica se transforman en una noche de muertos vivientes en pleno centro de la ciudad de Barcelona, bien merecieron los diez días que duró el encuentro.

Junto a ellas, Sitges presentó películas tan interesantes como Stardust; The fall; Rogue; Chrysalis; Bug; 1408; Redacted; Cassandra´s dream; The Nines; Mr. Brooks, o las cada día más aclamadas producciones llegadas desde el lejano oriente, tales como I´m a cyborg but that´s ok; Tazza, The high roller; Mushisi; o Sukiyaki western Django, esta última del siempre transgresor Takashi Miike, por citar algunas.

Todo contribuyó a que los aficionados -y los profesionales- pasáramos gran parte de nuestro tiempo de una sala de proyecciones a otra, queriendo robarle al reloj un poco de tiempo para lograr ver la mayor cantidad de películas en los días que duraba el encuentro.

Aún así, este Sitges ha tenido un ritmo más lento y mesurado, algo que se agradeció, sobre todo a nivel profesional. Puede que la vieja guardia esté aceptando que el fantástico ha llegado para quedarse y que todos podemos convivir sin los menosprecios del pasado. O puede que el lento caminar del destino les haya ganado la partida a quienes pensaron que Sitges sería una flor de un día frente a encuentros más reputados y tradicionales como el que se celebra en la localidad de San Sebastián.

Sólo espero que, al igual que con los 25, los 30 y los 40, pueda estar para celebrar los cincuenta años de un encuentro que, salvo por algunos detalles y por las mentes estrechas de unos cuantos, dejó de ser un festival de clase B tiempo atrás. Y si no me creen, viajen el próximo octubre hasta Sitges y véanlo ustedes mismos.

Eduardo Serradilla Sanchis

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