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Las corbatas

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Lo que para dos dirigentes femeninas –me explicaba ante la imagen uno de esos especialistas- sería un motivo de disgusto y de inmediata animadversión que podría dar al traste con una cita de esta naturaleza, para dos hombres puede o no tener importancia o alimentar incluso una especie de simpatía o de confraternidad. Los hombres consideran estas casualidades un signo de semejanza en los gustos y tendencias, mientras que las damas tienden a contemplarlo como un asunto de rivalidad, de competencia frente el espejo, el escaparate o el marquismo. No lo sé. Ni es importante, claro. Lo importante es que de la reunión monclovita entre el presidente del Gobierno y el jefe de la crispada oposición haya salido algo positivo en lo que se refiere a acabar con el problema terrorista. Y eso tampoco lo sabe nadie ni ha quedado claro, a pesar de las corbatas. Una cosa son las palabras y, otra, las intenciones y los recelos mutuos, que persisten, a pesar de los lenguajes de seda. O de sedosos sucedáneos: - No es hora –vino a decir displicente don Mariano- de hablar sobre la credibilidad del presidente. Y a uno tampoco le gusta la manera de mear –o de alegar- de la perrita, en esta oportunidad. ¿Qué credibilidad merece la aparente intención del máximo representante del PP de apoyar la política antiterrorista del Ejecutivo a partir de este momento?... Muy poca, en contra de las esperanzas que, seguramente, suscitarán y alimentarán las portadas periodísticas de hoy. No es arriesgado pronosticar que cualquier primer paso que dé Rodríguez Zapatero en esa política contra el terrorismo, será calificado por Rajoy y sus mariachis de traspiés o marcha atrás. Suficiente para reconsiderar la colaboración. Se admiten apuestas. La corbata es una formalidad social. Vale como eso, como símbolo de proximidad en las formas. Para los optimistas. A uno le gustaría serlo y hasta sorprenderse un día de estos con una coincidencia semejante en los cuellos y las pecheras de Paulino Rivero y López Aguilar. Hablo de brevas que, me temo, no van a caer.

José H. Chela

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