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Las alternativas populares en la encrucijada

Estamos ante la "novedad" de un momento excepcional, de posible transición de lo viejo a lo nuevo. Un momento en el que dar respuesta a la clásica pregunta de "¿qué hacer?" es necesario pero, al tiempo, difícil y arriesgado

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Hasta hace algunos años -quizá hasta poco antes de la emergencia del 15M en la primavera del 2011- debatíamos por extenso acerca de lo que en términos ya clásicos se denominó «la crisis de la izquierda». Una somera lectura de algunos de los ensayos que se publicaron desde la década de los 80 hasta el 2010 nos podría dar una idea más o menos aproximada de la amplitud y alcance de aquel debate. Pero también muestra la sana preocupación que por entonces existía entre amplios sectores de la izquierda, de un lado, por el presente y el futuro del socialismo ante el incuestionable triunfo del neoliberalismo y sus trágicas consecuencias sociales; de otro, por los efectos del derrumbe del denominado «socialismo real»  y la tan cacareada como falsa ausencia de alternativas al neoliberalismo; y, finalmente, por el declive de la socialdemocracia o, más exactamente, del «socialismo electoral» (A. Przeworski) y su redefinición del programa socialdemócrata para adaptarlo a la nueva situación, algo que en términos tristemente famosos se convirtió en una fracasada «tercera vía».

En todo caso, bajo aquel debate sobre la crisis de la izquierda –con diferentes matices en torno a su muerte, su desorientación o su refundación- se agrupaban cuando menos tres grandes problemáticas: 1.- la crisis de la misma idea o concepto de «izquierda» (¿qué se entiende por izquierda?, ¿cuál es el futuro de la izquierda?) o, más aún, ¿tiene sentido hoy la distinción izquierda-derecha?,; 2.- la crisis del marxismo, del comunismo y/o del «socialismo realmente existente» (¿qué queda –tras la caída de la URSS- del proyecto comunista?, ¿qué significa hoy ser comunista?,¿tiene el comunismo algún futuro?); y 3.- la crisis de la socialdemocracia en sus diversas variantes (¿estamos ante el fin de la socialdemocracia?, ¿cómo puede redefinirse –si es eso posible- el programa socialdemócrata?, ¿sigue siendo el «socialismo electoral» una opción realmente socialdemócrata?).

Pero si bien en aquel momento (entre los 80 y el 2010) se debatía en torno a la crisis de la izquierda, lo cierto es que hoy por hoy -o, por poner movimientos y fechas de referencia, tras el movimiento antiglobalización, la primavera árabe de 2010 y el 15M- debatimos acerca de la emergencia de un nuevo discurso y diferentes opciones políticas que pretenden constituirse en germen de una alternativa a la hegemonía neoliberal. Es esta una nueva realidad que nos coloca, como en diferentes momentos se ha dicho, ante un «cambio de época y de espacios socio-políticos». Una realidad que hace ineludible repensar –una vez más- el presente y futuro de las alternativas populares a los poderes y discursos establecidos.  Y ello ha de hacerse en «tiempos difíciles» pues en el caso de España -aunque también en muchos otros Estados del Occidente europeo (Grecia, Portugal,…)- padecemos las durísimas consecuencias de una crisis que, sin duda, ha puesto en cuestión los fundamentos del contrato social actualmente vigente.

Esa crisis se ha manifestado –por remitirnos a algunas de sus dimensiones más relevantes-en lo social, en lo económico y en lo político. En sentido social, basta con recordar los insoportables niveles de desempleo (más del 25% y hasta superiores al 30% en determinadas comunidades, acompañado de elevadísimos índices de desempleo juvenil,  del aumento constante de familias bajo el umbral nivel de pobreza,  de los enormes y creciente niveles de desigualdad y exclusión social o, en fin, en la existencia de amplios sectores de la población que carecen de los recursos y derechos básicos (agua, luz, alimentación, vivienda,…), etc. A nivel económico poco se precisa decir a tenor de las consecuencias de la crisis económica ocurrida a partir del 2008 (concentración del poder económico en unos pocos oligopolios financieros, empresariales, mediáticos, alimentarios,…, destrucción de la pequeña y mediana empresa, terciarización de nuestra economía, creciente dependencia alimentaria, energética,…). Y a nivel político e institucional basta con señalar los escándalos de corrupción o el deterioro y descrédito de buena parte las instituciones fundamentales del Estado. A todo ello se suma, sin duda, la deslegitimación de las élites políticas y económicas, las injusticias de un sistema electoral tendencialmente bipartidista y escasamente representativo, la creciente relevancia de la cuestión territorial o del modelo de Estado, los serios problemas del poder judicial, el progresivo deterioro medioambiental,… De hecho, si bien con carácter aún coyuntural, podría decirse que incluso está en cuestión el bipartidismo estatal y el tripartidismo regional, aunque el «régimen» ya trabaja seriamente en su reconstitución mediante nuevas contrarreformas legislativas.

Todos estos fenómenos y manifestaciones de la crisis en España parecen ser hoy el fundamento de cierto rechazo a la sociedad y régimen político establecidos, de indignación y hasta cabreo social generalizado. De hecho, como consecuencia de este estado de opinión, han surgido nuevas expresiones y experiencias municipales, autonómicas, estatales y europeas que pretenden dar voz a aquella ciudadanía y opinión pública insatisfecha. Es más, si bien todavía es pronto para afirmarlo con rotundidad, parece que las pasadas elecciones europeas (2014), las autonómicas/municipales (2015) y las recientes elecciones catalanas han sentado las bases para un serio vuelco en el mapa electoral. Han representado un auténtico terremoto político electoral, como lo muestra tanto la crisis del bipartidismo -que mientras antes ocupaba entre el 80 y el 85% del espectro electoral ahora se ha quedado en el entorno del 50%-  cuanto la  irrupción de otras fuerzas y expresiones políticas alternativas. Un vuelco que, cuando menos, ha causado enorme inquietud y desasosiego entre las élites políticas, ha puesto nuevamente en discusión las bases políticas e institucionales del régimen y ha extendido la conciencia de que «sí se puede» o, en suma, de que «ahora es el momento» de tomar la iniciativa y cambiar la correlación de fuerzas a fin de dar alguna satisfacción a las esperanzas y demandas de cambio.

Ciertamente es bastante probable que estas expectativas no logren plena satisfacción. Los recursos del poder y las dificultades para coordinar esas  alternativas así parecen indicarlo. Como también lo sugieren algunos de los problemas que experimentan las fuerzas políticas alternativas o la emergencia de alguna que otra nueva expresión de la derecha civilizada. Pero cuando menos se ha visibilizado un nuevo electorado y ciudadanía crítica -proveniente de muy diversos espectros sociales- que aspira a irrumpir en la vida social y política española y a disputar la hegemonía al bipartidismo estatal y al tripartidismo autonómico. En las elecciones europeas de 2014 esa ciudadanía y electorado alcanzó en algunos casos hasta el 30%, pero los estudios de opinión actuales y los resultados de las elecciones posteriores sugieren que puede ser mayor. Se ha expresado a través de opciones electorales diferentes y tiene una composición compleja, con distintas sensibilidades  (estatal-federalistas, socialdemócratas, republicanas, soberanistas, ecosocialistas,…), diferente formas organizativas (nuevos y viejos partidos, coaliciones instrumentales, agrupaciones de electores) y, en no pocos casos, ciertas debilidades organizativas. No obstante, esa ciudadanía, ese electorado y las fuerzas políticas que lo han promovido abren la posibilidad de debilitar seriamente al conservadurismo liberal imperante, así como de revitalizar alternativas populares.

No obstante, hacer real esta última posibilidad exige partir de la idea de que estamos ante un nuevo tiempo (o época) y ante lo que se ha venido a denominar como una «ventana de oportunidad». Estamos ante la "novedad" de un momento excepcional, de posible transición de lo viejo a lo nuevo. Un momento en el que dar respuesta a la clásica pregunta de "¿qué hacer?" es necesario pero, al tiempo, difícil y arriesgado. De ahí que tan solo puedan aventurarse algunas ideas generales a modo de hipótesis orientativas que, obviamente, han de ser colectivamente debatidas y democráticamente consensuadas.

Creo que esa «novedad» podría configurarse al modo de un movimiento socio-político y político-institucional que si bien podrá sustentarse sobre la pujante fuerza de una pluralidad de iniciativas, colectivos y movimientos sociales con evidentes repercusiones políticas (el movimiento socio-político) y de diferentes partidos u organizaciones políticas (el movimiento político-institucional) con vocación emancipadora tendrá, sin duda, que afrontar varias tareas de suma importancia: 1ª.- necesita alcanzar al menos cierto grado de coordinación emancipadora en el ámbito socio-político y de articulación en los diversos espacios políticos-institucionales (locales, regionales, estatales y hasta europeos) a fin de transformar el cabreo y la indignación social en praxis crítica y emancipadora ; 2ª.- deberá dar voz a diferentes protestas y sujetos sociales (colectivos sociales, plataformas, asociaciones civiles, mareas,…) en vez de instrumentarlos o sustituirlos, al tiempo que colaborar decididamente en la auto-organización de los mismos; 3ª.- deberá perseguir de modo prioritario la satisfacción de las viejas y sempiternas necesidades materiales (alimentación, vivienda, sanidad, educación, trabajo,…), pero en modo alguno olvidar aquellas otras necesidades postmateriales, esto es, aquellas otras demandas «expresivas», «creativas» o «afectivas» (dignidad, autonomía, libertad, reconocimiento, paz, descanso, participación, soledad, bienestar, medioambiente, sexualidad, goce estético,,…); y, 4ª.- habrá de hacer todo ello superando los viejos esquemas ideológicos y organizativos, optando por nuevas articulaciones ideopolíticas (un nuevo imaginario) basadas en la «centralidad» y la «transversalidad» de las mismas y, finalmente, apostando por nuevas formas de asociación y coordinación sociopolítica (un nuevo modelo asociativo) radicalmente democráticas y de carácter federal o confederal a fin  de acoger en su seno las especificidades e identidades de cada comunidad y territorio. No es poco, desde luego. Pero estas son –a mi modo de ver- las tareas fundamentales del presente y futuro inmediato de la lucha por la hegemonía.

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