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El hiperrealismo de Wyoming

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Pero ahora sabemos que se tragan, también, las bromas. Ha sido un éxito moral de Wyoming demostrar que, en su odio abrasador a la izquierda "relativista" e "hipócrita", los que se dicen defensores de las normas y la decencia, no cumplen con la primera norma del periodismo: verificar una noticia. Algo tan sencillo, tan de primero de periodismo, tan de honradez elemental, como comprobar una información antes de dársela a los telespectadores. A fin de cuentas, la derecha mediática hace con la información, lo mismo que la derecha económica hace con los activos financieros: comprarlos y venderlos sin comprobar si son o no tóxicos. Es decir, especular. El negocio, por encima del bien público.

Pero Wyoming los ha retratado, con el hiperrealismo propio de Antonio López. Los ha dejado cocerse y regodearse durante varios días, en tertulias de eufórica celebración del mal progresista, al fin demostrado. Cada hora que pasaba, ahondaban en su desastre, demostraban que habían perdido algo más que el respeto democrático. Exhibían que su credibilidad no reside en las 5 w del periodismo clásico, sino el sensacionalismo, la vacuidad y la fatuidad, que inventara William Randolph Hearst. También Orson Welles, biógrafo del magnate del amarillismo, utilizó la broma, la simulación, para reflejar una realidad.

Ahora dirán los escandalizados, los guardianes de la moral conservadora, que hizo trampas. Pero la verdadera trampa desenmascarada, es la del ejército de periodistas dispuestos a usar todo contra su adversario: un vídeo grabado por una becaria, un dossier, una fotografía tomada en Venezuela. Cualquier cosa.

Ahora dirán que la broma no es de buen gusto, pero nunca cuestionaron el mal gusto de la escaramuza fácil, de la lluvia de mortero de falsedades y descalificaciones que estos mercaderes engominados de la insidia, lanzan noche tras noches en platós amadrinados. Lo mejor, la justificación. El presentador confiesa que su propio rencor le sirvió como prueba de verdad: "como tengo en tan poco a Wyoming, me lo creí", vino a decir.

Lo que ha hecho Wyoming es fotografiar, con los haluros del humor, el odio de Intereconomía y su progenie de aguerridos aguirristas. Un odio tan básico que embrutece hasta la misma técnica del insulto. Entonces, el insulto se muestra tal como es, desnudo, en su plenitud y su balbuceo. "Este Wyoming es un H.P." Es decir, una impresora.

Así son.

*Periodista en El Plural

Antonio Asencio*

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