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¿Qué ofrecen los sindicatos?

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Se dicen muchas cosas. Sin embargo, en el fondo la cuestión se reduce (se amplifica, diría) a que los sindicatos no acaban de resituarse en el mundo de hoy y de establecer líneas de actuación diferentes a las del siglo pasado, que ya dieron de sí lo suyo.

Esto se ve claro si vinculamos la evolución sindical hasta su entrada en el siglo XXI a la sufrida por la izquierda europea occidental en el mismo periodo de tiempo. Y entiendo aquí por izquierda a la socialista, en la medida que ha conseguido gobernar en varios países como alternativa de poder frente a la derecha; anulando, con frecuencia, a la otra izquierda, la fetén que dicen los entusiastas: por ejemplo, mediante el bipartidismo en la España de hoy que tiene a Gaspar Llamazares como alma en pena y que es casi lo único en que van de la mano PSOE y PP.

A principios del siglo XX, recuerden, los socialistas pasaban por sectarios, iluminados y criminales. No gobernaban en ningún sitio ni se creía que pudieran hacerlo en el futuro. Sin embargo, tras la primera guerra mundial compartieron el poder con los "partidos burgueses"; en Alemania, Suecia, Inglaterra, Francia. Con gran éxito pues lograron imponer sus programas: sufragio universal de ambos sexos, incorporación de la mujer al trabajo, reconocimiento de los sindicatos y del derecho de huelga, jornada de 40 horas, seguro de desempleo, pensiones de vejez, enfermedad, viudedad, etcétera.

Es verdad, al menos lo parece, que favoreció al éxito socialista (o socialdemócrata, si se prefiere) la necesidad de una vacuna contra el virus del comunismo soviético. Lo es, también, que los programas socialistas transformaron a mejor a las sociedades occidentales de forma considerada irreversible; al menos hasta el derrumbamiento del bloque comunista: el triunfo en la guerra fría del capitalismo hizo que los ultraliberales, los "neocon" por más señas, se llenaran de balón, que diría un futbolero, hasta abocarnos a la actual crisis que amenaza con hacer reversible lo que hasta no hace tanto no lo parecía. La aceptación socialdemócrata de prácticas económicas liberales como única salida razonable apunta en esa dirección y en España hoy añade a la figura de Zapatero un plus de patetismo.

Las transformaciones de las sociedades occidentales difuminaron las diferencias de clase. En los países desarrollados, la mayoría de la gente se identifica ahora como "de clase media", se considera incluida en el sistema y tiene aspiraciones muy diferentes a las reivindicaciones de otros tiempos. Reclaman menos la profundización en el Estado providencia, devenido en "de bienestar" después de la segunda guerra, que su mejor administración. La economía productiva ha sido desplazada por la financiera sólo interesada en optimizar beneficios mediante impulsos generados en una nebulosa lejana. En ella adoptan decisiones de deslocalización de empresas y de generación de bolsas de parados una serie de sujetos desconocidos con un poder no salido de las urnas sino de la cooptación de los grandes capitales y que utilizan el sacrosanto "Mercado" como dogma tan incontrovertible que subordina al poder político. No hay siquiera nombres propios que poner en las pancartas de las manifestaciones; ni uno que rime con el ?ón socorrido de "peón" o "cabrón", a elegir; a lo sumo, siglas de organismos desprovistos de una apariencia física que permita elaborar un papagüevo y quemarlo.

Se comprende que los sindicatos convocaran la huelga del otro día sin entusiasmo. Como se comprende la maldad de Rajoy al personalizarlo todo en Zapatero claudicante; y el cinismo del PP al ofrecerse nada menos que para defender a los trabajadores frente a medidas liberales con las que está tan de acuerdo que las reclamaba a gritos para ahora oponerse.

A lo que iba: no sé qué pueden ofrecer hoy los sindicatos; como tampoco sé lo que puede ofrecer la socialdemocracia; ni el resto de la izquierda perdida por esos montes. Pero creo que las causas del actual desconcierto están por ahí.

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