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El rincón de Coll

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Envuelto en la bruma de aquellos puritos que impenitentemente se fumaba, muchas veces parecía quedarse ensimismado en vaya usted a saber qué pensamientos, aunque mecido por el canturreo que llegaba desde el fondo, seguía observando todo lo que a su alrededor sucedía. Y aunque fuesen las tantas de la mañana, José Luis seguía despierto. Y cuando el piano-bar se ponía de bote en bote no le quedaba más remedio que rendir tributo a la fama, atender los saludos de los viajeros de la más variada condición que, de paso por Madrid, a él se acercaban o aguantar el tirón cuando toda suerte de palizas y de pelmazos empezaban a darle la plasta. Aunque creo que, en el fondo, le halagaba seguir representando aquel papel. En los últimos años de su vida, pasó muchas madrugadas sentado en aquel rincón. Y aunque contarlo pueda constituir inmodestia, porque nunca llegué a ser para él más que “ese canario”, lo cierto es que tuve el privilegio de compartir con él en ese templo del trasnoche bastantes ratos nocturnos. Y una semana sí y otra no, hablábamos del Gobierno. Tanto de éste como del anterior. De lo humano y hasta de lo divino. Ahora todo son elogios, pero hubo un tiempo en que lamentaba no haber gozado de más reconocimiento en vida. Proclamaba que lo que se dijera de él una vez que se marchase al otro barrio se la traía al fresco, igual que lo que pudiera suceder con el resto de la humanidad, porque él ya no iba a enterarse de nada. Aunque estoy seguro de que ahora que ya no puede sentarse en su taburete del Tony 2, estará en algún sitio diciéndome que, durante los meses que nos hemos visto, no he dejado de ser un impertinente y que estas líneas son la prueba más nítida de ello. En el mencionado rincón más de una vez me habló de cómo el hoy olvidado y genial articulista César González Ruano fue quien en los años 50 le propuso venirse a Madrid desde Cuenca. Y con cierta emoción me narraba que cuando en su tierra natal oía a través de la radio a los míticos Tip y Top no podía imaginar que terminaría por pasar a la historia del humor como la pareja escénica del primero. Y seguía lamentándose de que lo hubiese dejado viudo hace cosa de ocho años. Le preocupaba el ocaso del humor inteligente que él y Tip habían representado y creía que solamente Faemino y Cansado habían perseverado en aquella línea. Pero José Luis Coll era mucho más que el compañero del extrovertido Tip. Además de ser un finísimo escritor y articulista también era un excelente actor: creo que su último papel en el teatro fue el del señor más rico de la provincia de los desternillantes y aún más conmovedores Tres sombreros de copa de Miguel Mihura. Daba allí presencia a un viejo ricachón de nuestra España profunda que para trajinarse a una señorita empezaba a obsequiarla en un sofá con los más extravagantes objetos -un bocadillo de jamón, un sonajero, una carraca- que, cual Harpo Marx, se sacaba del bolsillo. Por lo que pude hablar con él, entre la bruma de los puros, creo que estaba contento por poner aquel broche a su carrera representando a Mihura en el teatro, aunque no fuese lo mismo que ir de gira con Tip o presentar un programa de televisión. Ya dije que en aquel rincón también nos dedicábamos a veces a hablar de los Gobiernos: La guerra y la represión franquista habían dejado en su infancia una herida profundísima y es sabido que desde el inicio de la Transición Política tuvo una gran simpatía por el PSOE. En el tiempo en que, estando Aznar en La Moncloa, lo conocí, también se quejaba de que algunos medios de comunicación lo tenían artísticamente marginado, y, lógicamente, se alegró mucho con la victoria de Zapatero el 14 de marzo de 2004. Pero a José Luis seguía doliéndole profundamente España y puedo dar fe de que, ya desde hace algunos meses, le había empezado a preocupar el clima de crispación y rencor que se ha instalado en los últimos años en la sociedad y en la calle. Me decía que no entendía a los políticos de ahora, ni a los unos ni a los otros, ni tampoco muchas de las cosas que desde que ganó Zapatero están pasando en este país. Echaba de menos el espíritu de tolerancia y de consenso con el que se comportaban en la Transición los políticos que él había tratado. “Me alegro de verte, canario”, solía decirme cuando nos saludábamos en su rincón. Y es que Canarias había jugado un importante papel en su trayectoria familiar y vital, del mismo modo que más de una vez le oí comentar en aquel rincón, con la lúcida y emocionada sinceridad de quien se ha tomado dos copas, lo satisfecho que estaba de su familia y de sus hijos.

Federico Echanove

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