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Aquellos 11 de septiembre

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Corrían tiempos de cambios en el sur de América. Estados Unidos y sus aliados locales decidieron abortarlos por medio de la fuerza militar. Antes de a Salvador Allende, tumbaron en 1971 al general boliviano Juan José Torres, quien había emprendido una política nacionalista con el apoyo de la Asamblea Popular y de la Central Obrera Boliviana (COB). El asunto chileno requería algo más que un golpe palaciego. Debía reventar un proceso democrático y asesinar a los protagonistas de las reformas económicas y sociales de un proyecto socialista peculiar, para que sus organizaciones no levantaran cabeza durante años. Necesitaban hacerlo, además, antes de que la coalición de la Unidad Popular y Allende controlaran los resortes del poder. El ejército constituyó la clave de todas las conspiraciones desde antes de que Allende asumiera la presidencia, acompañándolas de una campaña mediática sobre las clases medias y sabotajes a la producción, al comercio y a la distribución. El ataque a la democracia se preparaba a la luz del día, bajo la supervisión gringa, pero el presidente repetía que el ejército chileno siempre había sido constitucionalista, rechazando así la petición de los trabajadores para armarse contra el golpe. Aquel 11 de septiembre de 1973 comenzaron otros dos procesos paralelos: la conversión de Chile en un laboratorio para el neoliberalismo y la Operación Cóndor, dirigida desde Santiago junto a la CIA, cuya misión consistió en asesinar clandestinamente a los activistas de izquierda que militaban en los países del Cono Sur. Poco después llegaba el general Videla al poder en Argentina. El atentado terrorista del más reciente 11 de septiembre abrió otro proceso, de características completamente distintas al del sur latinoamericano de los años setenta, aunque igualmente histórico. Inauguró guerras de agresión contra países incapaces de defenderse. Esta vez el enemigo no podía ser el comunismo, sino los islamistas, la nueva coartada ideológica para alimentar conquistas y esconder los mismos intereses, a saber la apropiación de los recursos ajenos, la expansión de la industria militar y el establecimiento de nuevas bases militares en lugares estratégicos. El tamaño del despropósito deja poco espacio para otra explicación. Cualquier experto sabe que al terrorismo se le combate, en todo caso, con medidas policiales, pero en ninguno atacando militarmente a países como Afganistán e Irak. Los estudiosos del terrorismo lo explican hasta el cansancio. La ocupación de Irak multiplicó este fenómeno allí y en todas partes en lugar de disminuirlo, por no hablar de millones de personas inocentes que están pagando las decisiones políticas y militares de Washington. Sin haber tenido nada que ver con la destrucción de las Torres Gemelas y la muerte de las víctimas también inocentes. George Walker Bush intenta pasarle ahora el paquete de la responsabilidad por la catástrofe (la decisión de una retirada por etapas o la de permanecer en aquel país) a su sucesor en la Casa Blanca, por la vía de aguantar el tipo hasta las próximas elecciones. El espectáculo de este juego criminal se celebra ahora mismo en el Congreso estadounidense. El general David Petraeus explica, sin demasiada convicción, la necesidad de bajar un poco la cantidad de soldados en Irak… el próximo verano. ¡Puro esperpento!

Rafael Morales

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