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Que todo vuelva a ser igual

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Está Berriel, les tengo dicho, en la línea de señalar a la moratoria como origen de todos los males y causa de que tenga el Gobierno que afrontar muchimillonarias indemnizaciones porque, en efecto, la protección no es gratis. Ni siquiera contempla la posibilidad de que no sea la moratoria en sí sino su mala gestión, su peor aplicación, la ausencia de análisis de cada caso y de negociación con los afectadosa, el no gobernar, en definitiva, lo que ha provocado que los resarcimientos desborden el límite de lo razonable. Y encima pretende culpar a todo el mundo menos, a quienes en el Ejecutivo deben hacer el trabajo de desarrollar y aplicar la ley, de buscar entendimientos con los intereses privados en juego: no conozco a ningún hombre de empresa que no se avenga a acuerdos racionales, a propuestas planteadas con realismo y en su justa medida.

Esto que digo podrá ser discutible en función del punto de vista o de la perspectiva que adopte cada cual; habrá opiniones encontradas y los intereses partidistas ampliarían hasta decir basta el ámbito de responsabilidades para escaquearse, pero hay algo fuera de toda duda: los principales responsables están en la banda del mismo Gobierno que trata ahora de despejar a córner.

Con todo, lo llamativo es que a las declaraciones de Berriel se han añadido comentarios de Prensa que, de una u otra manera, inciden en lo mismo. No tanto en la exculpación del Gobierno, que también, sino en el intento de transmitir a la opinión que no hay manera de controlar el territorio sin grandes desembolsos para apuntalar la idea de que lo mejor es dejar que cada cual haga lo que le dé la gana porque impedirlo sale muy caro. Esto, adobado con la mística de la creación de empleo, suele dar resultado en una sociedad tan poco exigente como la nuestra que permite permanecer en su cargo a quienes la dañan.

Están convencidos, quiero decir, los del Gobierno y alrededores, de que la salida de la crisis vendrá por la vía de reproducir de nuevo las condiciones que la produjeron. En el caso canario se trata de esperar, pacientemente, a que la reactivación de las economías europeas restablezca el flujo de turistas para volver a la especulación y a la construcción desmadrada, ya sin el engorro de moratoria alguna. El capitalismo salvaje lo llaman. Con lo que tiraremos un tiempito hasta el siguiente partigazo y sucesivos hasta que nos demos el último, del que no podremos recuperarnos. Es la política de tierra quemada. Como en los pueblos del Oeste americano que acaban abandonados al día siguiente de agotarse el filón. No creo que haya mucho futuro por ahí.

Eso es lo que ofrece el Gobierno, incapaz de romper el círculo vicioso, de imaginar lo que no sea más de lo mismo. Es lo que me sugieren las palabras y las actitudes de Berriel y de sus corifeos mediáticos. Para ellos basta aguantar el chaparrón de la crisis, esperar a que los demás la superen y vuelvan los días de vino y rosas con los barrancos alicatados de costa a cumbre.

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