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Chuck Close, un ilusionista del arte

UNA EXPOSICIÓN RECORRE LA OBRA EN UN VIAJE DESDE LA ABSTRACCIÓN A LA IMPRESIÓN FOTOGRÁFICA

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Chuck Close (Monroe, Washington, 1940) es un mago de la pintura, un ilusionista que juega con la abstracción para llegar a un realismo que casi roza el hiperrealismo. El Museo Reina Sofía le dedica una muestra hasta mayo, y el visitante no puede quedar si no sorprendido de lo que allí encuentra. Close viene creando, desde hace 40 años, impactantes retratos de gran tamaño basados en fotografías frontales de los rostros de personas, que realiza previamente. Esta exposición explora la serie de variaciones por las que ha pasado su pintura, y sus constantes desafíos y esfuerzos por lograr que el proceso de creación de sus obras siga siendo innovador y vital.

En los cuadros que Close inició en 1968, la fotografía del rostro de amigos como Richard Serra o Philip Glass o su propio autorretrato se dividía en una cuadrícula y se transfería a otra de mayor tamaño, trazada sobre un lienzo de grandes dimensiones. Con apenas un dedal de acrílico negro y empleando una pistola pulverizadora y otras herramientas como cuchillas de afeitar y borradores eléctricos, Close realizaba gigantescos retratos que, vistos desde cierta distancia, poseen una gran veracidad fotográfica. De cerca, estos cuadros se llenan de incontables marcas, resultantes de un proceso aparentemente abstracto; marcas neutras en las que no se puede encontrar ninguna huella autógrafa reconocible de la mano del artista. Close intensificó este diálogo entre pintura y reproducción fotográfica cuando, a principio de los años 60, comenzó a pintar retratos de cabezas a todo color. Imitando el proceso de reproducción mecánica, depositaba capas independientes de colores primarios hasta obtener el espectro completo de tonos. Pintaba cada capa con una considerable minuciosidad y esfuerzo y conseguía, sorprendentemente, una gama continua de color.

A finales de los 70, Close empezó a buscar un medio más físico y directo para lograr sus objetivos. Así que optó por utilizar módulos redondos de pasta de papel en diversos tonos de gris, creó una especie de sustituto de la pincelada con el que elaboraba sus retratos. Incluso con un medio tan poco flexible y difícil, lograba un parecido considerable, similar al que obtuvo empleando las huellas de tinta de sus propios dedos para crear el impresionante retrato de la abuela de su mujer, en 1985. Sin embargo, acabó por regresar al uso de los pinceles y del óleo.

En 1988 sufrió un aneurisma de la médula espinal que le dejó gravemente paralizado. Decidido a seguir pintando, se sobrepuso a su discapacidad y aprendió a hacerlo con una férula en la mano. Lo hizo tan bien que las pinturas que viene creando desde entonces parecen la continuación inevitable de las anteriores.

La suya es una obra asequible para todos los públicos y sorprendente para expertos y neófitos. En la obra de Close nada es lo que parece, todo varía en función de la distancia y la perspectiva. El artista juega con el espectador, le obliga a moverse, a pensar, a participar. Y el resultado es una complicidad que produce una complicidad inolvidable. Pocas obras de arte logran cautivar así al público.

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