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La expiación de Soria

El presidente del PP canario evitó la palabra “autocrítica” la noche electoral; prefirió el manual sacramental para la buena confesión: examen de conciencia; faltan otros cuatro propósitos

Dolor de corazón (“no tenía que haber buscado petróleo”) propósito de la enmienda (“volverá a utilizar a la Fiscalía”), decir los pecados al confesor (“¿quién es el confesor?”) y cumplir la penitencia (“no me digas que no gobernará Rajoy”)

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El ministro de Industria y candidato electo del PP por la provincia de Las Palmas, José Manuel Soria, comparece tras conocer los resultados electorales, esta noche en Las Palmas. EFE/Elvira Urquijo A.

José Manuel Soria comparece tras conocer los resultados electorales. EFE/Elvira Urquijo A.

La noche electoral volvió a ser desangelada para el Partido Popular en Las Palmas de Gran Canaria. Unos pocos simpatizantes y cargos públicos se habían congregado en la terraza de copas Tao, cerca del muelle deportivo de la ciudad, para seguir el escrutinio y escuchar a su líder regional, José Manuel Soria, que hizo esperar a la concurrencia hasta que interviniera Mariano Rajoy desde el balcón de Génova, 13. Los voceros de la causa soplaban a los periodistas que habían sufrido ya el primer ataque antidemocrático del tripartito que Gobierna en el Ayuntamiento (PSOE, Nueva Canarias y Las Palmas de Gran Canaria Puede-Podemos) que decidió no cederles su tradicional sede para estos bolos, el edificio Miller, en el parque de Santa Catalina. Menos mal, porque allí se hubieran notado más las ausencias. Las calvas en las sillas preparadas en la terraza eran más que patentes, y los responsables de prensa se afanaban en disimular ante los representantes de los medios informativos. Nadie decía nada a la espera de que hablara el líder supremo, y las pocas entrevistas que se concedieron estuvieron trufadas de algún incidente, como el de María del Carmen Hernández Bento, que muy a su pesar negó hacer declaraciones a Canarias Ahora alegando que se lo tienen “prohibido”. Todo muy democrático. Juan Santana, jefe de prensa del ministro, del partido y de lo que se tercie, ejercía de la manera tiránica habitual, y los periodistas respondían por teléfono a sus jefes que era imposible hacer un reportaje de ambiente donde no había ambiente. La cosa sólo se animó cuando subió Soria al estrado para proclamar que el Partido Popular había ganado las elecciones, tanto en España (hurras a Mariano Rajoy) como en Canarias (hurras a la concurrencia). Su discurso fue inicialmente triunfalista, lo que llenó de leve alborozo a los presentes, hasta que se adentró en el infrecuente terreno de la autocrítica, palabro también prohibido en el lenguaje del partido, para elegir uno más piadoso y sacramental: el examen de conciencia. Soria invitó a los presentes a “mirar atrás” y revisar todo lo que se hizo mal para obtener esos pésimos resultados que, sin embargo, continuaban manteniendo al PP como el partido más votado y con más diputados en las islas. Pero con un talegazo que ya es tendencia en las últimas convocatorias.

 

 

Examen de conciencia

El examen de conciencia al que invitó públicamente Soria a los presentes pareció una pose necesaria y urgente que pudiera sustituir la exigencia de responsabilidades. Porque el líder no se equivoca, y por lo tanto, no dimite. Si nos equivocamos nos equivocamos todos, venía a ser el mensaje, y si acertamos acierto yo solo, como muy bien resaltó el irradiado Miguel Cabrera Pérez-Camacho en aquel famoso comité ejecutivo regional de mayo pasado, tras la debacle sufrida en las elecciones autonómicas. El PP había perdido entonces 120.000 votos con respecto a 2011, y pasó de 21 a 12 parlamentarios regionales, tres menos de los que llevaron en 1999 a la dimisión a José Miguel Bravo de Laguna, otra de las víctimas políticas del ministro. Miguel Cabrera fue muy duro y pidió abiertamente la dimisión de José Manuel Soria. Su discurso fue silenciado por él y por el resto de dirigentes presentes, que restaron importancia a la petición del abogado, ahora instalado exclusivamente en el ejercicio privado de su profesión. Ahora, con un batacazo que ha supuesto perder 163.000 votos en el cómputo regional, con una caída superior a la media nacional, no ha habido ni una sola voz que se haya alzado reclamando responsabilidades. Y cuando se pregunta a alguien por tan espinosa cuestión, la respuesta puede ser tan peregrina como la que la número dos por Las Palmas, Matilde Asian, le dio al día siguiente de las elecciones a la Cadena Ser: “¡Pero si hemos sacado un montón de senadores, Evaristo!”. Por lo tanto, el examen de conciencia que va corriendo dentro del PP de boca en boca tiene dos vertientes. La más natural, la que fluye cuando no hay nadie sospechoso delante, es que Soria ya debe ir pensando en ceder el testigo, en mandarse a mudar, para entendernos. La otra lectura es la del manual: las duras medidas económicas adoptadas nos han pasado factura. Nadie habla de corrupción, ni de petróleo, ni de arrogancia.

 

Dolor de corazón

Los resultados son muy duros de digerir para el PP. Su caída en estas generales ha sido del 40% en la lectura regional, pero tiene algunos hitos que todavía irritan más. Perder en Las Palmas de Gran Canaria, bastión inexpugnable del PP hasta hace unos meses, donde Soria consiguió dos mayorías absolutas consecutivas, la segunda más soberbia que la primera, ha sido destacado incluso en la prensa nacional. Pero hacerlo a manos de Podemos convierte la derrota en humillante, un auténtico dolor de corazón, sobre todo si se tiene en cuenta que el cabeza de lista es vecino de esa capital como lo es la número uno violeta, Victoria Rosell. El PP ha perdido en la ciudad casi la mitad de sus apoyos y solo le salvó que el PSOE también sufriera su propio descalabro. Pero donde el dolor se transmuta indignación es en Lanzarote y en Fuerteventura, donde los populares sufren un fuerte varapalo directamente relacionado con el empeño del ministro en funciones por imponer las prospecciones petrolíferas de su patrocinada Repsol. En ambas islas pierde la primera plaza a manos de Podemos, y en Lanzarote pasa directamente a la tercera posición, por detrás del partido de Pablo Iglesias y del PSOE y dejándose la mitad de su electorado de 2011. Por el camino se quedan en total 12.600 votos entre esas dos islas atosigadas por los sondeos petrolíferos en las mismas fechas en las que conocemos que en Baleares el Ministerio de Medio Ambiente sí ha accedido a crear un corredor de cetáceos que va a frustrar las operaciones de otras petroleras. Nadie lo va a reconocer jamás en público pero parece evidente que la factura pagada aquí por el PP huele a piche.

 

Propósito de la enmienda

Ante este escenario, y continuando con el manual de la buena confesión recogido en el catecismo católico, tocaría un propósito de la enmienda. Imposible de aplicar si se tiene en cuenta que el presidente del PP canario jamás ha reconocido un solo error. La culpa jamás ha sido de una lista plagada de malos candidatos, porque él es el primer y último responsable de confeccionarlas. Ni será jamás responsabilidad suya por las decisiones que haya podido tomar, tanto en la política local como en la que estos últimos cuatro años se tradujo en un castigo implacable a Canarias por haberse quedado fuera del Gobierno a pesar de haber logrado en 2011 ser la primera fuerza política en el Parlamento regional. Su soberbia le impedirá reconocer incluso que gran parte de sus malos resultados (y su derrota moral) y del ascenso de Podemos es responsabilidad directa suya por la utilización perversa de la Fiscalía de Las Palmas en contra de la candidata violeta, sobre la que concentró su odio ciego sin percatarse de que la estaba aupando a la primera línea del debate, al tiempo que colocaba a dos fiscales a los pies de los caballos por el mismo motivo: la ceguera que provoca la venganza. A la remontada electoral de Podemos sucede ahora una remontada moral y judicial que ya ha tenido algunos episodios públicos muy elocuentes, como la exigencia por parte de Jueces para la Democracia de responsabilidades disciplinarias –y probablemente penales- de los dos fiscales que se prestaron al sucio juego del ministro en funciones: Guillermo García-Panasco y Evangelina Ríos. ¿Creen que Soria, a pesar de la que se avecina, se habrá arrepentido de esa maquinación? No duden en absoluto que no. Si volviera a presentarse una ocasión como la que creyó calva, la aprovecharía, aunque por delante se llevara el prestigio de la Fiscalía y de sus peones.

 

Cumplir la penitencia

El caso es que, a pesar de todo este escenario tan sombrío arrojado por los resultados de generales del domingo, el Partido Popular de Canarias ha ganado las elecciones en esta comunidad. Nadie lo diría. El examen de conciencia, si se produce en algún momento, quedará camuflado por esa pírrica victoria y por la cosechada por el partido en España. Sólo una eventual salida del PP del Gobierno por la combinación de acuerdos que pueda producirse entre el resto del arco parlamentario podría desembocar en un fenómeno autocrítico. No hay confesor al que contar los pecados porque si bien Soria ha hecho caer los apoyos por debajo de la media nacional, no están en Génova para exigir demasiadas explicaciones a nadie. Están de prestado porque conservan un suelo electoral muy sólido que, sin embargo, les ha situado en los resultados de 1989, circunstancia aliviada por los peores registros del PSOE en toda su historia. Pero sí puede haber penitencia, la que provenga del traslado de los populares a la bancada de la oposición. Será entonces y sólo entonces cuando podamos empezar a ver a los críticos del PP canario –que los hay, aunque escondidos detrás de aquella palmera- empezar a hacer alguna crítica y preparar un congreso regional con algún otro candidato distinto al caudillo. Bastará con que haya un leve movimiento con posibilidades para que José Manuel Soria anuncie que cede el testigo a otro compañero para evitarse una derrota. Y aparecer luego cumpliendo la penitencia, su peculiar penitencia, colocado en alguna empresa de postín antes de que la nueva gobernanza acabe por ley con las puertas giratorias.

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