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Tres personajes sin destino (conocido)

Paulino Rivero hace una apuesta táctica por Nueva Canarias; Antonio Castro, más de lo mismo, y Soria, ¡ay, Soria! ya teme que no haya pacto

Qué habrá hecho de malo el candidato del PP a La Laguna, Antonio Alarcó, para que no lo arrope la dirigencia

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Antonio Castro y Paulino Rivero en el Parlamento de Canarias. (EFE)

Antonio Castro y Paulino Rivero en el Parlamento de Canarias. (EFE)

Cuando calla la actualidad, hablan las entrevistas. Ocurre tradicionalmente en los medios de comunicación cuando se nos vienen encima unos cuantos días de relajo. Y eso con permiso de los candidatos y candidatas, que no han detenido ni un solo momento sus agendas para poder seguir prometiendo sin darse cuenta del puñetero caso que le hace el público. La entrevista que nuestro compañero Enrique Bethencourt le ha hecho a Paulino Rivero para Canarias Ahora es de las que hacen época. Muy recomendable. En ella podrán apreciar a un presidente del Gobierno en franca retirada, ma non troppo, explicando muchas cosas que quizás debió haber explicado antes. O al menos con más lujo de detalle. El titular principal que escogió Enrique Bethencourt es, sin lugar a dudas, el más destacable, a la par que intencionado: aquí hay hueco para dos formaciones nacionalistas. Aunque luego afloraran los matices con la misma sutileza que falta de piedad: si Coalición Canaria se derechiza y se sigue alejando de las esencias; si ATI vuelve a abrirse paso y pisotea a las demás islas con tal de ejercer el poder de la única manera que le gusta (y sabe), se estará escribiendo la primera página de su final. Será entonces cuando el recambio, al que el mismo Rivero ya otorga carta de madurez, se instale de manera indiscutible para aglutinar las sensibilidades de las personas que en Canarias se sientan nacionalistas. Con matices importantes: Paulino Rivero se ha desembarazado de la carga más burguesa y conservadora de ATI en estos últimos cuatro años de gobierno junto al PSOE y ha abrazado sin disimulo una posición ideológica de cargado matiz progresista que él mismo sobrecarga con el apellido de “social”. Y suelta un aviso a sus compañeros: Si CC “involuciona más hacia el ámbito de la isla no sería un camino, en mi opinión, adecuado; y también sería errónea la senda si pierde perfiles sociales y se vuelca hacia el poder y los exclusivos intereses de los sectores económicos y empresariales”. Primer aviso. No sabemos si habrá segundo. Nueva Canarias espera y noviembre está a la vuelta de la esquina.

 

Antonio Castro, o lo eterno

Que Paulino Rivero no volverá a las aulas para ejercer de maestro, dedicación que abandonó el siglo pasado (1977) para iniciar una carrera política ciertamente imparable (alcalde, vicepresidente del Cabildo, diputado, presidente), es algo que nadie a estas alturas es capaz de discutir. Lleva la política en la sangre y no se va a quedar quieto en la mecedora a la que le quieren condenar en Coalición Canaria. Si el partido se enquista será porque a él lo dejen sin influencia, y él sin influencia y con el partido enquistado, la marcha será un hecho inapelable. Está más en forma que Antonio Castro, nuestro segundo personaje de la rentré. A Castro, presidente del Parlamento y eterno palmero en la palestra, lo entrevistó para el Diario de Avisos este fin de semana el gran Carmelo Rivero. Le logró sacar muchas más cosas de las habituales a este impenetrable y terco perito agrario que no ha abandonado la moqueta del Parlamento desde que se constituyó provisionalmente desde 1982. Para provisionalidad, la mía, debió decirse cuando descubrió, legislatura tras legislatura, que esto sigue siendo un eterno bucle. Castro ha contado a Rivero que fue él el que se inventó el nombre de Coalición Canaria, pero también que cometió el error de contárselo a Lorenzo Olarte, que es más que probable que se lo haya apropiado, como otras muchas cosas. Le han caído unas cuantas hostias por haber dicho en esta entrevista que eso de una persona un voto está muy bien para otros sitios, pero que aquí ha de valer más el sufragio de los votantes de las islas no capitalinas, que siguen siendo unas auténticas olvidadas. De hecho resalta que La Palma es, ahora mismo, la isla que más atenciones requiere. No lo ponemos en duda, salvo por el hecho nada desdeñable de que en Canarias ha gobernado CC (sólo o en compañía de otros), con él en el puente de mando, desde que a Saavedra lo echó Manolo Hermoso por aquellos lejanos años principios de los noventa. No ha sido capaz, por más que le haya lanzado algún piropo, de reconocerle a Paulino Rivero que en esta última legislatura se haya reducido notablemente ese ancestral desprecio por las islas más islas que las otras dos islas (doble insularidad, en resumen). Será porque de tanto alejarse del epicentro ático y tirar para oriente, se dejó atrás la isla bonita. Castro vuelve a ser candidato, dice que ahora sin mayores pretensiones que las de ser un diputado de a pie para poder vivir en Tenerife. Barrunta que la presidencia del Parlamento la ocupará una mujer, lo que nos lleva de nuevo al pacto a tres que ha vuelto a desenterrar este fin de semana Román Rodríguez. Si pactan CC con NC y el PSOE, es muy difícil que el vicepresidente pueda ser de Tenerife si el presidente es de esa isla. Lo que nos conduciría, en ese escenario, a Clavijo de presidente, Román de vicepresidente y Patricia de presidenta del Parlamento. Apunten esa quiniela por ahí.

 

Soria pide número

Las cosas andan bastante peor en el Partido Popular. En el nacional y en el canario, que ya se sabe el efecto automático que surca en ambas direcciones cuando a la marca nacional le va bien, mal o consíconsá. No levanta cabeza el PP en las encuestas y pese a algunos destellos en Madrid gracias a esa espabilada que se llama Esperanza Aguirre, la tendencia generalizada apunta a debacle. Es en estos momentos cuando hay que reconocerle a los dirigentes ese temple para mantenerse sin dar síntomas de derrumbe, sin echarse a correr previo paso por la Audiencia Nacional o la Fiscalía Anticorrupción (todo se andará, no obstante). Soria es uno de esos valientes, más por caradura que por temple, todo hay que decirlo. Y en su visita semanal a Canarias nos ha obsequiado con un par de gestos que no debemos despreciar. El primero que destacamos para ustedes es el de su empeño por sostener que la crisis ha terminado y que el programa de estabilidad que el Gobierno de Rajoy ha presentado ante las autoridades europeas dibuja un futuro de abundancia y bienestar. Es una pena que casi al mismo tiempo su compañero de Gobierno y de carrera, Luis de Guindos, lo haya desmentido cruelmente, y que economistas de reconocida solvencia hayan desnudado por completo las previsiones del Gobierno hasta convertirlas en un terrible anuncio de lo que se nos viene encima: más recortes, más déficit público, más empobrecimiento… Si vuelve a gobernar el PP. Además de estos desbarres económicos, tan propios de Soria, al presidente del PP canario lo hemos visto efectuar este fin de semana una ingeniosa finta hacia el más allá, lo que en su caso y en el de su partido, se traduce por primera vez en dos décadas, en “no sabemos qué coño va a pasar con nosotros después del 24-M”. Porque a la vista de las encuestas y la poca excitación que despierta entre los demás partidos un pacto con el PP, la segunda legislatura en la fría bancada de la oposición está más cantada que nunca. Pero con el agravante de que, si se pierden ocho o diez diputados y también el Cabildo de Gran Canaria y el Ayuntamiento de Las Palmas, la cantidad de piquitos hambrientos que se abrirán en el nido a la llegada del guirre, provocarán tanto ruido en el valle que obligarán muy probablemente al pajarraco a emigrar lejos. A Nueva York. O más lejos aún.

 

La soledad compartida de Alarcó

Pero a pesar de que en las altas capas de la atmósfera se mantenga la compostura y hasta luzcan espléndidas las sonrisas ganadoras de siempre, lo cierto es que en los segundos niveles de mando del PP canario empieza a cundir la sensación de un inevitable cambio de ciclo. El actual, puesto en marcha por Soria en 1999 ha empezado a declinar. Y no son solo los avisos que lanzan las encuestas, es el cabreo acumulado durante muchos años por una manera de dirigir el partido que solo ha gustado a los ganadores y en etapas ganadoras; o en etapas menos ganadoras en las que se gobernaba gracias a ese eterno socio que parecía ser Coalición Canaria. Es cierto que todos y todas han callado y transigido hasta ahora, que todos y todas se han arrodillado ante el líder cada vez que ha emitido una orden o una sentencia de muerte política. Nadie se ha abierto las carnes (ni siquiera el propio interesado) cuando un indiscutible valor electoral como Antonio Alarcó, que le ha ganado incluso al todopoderoso y ripioso Ricardo Melchior, es humillado hasta reducirlo a candidato a la alcaldía de La Laguna sin ni siquiera consultarle. La fetua que Soria dictó contra Alarcó condujo a que esta pasada semana se tuviera que conformar con los más allegados para el solemne acto de presentación de su candidatura a alcalde de La Laguna, un encargo que se ha tomado el doctor Alarcó como si fuera el comienzo de su carrera política, es decir, con deportividad y buen humor. Pero por allí no aparecieron ni Manolo Domínguez, presidente del PP de Tenerife, ni Cristina Tavío, ni la candidata a la presidencia regional, María Australia Navarro, ni por supuesto José Manuel Soria. Un acto de ese calado, en la tercera ciudad más grande de Canarias, tuvo que conformarse con la presencia del número uno al Parlamento por Tenerife, Guillermo Díaz-Guerra, el candidato más flojo que se le ocurrió a Soria pensando en que el pacto con CC y Fernando Clavijo estaba hecho antes de que las encuestas hicieran ver a ambos que alcanzar los 31 diputados les va a costar a los dos un ojo de la cara y la yema del otro.

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