Las últimas lluvias son un espejismo: así se agotarán las reservas naturales de agua en Canarias por el cambio climático

Este marzo ha sido el más húmedo de Canarias desde el inicio de la serie histórica en 1961, según el balance climático de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Llovió mucho y en toda la comunidad autónoma. Una media de 144,6 litros por cada metro cuadrado (m2). O lo que es lo mismo: 4,5 veces más que el promedio natural de ese mes.

Sin embargo, no hay que dejarse engañar por las precipitaciones recientes. Las tendencias climáticas revelan que el balance hídrico natural del Archipiélago (es decir, la diferencia entre el agua de lluvia que entra y la que se evapora desde el suelo y las plantas hacia la atmósfera a causa del calor) está agotándose. Y un estudio de alta resolución publicado en la revista ‘Environmental Monitoring and Assessment’ alerta de que esto puede ir a peor, con islas perdiendo por completo (o casi por completo) sus reservas de agua dulce para finales de siglo si la crisis climática se acentúa.

“Las lluvias puntuales, por intensas que sean, no revierten una tendencia de sequía estructural. Un episodio húmedo como el que hemos tenido recarga parcialmente algunos acuíferos, sobre todo en cotas medias y altas. Pero el problema es más sutil (y más preocupante). El balance neto tiende a empeorar porque cada vez una mayor parte del agua disponible se pierde por efecto del calor. Aunque haya inviernos buenos, eso no compensa necesariamente varios años secos encadenados”, explica Juan Carlos Santamarta, investigador en la Universidad de La Laguna (ULL) y primer autor del estudio.

La publicación empleó una novedosa metodología denominada SICMA Canarias (premiada a nivel internacional este mismo año) que integra múltiples variables climáticas con la diversa realidad territorial del Archipiélago para estimar en pequeñas cuadrículas de 100 x 100 metros la evolución del balance hídrico. Esto es especialmente relevante porque permite captar el impacto de los microclimas y de la compleja orografía de las Islas. De lo contrario, las proyecciones se harían con brocha gorda y sin entrar en detalle.

Los firmantes del trabajo utilizaron como referencia el periodo entre 1985 y 2014 para luego predecir cómo evolucionarán las reservas naturales de agua en tres horizontes temporales: corto plazo (2021-2050), medio plazo (2041-2070) y largo plazo (2071-2100). Y siempre según dos escenarios climáticos posibles: moderado, en el que solo habría una rebaja significativa a partir de 2050 de las emisiones causantes de la crisis climática; y pesimista, un mundo en el que directamente no habría políticas para frenar el calentamiento global.

Los resultados, como era de esperar, son desalentadores. La tendencia de pérdida de agua natural es generalizada en ambos escenarios. Pero la diferencia entre uno y otro es también la diferencia entre una isla sin reservas naturales o al límite y una con pocas fuentes, aunque sin llegar a la depleción total.

El balance hídrico en Gran Canaria muestra que solo quedan pequeñas cantidades de agua en las regiones montañosas del norte y en el centro, con apenas 100 milímetros (mm). Si se cumple el escenario climático más desfavorable, esas reservas desaparecerían a finales de siglo; en un escenario menos extremo, se mantendrían en niveles muy bajos. En Tenerife, por su parte, el norte conserva bolsas de agua que alcanzan valores máximos de 200 mm y que, en el peor de los casos, podrían reducirse en torno a un 50%

En las islas más orientales, Fuerteventura y Lanzarote, el balance ya es nulo, por lo que cualquier agravamiento de las condiciones, por pequeño que sea, incrementaría aún más el estrés hídrico. Entre las islas verdes, la más afectada sería El Hierro, con una reducción de sus reservas de hasta el 75% (lo que supone una pérdida de hasta 150 mm) si el cambio climático se intensifica. En La Gomera, con una media anual de 100 mm, las proyecciones apuntan a una disminución “parcial o casi total” en ese mismo escenario. Y en La Palma, aunque los modelos estiman un ligero aumento de la disponibilidad de agua a corto y medio plazo, también prevén un declive progresivo hacia 2100 si continúa el aumento de las temperaturas.

La escasez de precipitaciones tendría mucho que ver. Pero si hay algo capaz de definir este futuro es el previsible incremento de la demanda evaporativa de la atmósfera. Esa es la señal “más clara y robusta” hasta el momento, ya que “está ligada directamente a la temperatura y la radiación, y sobre la temperatura hay muy poca duda: sube, y seguirá subiendo”, incide Santamarta.

Con las lluvias, continúa, hay más incertidumbre. Todo apunta a que serán “estables o a la baja, raramente al alza”. Pero el diagnóstico es simple: “Aunque lloviera lo mismo que hoy, el balance seguiría empeorando porque la demanda atmosférica de agua es mayor. Esa es la señal que más debería preocupar: no necesitamos que llueva menos para tener más estrés hídrico, basta con que haga más calor”, remacha el investigador.

Santamarta matiza que el estudio evalúa la precipitación medida en pluviómetros convencionales, esto es, la lluvia vertical. No incorpora la horizontal, que es el agua captada por la vegetación de las medianías de barlovento (como la laurisilva o el pinar canario) procedente del mar de nubes. En esas franjas de terreno, el balance hídrico “es algo más favorable” de lo que muestran las estimaciones de la publicación, aclara el experto, quien advierte de que ese “colchón” también puede verse afectado por la crisis climática.

El calentamiento global explica gran parte del raquítico ciclo del agua en Canarias. Pero no todo, enfatiza el primer autor del estudio. “Sería demasiado cómodo pensarlo así. Está la presión demográfica y turística [cuya industria consume el 12% de la demanda total solo en Gran Canaria]. Está la agricultura, que sigue siendo uno de los principales consumidores [acaparando casi el 50%]. Hay pérdidas significativas en algunas redes de distribución. Y, por supuesto, arrastramos décadas de sobreexplotación de acuíferos en varias islas, con descensos piezométricos y procesos de salinización de captaciones bien documentados”.

Santamarta reconoce la desalinización de agua de mar como “uno de los pilares del suministro en Canarias”. Remarca que ha aliviado la presión sobre acuíferos que estaban en sus últimas y de los que dependen ecosistemas enteros, como la vegetación ligada a barrancos y nacientes. Así que “la cuestión”, a su juicio, no es si usar desaladoras o no, sino qué tipo de energía las impulsa. “Si se acoplan a renovables, es una herramienta clave para la adaptación climática; si dependen de combustibles fósiles, su propia huella alimenta el problema que intenta resolver”.

En su opinión, eso sí, sería un error verlas como “una especie de cheque en blanco para seguir aumentando el consumo indefinidamente”. Porque “todo tiene un coste económico”. Y cuando una sociedad depende casi por completo de agua producida de manera industrial, “alguien termina asumiendo esa factura, normalmente el consumidor doméstico o el agricultor pequeño”, señala.

“La tecnología es necesaria, pero sin gestión de la demanda, pagar el agua a precio real, reducir pérdidas, ajustar qué cultivos tienen sentido en cada isla o planificar el turismo, no vamos a ninguna parte. La solución no es más oferta, es oferta sostenible más demanda racional. La tecnología amplía el margen de maniobra. No elimina los límites físicos del territorio. Creer lo contrario es, honestamente, bastante arriesgado”, reflexiona Santamarta.

Algunas propuestas planteadas por el investigador (en el sector turístico): a nivel operativo, grifos y duchas de bajo caudal, inodoros de doble descarga, detección automática de fugas, gestión inteligente del riego en jardines hoteleros con especies adaptadas de poco consumo; a nivel intermedio, reutilización de aguas grises para riego y cisternas, circuitos cerrados en lavandería, tratamiento y reutilización del agua de piscinas; y a nivel estructural, “que es el que de verdad cambia las cifras”, planificación turística “que limite la implantación de nuevos grandes consumidores de agua en islas con balance ya negativo” e “incorporación obligatoria de estándares de ecoeficiencia hídrica en la licencia de apertura, no solo como recomendación”.

Una encuesta del Observatorio de Transición Justa encontró que la sequía y la disminución de recursos hídricos son el segundo efecto del cambio climático que más percibe la población canaria (40,5%), solo por detrás del aumento de las temperaturas (50,9%). Santamarta cree que su impacto se siente “de forma más directa” porque “el agua falta en el grifo, sube en la factura, condiciona el riego, afecta al paisaje… no es una amenaza abstracta ni lejana”. Que encabece la preocupación refleja, añade, “un diagnóstico bastante certero de dónde aprieta el cambio climático en Canarias”.