La Nouvelle Vague, la nueva ola francesa, fue una corriente cinematográfica que quiso romper con el modelo clásico del cine industrial norteamericano, aportando nuevos aires para refrescar una idea del cine que consideraban encorsetada, pero sin despreciarlo, como se puede observar en la fuente noir de la que bebe Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, o en el propio libro-entrevista que Truffaut le dedicó a Alfred Hitchcock, El cine según Hitchcock. Tiene además esta corriente, vista desde la perspectiva actual, un encanto especial pues nos hace imaginar un mundo que ya no existe y en el que todo parecía más auténtico, menos contaminado por una excesiva tecnología. Un mundo donde no sólo se rodaba en celuloide, sino en el que detrás de las cámaras estaban unos jóvenes bohemios vestidos con traje y corbata, elegantes a la vez que informales, anárquicos, divertidos, que fumaban mucho y que pasaban la vida en esos cinematográficos cafés parisinos entre citas intelectuales y frases ingeniosas. La vida parecía prometedora y maravillosa.
Nunca he sido muy fan de Al final de la escapada aunque la considere una película importante, emblema de una corriente probablemente necesaria, puesto que todo modelo debe repensarse cada cierto tiempo para dar lugar a nuevas ideas, nuevos conceptos. Prefiero otras películas de Godard, un cineasta que madura y que sigue siendo fiel a sí mismo sin la necesidad de romper con lo anterior simplemente por romper, como parece sugerir Nouvelle Vague, la película de Richard Linklater que toma como título el nombre de aquella nueva ola y que recrea el rodaje del debut en el cine del director francés.
Esta película de Linklater, uno de mis cineastas de cabecera, es una película de cinéfilo y para cinéfilos. Y eso, para mí, es un error. Linklater no se suele dejar embaucar por los cantos de sirena del cine mainstream y realiza las películas para él, al menos cuando hace ese tipo de películas personales, pues también juega en la línea comercial de tanto en cuanto. En esas ocasiones, se muestra como una rara avis, un rebelde como Godard, que desoye los manuales que advierten sobre la importancia del conflicto externo en las historias y la necesidad de una estructura clásica para mantener la atención del espectador; es el caso de películas como Todos queremos algo o la famosa Boyhood. Así que, a priori, parecía el director ideal para recrear el rodaje del primer largometraje de Godard. Y lo es, si pensamos en una película para cinéfilos. Para la gente que hace o ve un cine que tiene un peso artístico. Linklater logra trasladarnos a aquella época y fabricar un falso making of de rodaje que provoca un enorme interés para los interesados en el asunto. Pero dudo que un espectador menos consciente de la intrahistoria del cine o menos proclive a la erudición cinematográfica disfrute de esta película en la misma medida. Digamos que, de algún modo, estamos ante un documental poético para cinéfilos. Y eso es hermoso, es hermosamente raro. Y uno agradece las propuestas raras y poéticas. Pero creo que la película podría haber añadido algo más. No una simple cinefilia y una propuesta visual que se basara en componer una obra como si fuera una obra de la época, como si ese falso making of hubiera sido rodado realmente durante aquel rodaje. Todo eso está muy bien, lo disfruté y lo compro. Pero me falta el sustrato que hace que una película sea una película verdaderamente necesaria. Algo que fuera más allá del amor por el cine y que pudiera conectar con cualquier espectador que espere algo más que un homenaje y un falso viaje en el tiempo. Algo que hiciera que la película tuviera más valor en sí misma, más allá del objeto al que hace alusión. Me hubiera gustado que hubiera encontrado su propio tema; que la película en la que se centra, Al final de la escapada, hubiera sido más bien una excusa para desarrollar un discurso propio. Linklater es un cineasta inteligente, con personalidad, que ha desarrollado sus propias ideas acerca de la vida, de las relaciones y del paso (y el peso) del tiempo en otras de sus películas. En Nouvelle Vague no aparece nada de eso, tan sólo un bonito y cuidado ejercicio formal, que, repito, agradecí y disfruté. Pero que se queda corto para un director de su nivel.